Cuando a un emprendedor le preguntan cuáles son sus herramientas preferidas para llevar a cabo sus estrategias, la mayoría responde que internet, que las redes sociales, que el dinero. Es cierto que esos recursos son necesarios, que los requerimos para sacar adelante nuestros proyectos. Sin embargo, los que mayor impacto causan, los que dejan una huella profunda, son bien distintos.

Internet, sin duda, es una herramienta muy poderosa. Desde que irrumpió en nuestras vidas, las cambió. Y, claro, cambió también la forma de hacer los negocios. Las redes sociales son un escenario ideal para desarrollar nuestras estrategias, efectivos canales para estar en contacto permanente con nuestros clientes. Y el dinero, bueno, el dinero siempre va a ayudar un poco.

Pero, y asumo que estarás coincidirás conmigo, internet, redes sociales y dinero no son suficientes para alcanzar el éxito. Si así fuera, cualquier persona que reúna estos tres componentes sería exitoso, y no es así. Si así fuera, ya estaría inventada la fórmula perfecta para hacer que tu negocio se convierta en el número uno del mercado, en el preferido de los clientes, y no es así.

Lo que realmente importa, lo que vale la pena, lo que marca las grandes diferencias, lo que produce los impactos transformadores, está en ti, dentro de ti. Y no es internet, no son las redes sociales, no es el dinero. ¿Sabes de qué se trata? De tu conocimiento, de tus experiencias, de tus valores, de tus pasiones, de tu vocación y, sobre todo, de tus acciones y decisiones.

Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

En la Fundación Vive Bailando, los jóvenes se sienten parte de algo importante para sus vidas.

Cuando era niña, en el exilio, Clemencia Vargas descubrió el baile. Para ella se convirtió en una terapia, en una herramienta para enfrentar la vida y, lo mejor, para forjar sueños. Hoy, esta joven bogotana es la directora de la Fundación Vive Bailando, en la que jóvenes de comunidades menos favorecidas encuentran una oportunidad. El baile como agente transformador de la sociedad.

“En Pakistán y Afganistán usan el baile como herramienta para superar los traumas provocados por la guerra. En Londres (Inglaterra), en 2002, hicieron un programa de investigación que comprobó que el baile es una fuente de felicidad”, dice Clemencia. Sin metodología, si fuera solo baile, igual se lograrían cambios impresionantes como dejar la pena y subir la autoestima.

Sin embargo, cuando “a eso le involucras un formador artístico y otro de desarrollo humano y le agregas una metodología para aprender conceptos básicos a través de la práctica, logras unas transformaciones increíbles. Esto aplica para cualquier persona, pero el impacto es mayor en los jóvenes para quienes el baile es una herramienta de socialización”, explica. Para ella lo fue.

La esencia, según Clemencia, es que los humanos nos movemos todo el tiempo. Sin movimiento, no hay vida”, asegura. “El movimiento representa el 80 por ciento de nuestra comunicación, de la no verbal. El baile es algo que podemos hacer solos, en pareja o en grupo, y que a través de la historia se usó en rituales, en contextos de terapias curativas, de educación, de arte y de ocio”.

Una de las ventajas, asegura, es que para bailar y movernos no necesitamos nada, ni siquiera la música: solo las ganas de hacerlo. “Las personas más pobres y las más ricas se pueden mover. Y no importa si bailas bien o mal, o regular. Lo que importa es que con el movimiento puedes expresar sentimientos reprimidos, rabias y combates el sedentarismo, entre otros problemas graves”.


El trabajo de Vive Bailando encuadra en la llamada economía
naranja, o economía creativa, que involucra sectores como las
artes visuales y escénicas, el cine, el diseño, la música y, claro, el baile.


La experiencia, sin embargo, le enseñó a Clemencia que el baile ayuda a las personas a superar sus miedos, a romper barreras, a derrumbar estereotipos, a lograr transformaciones que por otros caminos son inalcanzables. “El baile es una herramienta de reconocimiento que permite que las personas suban su autoestima y se reconozcan frente al espejo, a su comunidad y a su familia”.

El poder del aplauso, del elogio, de la admiración del público por el bailarín, es inconmensurable. Hace que las personas tímidas en la pista se muestren empoderadas, comprometidas, fuertes, desinhibidas, y que se sientan capaces de conseguir lo que desean. “Además, a nivel físico nos permite desarrollar diversas habilidades motrices, cognitivas, sociales y emocionales”, agrega.

En el caso de la Fundación Vive Bailando, los jóvenes se sienten parte de una familia, crean identidad, generan vínculos de afecto y de ayuda mutua. “Hay niños que asisten a todos los grupos todas las semanas simplemente para pertenecer a algo. Esa es mi mayor felicidad: ver la dicha que les produce ser parte de algo que es importante en sus vidas, como Vive Bailando”, dice orgullosa.

En una sociedad como la colombiana, hay una gran brecha de desatención en el seno familiar y en el día a día los jóvenes están solos. Las instituciones educativas, que son las encargas de los procesos de aprendizaje formales, solo enseñan lo convencional y los jóvenes están expuestos a los riesgos de la violencia, el vicio o la delincuencia. Les falta algo que les dé un sentido a sus vidas.

Eso es, precisamente, lo que encuentran en Vive Bailando. Trabajamos con jóvenes que llegaron a la Fundación en condición de discapacidad y no podían moverse. Hoy, a través del hábito del movimiento y del baile, han desarrollado sus habilidades motoras. También hay casos de jóvenes que han aprovechado las actividades de la Fundación en sus procesos de resocialización.

Adelantamos un proceso con 25 familias que están en vías de reinserción social y que han implementado proyectos productivos a partir del baile. Les ayudamos con un módulo de emprendimiento cultural de la mano del Centro de Formación Empresarial de la Fundación Mario Santo Domingo para que puedan romper los ciclos de la pobreza y forjar un mejor futuro”, dice.

No se trata solo de transformar vidas y sembrar la semilla del bienestar. También es brindar las herramientas para que, cuando la Fundación termine el proyecto y se vaya de esa comunidad, puedan tomar mejores decisiones de vida. “Creamos la capacidad instalada para que esos jóvenes sean multiplicadores del proceso a nivel local, ingresen al mercado laboral o tengan su negocio”.

No es internet, no son las redes sociales, no es el dinero: es lo que llevas dentro. Tengo una vocación social que nace porque crecí en una pasión como agente de cambio y de transformación. Tengo también una vocación artística y tengo una vocación emprendedora. Cuando mezclas esos tres componentes, definitivamente se logra algo distinto, innovador”, afirma Clemencia.

“No importa cuál sea tu familia, no importa de dónde vengas, no importa cuál sea tu estrato socioeconómico. Todos tenemos la responsabilidad de crear un cambio, de ser agentes de transformación en nuestra sociedad”, asegura. Ella escogió el camino del ejemplo y emplea las herramientas más poderosas de que dispone: talento, conocimiento, pasión y vocación.


 

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