“Ay, no, ya se acabó este 2020. Será dejarlo para el año entrante”. Te confieso que esta frase, que he escuchado varias veces en los últimos días, me produce náuseas. Quedan más de dos meses de este año y, la verdad, me cuesta entender que haya personas que se resignen con anticipación, que tiren la toalla con tanta facilidad. Esa, tristemente, es la mentalidad que las lleva al fracaso.

Entiendo que ha sido un año atípico y, sobre todo, difícil para todos. Nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para lo que ocurrió. A todos nos tomó por sorpresa, a todos nos golpeó en mayor o menor medida y a todos nos obligó a lidiar con la crisis y a adaptarnos a las nuevas condiciones. Desde ese punto de vista, no había ventaja para nadie, pero tampoco, desventaja.

Sin embargo, hay muchos que se rindieron sin siquiera dar la batalla. Y, por favor, perdona si eres uno de ellos y soy demasiado duro. No trato de juzgarte, porque no soy quién para hacerlo, solo quiero hacer una reflexión que sirva para quienes están dispuestos a ponerle el pecho a la brisa (que se antoja un huracán de categoría 5) y seguir adelante. Porque hay que seguir adelante.

Cuando comenzó esta situación provocada por el COVID-19, por allá en el mes de marzo (que hoy lo vemos lejano), dije que las crisis me agradan porque sacan lo mejor y lo peor de los seres humanos. Cada uno ofrece lo que tiene, da lo que tiene, lo que es. Las crisis, simplemente, son una excusa para los pesimistas y una oportunidad disfrazada para quienes pensamos positivamente.

En mi caso, y no me refiero específicamente al tema económico, han sido meses productivos, muy productivos. Por el aprendizaje, por las lecciones recibidas, por la reconexión con la esencia, por el tiempo de calidad que he podido pasar con mis hijas, por lo que me han enseñado mis clientes. No te voy a decir que ha sido un gran año, pero sí creo que era algo que todos necesitábamos.

Una de las mayores dificultades a las que nos enfrentamos los emprendedores, tanto si hacemos negocios en internet o fuera de la red, es la de dejarnos envolver por el frenético ritmo de la rutina. Asumimos nuestro trabajo como si fuera una competencia, una loca carrera, y al cabo de un tiempo ni nos damos cuenta. ¿De qué? De que, si no nos detenemos, vamos a fundir la máquina.

El problema, porque siempre hay un problema, es que cuando el cuerpo y la mente prenden las alarmas nos vamos para el otro extremo. ¿Cuál? El de las excusas, la procrastinación, el de tirar la toalla a mitad del camino. “Ay, no, ya se acabó este 2020. Será dejarlo para el año entrante”. Es porque no entendemos que lo único que tenemos es el día de hoy, el presente. Eso y nada más.

Quizás mañana sea tarde. Quizás el mes próximo sea tarde. Quizás el año entrante sea tarde. Nunca se sabe, de ahí que nuestra tarea prioritaria consiste en aprovechar el hoy, el presente. A pesar de las dificultades, a pesar de los tropiezos, a pesar de las crisis. Que, valga recalcarlo, siempre van a presentarse, de una u otra forma, porque tienen múltiples identidades.

En unos años, cuando 2020 sea un recuerdo, una anécdota, muchos dirán que el coronavirus acabó con sus negocios. Será la versión más conveniente, pero no necesariamente será la verdad. ¿Por qué? Porque si algo nos ha demostrado esta situación que enfrentamos en los últimos meses es que el mercado está lleno de empresas y emprendimientos con un modelo de negocio caduco.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

El autosabotaje, cuando vas en contra de tus sueños, es el dolor de cabeza de muchos emprendedores.


La crisis que hemos vivido en los últimos meses ha sido responsabilizada de que muchos negocios no vuelvan a abrir sus puertas. Sin embargo, la verdad es que el origen de los problemas que los llevaron al cierre está relacionado con la mentalidad de sus propietarios, que era equivocada.


De nuevo, mil disculpas si ese es tu caso. Sin embargo, como referente del mercado, como mentor de muchos de los número uno de diversas industrias y nichos, tengo el compromiso de mostrar la realidad, así sea dolorosa. Y la verdad es que me duele ver cómo muchos emprendedores, buenas personas, fracasan porque carecen de la mentalidad adecuada, porque autosabotean sus negocios.

En los últimos años, ha hecho carrera en el mercado una tendencia: la de la obsesión por el aprendizaje, el afán por llenarse de conocimiento, especialmente en el aspecto técnico. Es una carrera loca que provoca que esas personas pierdan el foco, pierdan el norte, pierdan las energías y, lo peor, pierdan la batalla y no les quede más remedio que tirar la toalla. Es lamentable.

“Es que no me alcanzan las 24 horas del día”, “Es que son muchas las tareas que debo realizar”, “Es que muchas veces no puedo terminar lo que comienzo”, “Es que, por más que lo intento, no logro conseguir más clientes”, “Es que…”. Estas personas se someten a tal presión, cargan una mochila tan pesada, que llega el momento en que no resisten más y solo tienen una salida: abandonar.

“Definitivamente, esto no es para mí”, se dicen derrotados. Y equivocados, también. Porque quizás lo que ocurrió fue que equivocaron el camino, que se dejaron llevar por las tendencias del mercado y no prestaron atención a lo importante. ¿Y sabes qué es lo más importante? ¡Tú! Sí, tú eres el activo más valioso de tu negocio, el que más debes cuidar, por el que debes velar siempre.

Una equivocación frecuente, especialmente en los emprendedores jóvenes, es creer que con dominar las herramientas tecnológicas es suficiente para alcanzar el éxito. No es así: es cierto que las herramientas son una gran ayuda, pero lo que prima, lo que marca la diferencia, eres tú. Tú, con tu conocimiento y experiencia, con tu pasión y vocación de servicio, marcas la diferencia.

Al final, a tu cliente no le importa si trabajas con una versión gratuita de autorrespondedor o con una de pago. Tampoco le interesa saber qué plantilla utilizas en tu blog o si la cámara con la que grabas tus videos y transmites tus lives es una compacta o una profesional. Y para él también es absolutamente transparente si trabajas desde tu casa o, más bien, tienes una oficina grande.

A tu cliente lo único que le interesa es la respuesta a la pregunta clave del marketing: ¿Qué hay aquí para mí? Es decir, lo que a él le importa es saber si en verdad tú tienes la solución al problema que lo aqueja, si puedes ayudarlo a cumplir sus sueños y a transformar su vida. Lo demás, todo lo demás, es invisible para él. Por eso, necesitas enfocarte en lo que tú eres.

El punto débil de la mayoría de los negocios que fracasan prematuramente es la mentalidad del dueño, del emprendedor. Sus creencias y sus pensamientos van en contravía de sus sueños, son el principal obstáculo, esa piedra con la que tropiezan una y otra vez. Su baja autoestima, su falta de confianza, su dependencia de la aprobación de otros y del qué dirán echan a perder sus proyectos.

Recuerda que eres lo que piensas, porque son tus pensamientos y creencias los que determinan tus acciones y tus decisiones. Y son tus acciones y tus decisiones los que condicionan tus resultados. La mentalidad que poseas, la que alimentes en tu cabeza, será la que decida si eres exitoso o si fracasas. Con una mentalidad fuerte, las crisis serán tan solo una anécdota…


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