¿Te parece familiar haber escuchado que 2020 fue un año de cambios? Bueno, si sigues las publicaciones que hago en mis canales digitales, sabrás que estoy en una orilla distinta de aquellos que pregonan la reinvención. Prefiero hablar de adaptación, porque estoy convencido de que lo que hemos vivido, nuestras experiencias, éxitos o fracasos, son valiosa fuente de aprendizaje.

Y, por ende, no podemos despreciarla, no podemos asumir que no sirve y hacer un borrón y cuenta nueva como si nada. Más bien, se trata de aprovechar ese pasado, evitar que se convierta en un lastre que te frene camino y, más bien, utilizarlo como la plataforma desde la que partirás hacia la conquista de tus sueños. No renuncies a ellos, solo cambia la estrategia para alcanzarlos.

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Hace más de veinte años, cuando comencé a hacer negocios por internet, cuando dejé mi pasado como sicólogo clínico y me transformé en un emprendedor digital, quería ganar mucho dinero. Quizás como tú, como cualquiera. Y lo gané, no me puedo quejar. No soy multimillonario, nunca lo fui, pero más allá de que no me falta nada sigo trabajando con la misma ilusión del primer día.

¿Sabes por qué lo hago? Primero, porque amo lo que hago. Además, me costó mucho abrirme camino y conseguir lo que deseaba, crear el estilo de vida que anhelaba para mí y mi familia. Segundo, porque la vida me llevó por caminos insondables, me dio el privilegio de conocer personas increíbles y me brindó la posibilidad de vivir experiencias que me transformaron.

Para bien, por fortuna. La verdad es que logré más de lo que había imaginado, obtuve satisfacciones que nunca pensé y, lo mejor, generé un impacto positivo en la vida de otras personas. La mayoría soñamos con lograrlo, pero solo unos pocos en realidad lo conseguimos. Y, gracias a Dios, soy uno de ellos. Producto de esto, mi visión del marketing y los negocios cambió.

Entiendo que el dinero es necesario, que gracias a él puedo brindarles a mis hijas la vida que se merecen, pero también sé con certeza que es tan solo una herramienta, un medio. En otras palabras, ya no es el propósito de lo que hago, no es el objetivo de mi trabajo, como sí lo era en un comienzo. Que llegue como fruto de mis acciones para ayudar a otras personas y mejorar su vida.

Quizás en alguna ocasión me escuchaste decir que “el mejor negocio del mundo es servir”. Bien, pues este convulso 2020 no hizo más que confirmar esa premisa. Fue una situación extrema, atípica y, sobre todo, angustiosa. Para todos, sin excepción. Sin embargo, a pocas horas de que termine el año puedo decir que no tengo nada que reprochar y sí mucho por agradecer.

A pesar de la distancia, aunque se frustraron los planes de realizar dos eventos presenciales, uno en España y otro en Colombia, viví experiencias virtuales increíbles. Aunque te suene raro, no recuerdo haberme sentido tan cerca de mis clientes, de ti, como lo estuve este año. Y, el mensaje que quiero transmitirte en estas líneas, confirmé que juntos podemos construir un mundo mejor.

De hecho, estoy seguro de que en los últimos meses lo logramos. No es que hayamos cambiado el mundo entero, el planeta, porque eso está fuera de nuestro alcance. Sin embargo, estoy seguro de que sí conseguimos hacer mejor nuestro propio mundo generando un impacto positivo en quienes nos rodean, en aquellas personas que son alcanzadas por el impacto positivo de nuestras acciones.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Los emprendedores somos privilegiados: hacemos lo que nos gusta, hacemos lo que nos apasiona.


Aunque 2020 fue un año atípico en el que, a pesar de que solo tuve contacto virtual con mis clientes y con el mercado, viví increíbles experiencias enriquecedoras, de mucho aprendizaje. ¿Lo que más valoro? La certeza de que juntos podemos aportar al propósito de construir un mundo mejor.


Hoy, más que nunca, sé que el propósito de mi trabajo es ese: crear un mundo mejor. Así mismo, estoy convencido de que nuestra labor como emprendedores, dentro o fuera de internet, y sin importar qué hacemos, a qué nos dedicamos, o qué vendemos (un producto o un servicio), es resolver problemas y dolores de nuestros clientes, satisfacer sus necesidades y mejorar su vida.

Ese, amigo mío, es el sentido del marketing en este momento, en este escenario pospandemia. Si algo quedó claro de la experiencia que vivimos en los últimos meses es que nos necesitamos los unos a los otros y, por otro lado, que debemos cuidar los unos de los otros. Siempre fue así, pero está claro del dicho al hecho había un gran techo y, por eso, 2020 significó un cambio notorio.

En este tiempo, los consumidores cambiaron sus hábitos de consumo y muchos adquirieron unos más saludables, al tiempo que se alinearon con las marcas que mostraron un propósito y, sobre todo, manifiesta sensibilidad social. No eslóganes inspiradores, no publicidad de impacto, sino acciones reales en función de ayudar a los desprotegidos, a los menos favorecidos, a los débiles.

Fueron muchos, y algunos muy valiosos, los aprendizajes que me dejó este año. Uno de ellos, vivir en día a día y, en especial, el presente, el hoy. El ayer ya fue y no lo podemos cambiar, y tampoco tiene sentido que lo carguemos como un lastre. Y el mañana, lo aprendimos con dolor, no sabemos si llegará para nosotros o los nuestros, así que no vale la pena enfocarnos en esa ilusión.

En cambio, contamos con el hoy. Y con nuestro conocimiento, con nuestras experiencias, con nuestros dones y talentos, inclusive con nuestros miedos y fracasos. Aquellos nos impulsan y estos nos motivan en virtud del aprendizaje que nos aportan. Y, además, contamos con el poder de internet y sus herramientas y recursos para llegar a más personas, para impactar a más personas.

Los emprendedores somos seres privilegiados no solo porque hacemos lo que nos gusta, porque nos apasiona lo que hacemos, sino porque también podemos generar un impacto positivo en la vida de otros. Ah, y además nos pagan por eso. Algunos se quedan en esto último, en el dinero, y llega el día en el que se sienten vacíos, en el que se dan cuenta de que se quedaron solos.

Por supuesto, no los juzgo, ni haré el menor intento por convencerlos de que cambien de forma de pensar. Ya somos grandecitos y cada uno toma sus decisiones y asume sus consecuencias. Para mí, lo importante es que sé qué quiero y que cada día, cada hoy, cuando despierto me pongo en manos de Dios para que me guíe y me permita aprovechar mis dones, mi talento y mi pasión.

Soy de quienes elegimos ser agentes de transformación y utilizamos el dinero como uno más de nuestros recursos para cumplir nuestro propósito, para alcanzar las metas que nos fijamos. Al final, sin embargo, pese a las vicisitudes y dificultades a las que nos enfrentamos, nos queda la satisfacción de hacer algo positivo por otros, de haber ayudado a construir un mundo mejor.

De eso, justamente, se trata el marketing. Y 2020 nos lo dejó claro. Tu conocimiento, experiencia, dones y talentos no sirven para nada si solo están al servicio de tu cuenta corriente y de tu ego. En cambio, cuando los pones a disposición de otros, cuanto te enfocas en servir y en transformar, lo que recibes es muchísimo más valioso que todo el dinero del mundo: gratitud por ayudar a otros.

Este 2020 fue un año de cambios positivos. Y lo mejor es que solo es el comienzo, porque lo mejor está por venir. Lo sé porque lo ocurrido en estos meses nos enseñó que lo valioso no es lo que hacemos, sino por quién lo hacemos. Tenemos una oportunidad única para aprovechar lo que la vida nos regaló y una misión que me resulta apasionante: construir un mundo mejor. ¿Me acompañas?


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