Ahora, solo ahora después de mucho tiempo, me da risa cuando recuerdo esos momentos. Porque a mí también, créeme, en algún momento me tocó poner la otra mejilla y recibir la bofetada del desprecio: ¡Nadie creía en mí! Varias de las puertas que toqué jamás se abrieron hasta que, después de mucho persistir, alguien vio en mi algo especial, diferente, y decidió apoyarme. Fue, entonces, que comprendí que el horizonte es infinito, que no hay límites.

El personaje del que hoy te voy a hablar es muy particular, porque no es emprendedora, no tiene un negocio, no se ha servido de la magia de internet para alcanzar el éxito y, sobre todo, la felicidad. Sin embargo, J.K. Rowling es un perfecto ejemplo de aquellas dificultades a las que nos vemos enfrentados los emprendedores y, muy especialmente, de cuán maravillosa puede ser tu vida si, como ella, persigues tus sueños con pasión, con convicción.

Si leíste alguno de los libros de la saga de Harry Potter o viste alguna de sus películas, sabrás quién es J.K. Rowling, cuyo nombre de pila es Joanne Rowling. Es la genial autora de los libros que, literalmente, revolucionaron la literatura infantil y que la convirtieron en un fenómeno de ventas, en un espejo en el que vale la pena mirarse para aprender. Porque antes de tocar el cielo con las manos su vida fue muy distinta al feliz mundo de fantasía de su creación.

Nacida el 31 de julio de 1965 en el hogar de Peter y Anna, en la localidad inglesa de Chipping Sodbury (suroccidente), su vida fue común y corriente, más allá de varios trasteos por diferentes pequeñas ciudades de las islas británicas. Joanne tuvo una niñez y adolescencia normales, aunque la muerte de su abuela Kathleen la marcó y le demostró que su existencia no iba a ser fácil. Se volvió un poco rebelde, retraída.

Luego, durante la adolescencia, sufrió otro golpe que la obligó a cuestionarse: a su madre le diagnosticaron esclerosis múltiple, una enfermedad incurable. Al terminar el bachillerato, por sugerencia de su padre, se fue a estudiar francés en la Universidad de Exeter, “uno de los peores errores de mi vida”, según sus propias palabras. A esas alturas, ya sabía a qué quería dedicarse: a escribir. Sin embargo, el miedo la llevó a postergar ese sueño varios años.

Desde que era niña, Joanne se distinguió por ser una contadora de historias poco convencional. Sus relatos estaban llenos de fantasía, pero también de increíbles detalles que solo podían surgir de una mente privilegiada, como la suya. Y desde los 6 años escribió, con una característica especial: lo hacía para ella misma, nunca compartió sus escritos, ni permitió que otra persona los leyera. Era una forma de conectarse consigo misma.

Trabajó como secretaria en Amnistía Internacional, una experiencia que le sirvió para comprobar que todo cuando había hecho hasta ese momento en su vida era una pérdida de tiempo: no era feliz. Hasta que un día de 1990, cuando regresaba en tren a Londres desde Manchester, donde se había radicado con su novio, le vino a la cabeza la idea que cambió su vida y la de millones de lectores en el mundo.

“Llevaba escribiendo de forma casi continuada desde los 6 años, pero nunca me había sentido tan entusiasmada por una idea hasta ese momento. Para mi inmensa frustración, el bolígrafo que llevaba no escribía y no me atreví a pedirle uno prestado a nadie”, relató en su página web. Las siguientes cuatro horas de viaje, sin embargo, fueron prolíficas: en su mente recreó la historia que, tiempo después, la convertiría en una celebridad.

“Esa misma noche comencé a escribir La piedra filosofal, aunque aquellas primeras páginas no tienen semejanza alguna con la forma final del libro. Me trasladé a Manchester, llevando conmigo el manuscrito que iba engordando en muy diversas direcciones”. Por primera vez, se sentía verdaderamente feliz y pensaba que, por fin, la vida le iba a sonreír. No obstante, ese 1990 cerró con una trágica noticia: el 30 de diciembre murió su madre.

Su vida, entonces, se convirtió en un incesante intento por huir de la realidad. Y fue así que terminó en Portugal, como profesora de inglés en un centro de idiomas. Llevó, por supuesto, ese manuscrito que sufría incesantes cambios, reflexiones y pensamientos cada vez más profundos, producto de aquello a lo que enfrentaba en la vida real. Allí se casó en el periodista Jorge Arantes y tuvo a su primera hija: Jessica. Poco tiempo después, el matrimonio se disolvió y ella regresó a Inglaterra.

Tras varios meses de intenso trabajo nocturno en una cafetería (escribía solo cuando su hija se dormía), terminó el libro. Mecanografió ella misma los tres primeros capítulos y los envió a un agente, que se los devolvió al día siguiente con un NO como respuesta. El segundo, sin embargo, le abrió una puerta: “Quiero ver el resto”, le dijo. Dos años más tarde, y varios fracasos en medio, cuando ya casi había perdido las esperanzas, le sonó la flauta.

La prestigiosa casa editorial Bloomsbury había decidido publicar el libro, pero le exigió que utilizara una especie de seudónimo, porque los editores no creían que los niños pudieran leer un libro escrito por una mujer: así, entonces, surgió J.K. Rowling. A los pocos meses, Scholastic Press, de Estados Unidos, compró los derechos de la novela para ese país, en 150 000 dólares. ¡Su vida cambió para siempre, y ya nada ni nadie la detuvo camino al éxito!

Hoy, con una fortuna valorada por Forbes en más de mil millones de dólares, Rowling ya casi no escribe. Su vida transcurre dedicada a su familia (tiene otros dos hijos) y a las obras de caridad para combatir la pobreza. Lejos están aquellos aciagos días en los que todo era tristeza y confusión; cuando entendió que lo suyo era darle rienda suelta a la pasión por la escritura y se enfocó en ello, encontró su verdadera misión en esta tierra, y también la felicidad.


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