A la Feria de Verano le hacía falta algo que rompiera la monotonía, que cambiara la rutina de la celebración que año tras año se hacía durante el período de vacaciones. Era un evento provinciano que, sin embargo, colmaba las expectativas de los lugareños y satisfacía a los turistas que se acercaban a disfrutar de la tranquilidad y belleza del lugar.

Corría el año 1959 y nadie podía imagina que la idea que a algunos les sonó un poco loca para la época con el paso del tiempo se transformaría un ícono cultural de Viña del Mar, de Chile y de Latinoamérica entera. Porque eso es, precisamente, lo que significa el Festival que cada verano concita la atención de millones en países de Iberoamérica.

El periodista Carlos Ansaldo, el maestro Izidor Handler y Luis Sigal fueron los encargados de venderle la idea al alcalde Gustavo Lorca Rojas. La propuesta era organizar una serie de festivales en cada estación (invierno, verano y primavera) con actividades deportivas, culturales y artísticas. La intención era unir esfuerzos municipales y de la empresa privada.

La Feria de Viña del Mar consistía en una exposición de flores y la exhibición de estands de entidades de beneficencia, en terrenos aledaños al Palacio Vergara, un hermoso parque muy ligado a la historia de la ciudad. Fue allí donde se realizó la primera edición, en la que participaron 91 canciones. El ganador fue Mario del Monte, con el tema Viña del Mar.

En aquella ocasión, la convocatoria restringió la temática de las canciones: tenían que versar sobre Viña del Mar. El ganador obtuvo un premio de 500 escudos. Dado el éxito, de inmediato se estableció que para la siguiente oportunidad no serían 5 los días de actividad, sino 10. Además, se separó de la Feria y se le dio vida independiente al evento.

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El mexicano Juan Gabriel fue uno de los máximos ídolos de la Quinta Vergara.

Con el fin de darle realce, se tomó el modelo de festivales posicionados en Europa, como el de Benidorm, en España, y el de San Remo, en Italia. Se estableció, así mismo, una doble competencia: la folclórica y la internacional. Y para brindarle mayor comodidad al público, se acomodaron tribunas con sillas plegables en el oriente del Palacio Vergara.

La tercera edición, en 1962, registró la primera transmisión por televisión. Fue un especial del canal de la Universidad Católica de Valparaíso. Y el diario La Estrella de Valparaíso asumió la responsabilidad de la difusión de las actividades. Esa logística mejorada y mayor publicidad redundaron en un éxito rotundo: más de 15.000 personas en la clausura.

Esos primeros años del Festival de la Viña nos dejan varias lecciones valiosas para los emprendedores: la primera, que el origen de la iniciativa fue el público, el cliente, tratar de brindarle una mejor experiencia en su visita a la ciudad. Había un producto, la Feria, que podía ser mejorado. Por bueno que sea algo, siempre es susceptible de perfeccionarse.


La famosa Gaviota de Oro surgió en 1999, para reconocer la trayectoria de
Juan Gabriel. Al final, sin embargo, el premio lo recibió Ricardo Arjona, porque
el mexicano se había ido de Chile por sus compromisos profesionales.


La segunda, el Festival tuvo su origen en la competencia folclórica, es decir, en las raíces de la ciudad, en las costumbres de la gente, en aquello que provocaba pasión y emoción a los habitantes y a los visitantes. En otras palabras, aquello que vayas a ofrecerle al mercado debe estar conectado con tu esencia, con lo que eres, con lo que te identifica.

La tercera, el aporte de la tecnología. El despegue del Festival a nivel nacional se dio gracias a que los chilenos pudieron verlo en la pantalla chica y aquellos que no acudieron se enteraron a través de la prensa. Un buen producto que se posicionó gracias a la difusión, una premisa de los negocios que hace más de medio siglo ya era sinónimo de éxito.

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En 2012, Luis Miguel recibió la primera Gaviota de Platino, por sus 30 años de carrera.

El siguiente paso en la evolución fue la construcción del escenario, la famosa Quinta Vergara. Se llevó a cabo en dos fases, la primera de ellas en 1964. Un año más tarde se incorporaron los jurados internacionales y a finales de esa década la internacionalización se consumó al establecer un convenio de intercambio con el famoso Festival de Benidorm.

Otra tanda de lecciones enriquecedoras: la cuarta, el escenario. El evento necesitaba salir de su cascarón provincial y debía ofrecer las comodidades que el público exigía. De nuevo, el cliente como prioridad 1-A. Quinta, el valor de las alianzas estratégicas que permitieron que el Festival traspasara fronteras y se conociera más allá de la cordillera de Los Andes.

El despegue definitivo del Festival se dio en los años 70, por dos razones. La primera, la televisación (ya no un especial, sino todo el evento) y la presencia de figuras de talla internacional. Joan Manuel Serrat, Nino Bravo, Nicola Di Bari, Piero, Tormenta, Los Iracundos, Julio Iglesias y Camilo Sesto, entre otras leyendas, le dieron brillo al certamen.


Solo en dos ocasiones se otorgó la Gaviota de Platino. La primera vez fue en
2012: se le entregó al mexicano Luis Miguel, en reconocimiento a sus 30 años
de trayectoria. Luego, en 2017, a Isabel Pantoja, por su amistad con Juan Gabriel.


Sandro, Roberto Carlos, Ray Conniff, Alberto Cortez, Paloma San Basilio y Pedro Vargas, otros cantantes reconocidos en Iberoamérica, precedieron a la década de oro del Festival, los años 80. Gloria Gaynor, José Luis ‘El Puma’ Rodríguez, KC and The Sunshine Band, Miguel Bosé, Raphael, Leonardo Favio, The Police, Raffaela Carrá encabezaron la lista de estrellas.

Gracias a estos nombres de quilates, el Festival de Viña fue reconocido internacionalmente y más y más figuras pasaron por la Quinta Vergara y se sometieron al escrutinio del monstruo, como se conoce al enfervorecido y exigente público. De allí surgieron algunas jóvenes figuras y allí también grandes de la canción le dieron lustre a su trayectoria.

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Gaviotas de Oro y Plata son las que actualmente reciben los artistas en Viña del Mar.

El Festival continuó evolucionando, innovando, y esa ha sido la clave del éxito. A las competencias folclórica e internacional y a la presencia de grandes figuras se sumaron los mejores exponentes del humor. Así, Viña del Mar sigue siendo un certamen de carácter universal, apto para todos los públicos y con una diferencial increíble: nunca es igual.

Aparte de esto, el Festival es desde hace décadas el motor del progreso de Viña del Mar, gracias a los recursos provenientes del turismo y la buena imagen de la ciudad. Además, la unión de los esfuerzos de Municipalidad, empresa privada, medios de comunicación y, por supuesto, del público le ha dado una gran solidez que le garantiza larga vida.

El Festival de Viña del Mar es la clara demostración de que una buena idea solo puede convertirse en un buen producto si se enfoca en satisfacer las necesidades del cliente, en brindarle una experiencia inolvidable. Además, si se adapta a las condiciones cambiantes del mercado y se reinventa tantas veces como sea necesario, apoyado en la tecnología.

Igualmente, nos enseña que un producto puede ser ser muy bien recibido por diferentes nichos del mercado siempre y cuando se lo empaquete correctamente. Viña del Mar se cuida de que su oferta de espectáculo brinde alternativas para jóvenes, adultos y más adultos; hombres y mujeres; melómanos consagrados y turistas ocasionales. ¡Genial!

En año próximo, a finales de febrero, el Festival de Viña del Mar celebrará 60 años. Ya no es el complemento de la feria del pueblo, como en su origen, sino un certamen que se ve y se disfruta en todo el mundo y que instaló al balneario chileno en el mapamundi. Es, también, un festival de enriquecedoras lecciones de cómo construir un negocio exitoso.


 

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