Lo que sucedió ayer en tu vida, no la determina. No, mientras tú lo permitas. Lo que en verdad determina el curso de tu vida, lo que te ayudará a cristalizar tus sueños y, en especial, a cumplir con el propósito que te fue encomendado, es lo que TÚ haces cada día con tu vida. Y no, no hay un libreto ideal o un camino seguro (mucho menos, un atajo): se hace camino al andar, dijo el poeta.

Nadie nace aprendido, en ningún sentido. Esa es la realidad. Sin embargo, todos tenemos la responsabilidad de descubrir cuál es el camino que debemos recorrer. Eso implica asumir el riesgo de vivir cada día de tu vida como una aventura, aprender lo que sea necesario para avanzar y hacer el mejor uso posible de los recursos que te han sido concedidos. No hay una fórmula mágica.

Y tampoco puedes cometer el error de seguir el camino que otros deciden por ti o la senda marcada por otros, así hayan sido exitosos y felices. ¿Por qué? Porque la vida de cada uno, como cada uno, es única. Ese es su valor: nadie tiene tu vida, nadie vive tu vida. Es un tesoro que te fue concedido para que lo administres lo mejor que puedas. Y no lo olvides: nadie nace aprendido.

Además, nadie escoge su familia o el ambiente en que nace. Ni el país o la ciudad. La vida, que es caprichosa y traviesa, baraja los naipes y te pone en un lugar determinado. A veces, con suerte, te tocan los ases y los reyes, pero no siempre es así. Y no hay remedio. A partir de ahí, lo que ocurra es tu responsabilidad. Para bien o para mal. No hay fórmula mágica: se hace camino al andar.

Estoy seguro de tú conoces a muchas personas que salieron muy favorecidas cuando la vida tiró las cartas. Lo tenían todo, todo lo necesario para disfrutar una gran vida, pero las cosas no se dieron como esperaban. Otras, en cambio, recibieron acaso un par bajo, pero se las arreglaron para ganar la mano gracias a sus habilidades. Y construyeron una vida feliz, con bienestar, con comodidades.

Es el caso de mi buen amigo Eduardo Cortez o, simplemente, Lalo. Nació en el seno de una familia acomodada que, por esos vaivenes de la vida, se disolvió. Sus padres se divorciaron y él se quedó, junto con sus hermanos, al lado de su madre. Su padre era un millonario egocentrista. Tras una traumática separación, se afincaron en Ecatepec (Morelos), al sur de la Ciudad de México.

“Mi madre era un mujer humilde, de escasa formación académica: solo había cursado hasta el cuarto año de primaria”. Lalo tenía 8 años y, a pesar de que apenas comenzaba a comprender cómo era ese complejo mundo de los mayores, con sus conflictos y problemas, asumió el rol de un adulto y comenzó a trabajar. “Mi anhelo era resolverle a mi madre los temas financieros”.

Sin herramientas para cambiar esa realidad, el pequeño Lalo se dedicó a cultivar los sueños que, años más tarde, cristalizó. El modelo que copió fue su abuelo materno, un hombre rudo, de rancho, de campo, que creció con el siglo XX. “Lo más difícil fue vencer un mundo que me decía que era pobre, que en México no había suficiente para todos”. Lo más difícil fue cambiar mi mentalidad”.

Aquel viejo, su abuelo, a su manera, descifró el sistema financiero y le inculcó sus principios al joven Lalo, que no se demoró en empezar a cuestionar los porqué de ese complicado ámbito de los números. Comenzó a trabajar como lo que llaman un cerillo, el humilde niño empacador del mandado en las tiendas de comida de autoservicio. ¿Su salario? Cero: recibía solo propinas.

“Son grandes las lagunas que tienen las leyes en México, porque el trabajador que no es un empleado formal no recibe un sueldo, no tiene seguridad social. A mí me hacía esforzarme más, ser más puntual. Hubo días en que mi pequeño aporte económico era la diferencia entre tener comida en la mesa o no tenerla. Eso me hacía pensar debía haber algo mejor, que debía haber un mundo diferente”.


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Lalo Cortez comenzó a trabajar a los 8 años y creó un modelo educativo exitoso.


La vida, caprichosa y traviesa, baraja los naipes y reparte las cartas a su acomodo. A algunos les da los ases y los reyes y a otros, quizás un par bajo. Cualquiera puede ganar si, como mi amigo Lalo Cortez, adquiere conocimiento y lo convierte en un agente de transformación. Esta es su historia.


No lo había, había que crearlo. Y no fue fácil, porque Lalo no comprendía por qué su padre y sus tíos vivían en medio de lujos mientras él, sus hermanos y su madre pasaban dificultades grandes. Crecí lleno de rencores, de resentimientos. Me enfoqué en el trabajo y con los años comprendí que no sería lo que soy ahora, si no hubiera vivido eso desde chico. Fue algo necesario”.

La vida repartió las cartas y a Lalo no le tocaron las ganadoras. Por eso, tuvo que hacer camino al andar. Cursó empíricamente la primaria, el bachillerato y la educación superior de los negocios, se preparó para la misión que la vida le tenía encomendada. Entre los 17 y los 20 años, por única vez en su vida, fue empleado: trabajó simultáneamente en tres empresas, programando computadoras.

Logró que su madre, cuya salud estaba disminuida por la rudeza con que la vida la trató, dejara de trabajar. Y, de paso, se convenció de que ese, como empleado, no era el proyecto de su vida, no era el camino que quería transitar en su vida. A partir de los 20 años, entonces, dejó de ser empleado: “Lo más difícil fue asumir la responsabilidad absoluta de mi dinero y de mis decisiones financieras”.

Se trasladó a Los Cabos, en la península de Baja California Sur, en la costa sobre el océano Pacífico. En ese paraíso, se dedicó a construir una nueva vida. Un proceso de aprendizaje que estuvo salpicado de uno que otro éxito y muchos fracasos, muchas caídas. Los libros fueron sus aliados incondicionales y sus mejores maestros y él, su propio experimento, su ‘rata de laboratorio’.

“Mucha gente vive su vida bajo la premisa de no equivocarse, algo que va en contravía de lo que enseña la mayoría de los libros sobre el éxito que te dicen que es de los errores de lo que más se aprende. Vivir tratando de evitar los errores hace que nuestra tolerancia al fallo sea bajísima, que perdamos la paz interior con facilidad y que nos demoremos en admitir una equivocación”.

Trabajó duro y cosechó los frutos. Dejó atrás ese mundo de limitaciones, de humillaciones y de frustraciones y creó uno nuevo, con comodidades. Cuando apenas comenzaba a disfrutar, sin embargo, la vida lo puso ante otra prueba: “En septiembre de 2014, el huracán Odile golpeó Cabo San Lucas y destruyó la ciudad. Levantarme de ese retroceso fue una tarea gigantesca”.

Sin embargo, lo logró: se levantó y hasta hoy nada ni nadie pudo detenerlo. Es coach financiero, de negocios y de reingeniería humana, como él mismo se define. Fruto de su experiencia de vida, desarrolló un sistema de entrenamientos llamado ‘El sendero del alquimista’. Enseña a otros a transformar su vida a través de un cambio de conciencia y una profunda comprensión de los temas financieros y emocionales.

Durante años, se dedicó a dictar talleres y cursos de manera presencial. En los primeros cinco años logró impactar positivamente la vida de 3.500 personas cuyo sueño se identificaba con el de Lalo. Luego, motivado por la idea de llegar a más personas, ingresó al universo digital: comenzó un nuevo proceso de aprendizaje, el del marketing digital para aprovechar los superpoderes de internet.

Fue, entonces, cuando la vida cruzó nuestros caminos. Lalo fue uno de los participantes de un bootcamp que realicé en el año 2017 en Punta Cana (República Dominicana), durante una semana. Llamó mi atención de inmediato por su capacidad para escuchar, primero, y hablar de manera inteligente, después. Por su capacidad de discernimiento y, en especial, por su pasión.

Pasión por la vida, por su familia, por sus clientes, por sus alumnos, por sus colegas, por su trabajo. Una pasión que a veces raya con la obsesión, pero sin que esta se convierta en un obstáculo o le provoque distracción. Una obsesión que, además, se ha traducido en varios libros a través de cuyas hojas transmite no solo su conocimiento, sino especialmente sus enriquecedoras experiencias.

Sistema acelerado para el pago de deudas (Lo que a los banqueros no les conviene que sepas), 10+ hábitos de la gente rica (Costumbres sencillas para una vida con riqueza) y, el más reciente, Finanzas familiares inteligentes (De Pendejolandia a Moneylandia en tiempo récord. Toma el control de tu dinero), que él mismo define como “una guía para asegurar la estabilidad financiera de tu hogar”.

Gracias a esa vida que construyó, ahora Lalo viaja en primera clase, llega a sus eventos en una lujosa limusina blanca y sueña con vivir en un penthouse con vista al mar. La suya no fue una niñez convencional, ni feliz, y tampoco tuvo la posibilidad de ir a la universidad. Se formó en la escuela de la vida, con los mejores maestros: sus propios errores, sus dolorosas y frecuentes caídas.

Aprendió, atesoró conocimiento y luego se dedicó a transmitirlo a otros, con la idea de evitar que sufran lo que él sufrió. Ha generado un impacto positivo en miles de vidas y no se detiene, no se empalaga con el éxito y el reconocimiento. Su propósito de vida es más fuerte y no se desvía del camino que eligió. Lalo Cortez, más que un experto en finanzas, un maestro del arte de la vida…

Invitación

Si te gustó esta historia, si te identificas con ella, si quieres seguir el camino que recorrió Lalo Cortez para vivir de sus talentos y convertir su conocimiento en un negocio rentable, TE PUEDO AYUDAR.

ÁLVARO



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