Cada día son más las personas que, por decisión propia o movidas por las circunstancias, dejan atrás el trabajo convencional, el de toda la vida, y comienzan la aventura de un negocio propio. No es un paso fácil de dar, y lo sé porque lo viví, pero también conozco bien la recompensa, los grandes beneficios de hacer lo que te gusta, de vivir en realidad de aquello que te apasiona.

Tengo que decir, sin embargo, que este no es el sueño perfecto. Son muchas las dificultades que se presentan en el camino, mucho el aprendizaje que se requiere y también son muchos los riesgos a los que estamos expuestos. ¿El principal? Dar el paso por el deseo de ser un empresario o un emprendedor y, al final, caer en la trampa de terminar convertido en un autoempleado.

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Lo primero que tengo que decir es que ninguna opción es buena o mala por sí misma. Lo malo es que creas haber abierto la puerta que te conduce al paraíso y más bien llegues al infierno. Además, y en esto tengo que se completamente honesto, todos, absolutamente todos, pasamos primero por el autoempleo antes de conseguir la cristalización del sueño de ser un verdadero empresario.

Ahora, te preguntarás ¿cuál es la diferencia? El autoempleo es cuando tú eres tu propio jefe, pero tu negocio o empresa no funciona sin ti. Además, en el momento en que tú no produces, bien sea porque te tomaste un día de descanso o porque, quizás, te enfermaste, el negocio se paraliza. Así mismo, salvo que puedas pagar por ello, tú tienes que asumir prácticamente todas las tareas.

El empresario o emprendedor es aquel que tiene una empresa o negocio propio que funciona al ciento por ciento aun cuando él no esté al mando. Está sustentado en un sólido modelo de negocio que cuenta con el respaldo de un equipo de trabajo (que no tiene que ser numeroso) profesional, idóneo y autónomo cada uno en su labor. Se trata de un sistema efectivo.

Por allá en 1998, cuando puse en remojo mi profesión como sicólogo clínico y me embarqué en la aventura de trabajar en internet, durante muchos años fue autoempleado. Entre otras razones, porque en ese momento aún no se hablaba de emprendimiento y, lo peor, no había otras personas que pudieran acompañarte. Acaso los únicos eran los ingenieros de sistemas.

Por supuesto, yo lo hacía todo. Carecía de los recursos para contratar a alguien externo y, además, no era fácil que otra persona comulgara con ese espíritu de emprendedor que comenzaba a cultivar. No podría decirte cuánto tiempo fue, pero sí que fueron varios años los que me dediqué al ciento por ciento a mi negocio: era escritor, diseñador, programador y, a ratos, emprendedor.

Y digo a ratos porque, la verdad, no me quedaba mucho tiempo. Me la pasaba todo el día, todos los días, sentado frente al computador trabajando. Por supuesto, a eso contribuía que eran muy distintas las condiciones, porque la tecnología apenas comenzaba a desarrollarse y no contábamos con ninguna de las poderosas herramientas de la actualidad. De hecho, internet era un bebé.

Que conste que no me quejo: eran las circunstancias del momento, los recursos del momento, y con ellos había que trabajar. Además, hoy agradezco todas esas dificultades, todos y cada uno de los errores que cometí (groseros, algunos) porque fueron los que me forjaron, los que me ayudaron a ser lo que soy. Fue una etapa del más puro aprendizaje, de grandes lecciones.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Muchos quieren ser empresarios y terminan como autoempleados, una gran frustración.


Por deseo propio o forzadas por las circunstancias, cada vez son más las personas que le dan un giro radical a su vida. Sueñan con ser empresarios o emprendedores, pero lamentablemente terminan como autoempleados, que al final es más de lo mismo de antes. ¿Cómo evitarlo?


El problema con el autoempleo es que, a largo plazo, es simplemente otra cara de ese trabajo del pasado, el que te tenía harto, del que deseabas huir. Las únicas diferencias es que no tienes jefe y que tú tienes que asumir todos los costos legales que correspondan. Entonces, lo habitual es que sea nada más una especie de mudanza: los problemas y sus manifestaciones son las mismas.

Es, entonces, cuando se dan las crisis existenciales y los deseos irreprimibles de volver a lo de antes. Que no está bien, ni mal; se trata de una opción y cada uno elige la que cree conveniente. Solo que, en la mayoría de las ocasiones, esa reversa significa una gran frustración, una sensación de que fracasaste, de que no eres capaz, y no es así. Quizás no era el momento, quizás lo vuelvas a intentar.

Este problema se presenta, principalmente, porque no sabemos a qué nos exponemos, a qué nos enfrentamos y qué debemos hacer cuando tomamos la crucial decisión de tener un negocio propio. Tenemos un sueño, una ilusión, pero nos imaginamos un escenario que muchas veces no es real o que, dicho de otra forma, en la realidad se presenta distinto. Y no sabemos qué hacer.

La clave del éxito, cuando decides dar este paso en tu vida, radica en si se traduce en el estilo de vida que anhelabas. ¿Tiempo libre? ¿Libertad financiera? ¿Viajes? ¿Ingresos recurrentes que provienen de varias fuentes? ¿El modelo de negocio es sostenible a largo plazo? ¿Es escalable? ¿Estás en capacidad de contratar servicios externos que te ayuden? ¿Haces buen networking?

Estas son preguntas que todos deberíamos hacernos antes de dar el paso, las respuestas deberían ser el sustento de la decisión. Lamentablemente, no es así. De hecho, solo nos las formulamos cuando ya estamos metidos en el hoyo, cuando nos agobian la angustia y la desesperación, cuando tenemos deudas, cuando estamos a punto de tirar la toalla. Y, claro, ya es muy tarde.

Fíjate, por favor, que no es solo cuestión de dinero. Quizás como autoempleado puedes ganar mucho, solo que no tienes tiempo, ni libertad, para disfrutarlo. Estás atado a un trabajo y eres imprescindible. Ese, sin duda, no es el estilo de vida que deseabas, lo sé. Entonces, lo que debes entender es que no puedes apresurarte, no puedes obsesionarte, porque el precio es muy alto.

Por otro lado, ¿cuánto sabes de marketing? ¿Qué tanto conocimiento tienes del mercado al que le vas a apuntar? ¿Cuánto conoces de la competencia? ¿Ya testeaste tu producto o servicio? ¿Ya definiste a tu cliente ideal? ¿Ya formulaste tu propuesta de valor? Si la respuesta a alguno de estos interrogantes es un no, o un “no sé”, mejor detente. Todavía no estás listo para dar este paso.

Cada día son más las personas que, por decisión propia o movidas por las circunstancias, dejan atrás el trabajo convencional, el de toda la vida, y comienzan la aventura de un negocio propio. Vivir de aquello que te apasiona a todos nos entusiasma. Sin embargo, no es una decisión que se deba tomar a la ligera o producto de un impulso emocional momentáneo. Ese sería un grave error.

Si desde hace tiempo en tu cabeza da vueltas la idea de ser propietario de un negocio, ¡comienza a trabajar! Que, te lo recalco, no es renunciar al trabajo que tienes, tirar todo a la basura y comenzar de cero. Comienza por aterrizar la idea, por formular tu modelo de negocio, por investigar el mercado, por sentar bases sólidas para tu negocio. Luego te darás cuenta de cuándo es el momento adecuado.


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