Honestamente, lo único perfecto que conozco es la naturaleza. Su sabiduría es infinita, igual que su poder. Está en capacidad de crear todo lo necesario, de reconstruir todo aquello que el ser humano destruye, de reinventarse una y otra vez de mil formas maravillosas. Así mismo, no conozco nada más imperfecto que el ser humano, a pesar de su inmenso potencial.

Nunca fui perfeccionista, aunque eso no significa de alguna manera que me guste la improvisación o que me conforme con resultados mediocres. ¡Nada que ver! Se trata de que uno de los rasgos más fuertes de mi personalidad, que con el paso del tiempo convertí en un hábito positivo, es hacer. Probar, errar, corregir, volver a probar y, al terminar, comenzar de nuevo.

Recuerdo que, en mi juventud, era el todero de la casa, el que se les medía a todos los oficios. Si se dañaba la licuadora, ahí estaba Álvaro; si se dañaba el teléfono, ahí estaba Álvaro; si se dañaba el computador, ahí estaba Álvaro. Mis primos ya sabían que, si tenían la necesidad de reparar algún artefacto doméstico, solo debían llamarme y allá llegaba para ayudarlos.

Era, por decirlo de alguna manera, un McGyver artesanal. Luego, con el tiempo, esa actitud y esas habilidades que había desarrollado me sirvieron, ¡y mucho!, cuando comencé mi aventura como emprendedor digital. Aprendí de programación en lenguaje html, algo que era exclusivo de los ingenieros de sistemas más experimentados, y luego incursioné en otras artes digitales.

La escasez de herramientas, lo limitadas y rudimentarias que eran, la carencia de casos de éxito y/o referentes en el mercado y, lo más grave, la falta de conocimiento al que se pudiera acceder fácilmente eran, como podrás imaginarlo, problemas complicados. Una tarea sencilla te demandaba horas para terminarla, así que no había tiempo para intentar ser perfeccionista.

Además, no lo pases por alto, en la era de internet la premisa es hacer rápido, publicar rápido. Después se revisa, después se corrige. Por otro lado, como imaginarás, a lo largo de más de dos décadas de trayectoria en el mercado he creado decenas de infoproductos en los formatos más variados: pdf descargable, cursos virtuales, cursos presenciales, pódcast, libros, en fin.

Lo primero que puedo decirte que, para el momento en que fueron creados y lanzados, cada uno de ellos era perfecto. ¿Tenían defectos? Sí. ¿Funcionaron? Algunos, sí. ¿Valieron la pena? Sin duda, SÍ (en mayúsculas). Algunos, déjame decírtelo, fueron fracasos rotundos porque no vendí nada o vendí muy poco, pero me dejaron grandes aprendizajes, lecciones muy valiosas.

Y lo mejor, ¿sabes qué fue lo mejor? Que ese aprendizaje, que esas lecciones, surgió de hacer. Con errores, con limitaciones, con notorias imperfecciones. Algunos los he retocado, los he mejorado y los he vuelto a lanzar, ahora sí con éxito. Otros, en cambio, reposan en el amplio baúl de los recuerdos, en ese repositorio digital que cada emprendedor cultiva con cariño.


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¿Sabes cuál es la paradoja del perfeccionismo? Que para cada persona significa algo diferente.


La búsqueda de la ‘perfección’ es uno de los atajos más comunes y, también, un obstáculo que frena el impulso de muchas personas. Además, y esto es lo más doloroso, les impide darle al mercado aquello valioso que pueden ofrecer y que otros necesitan. ¿Cómo evitarlo?


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Por todo esto, porque aprendí y procuro practicar aquello de “Mejor hecho, que perfecto (pero no hecho)”, una frase que se le atribuye a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, me duele ver tantos valiosos emprendedores que se estancan en la búsqueda de la perfección. Aunque se estrellan una y otra vez con la realidad, siguen porfiando. Y no comienzan, tampoco avanzan.

Como sicólogo y emprendedor de vieja data, sé que una de las motivaciones ocultas, de esas que jamás admitirán en voz alta y mucho menos en público, es que tienen pánico al qué dirán los demás. Se obsesionan con obtener la aprobación de otros y ahí se traban, se estancan. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que después lamentan lo que pudo haber sido y no fue.

Lo cierto es que me he preocupado, me he esforzado, por evitar irme por el atajo del perfeccionismo, por no caer en la trampa del perfeccionismo. Y mal no me ha ido, por fortuna. Por eso, justamente por eso, esta de “Hecho es mejor que perfecto” es una premisa que les transmito a mis clientes, a los miembros de mi comunidad y al mercado en mis mensajes.

Tristemente, en muchas ocasiones (más de las que me gustaría, por supuesto) siento que mis palabras caen en terreno árido, infértil. Porque las personas siguen empeñadas con eso del perfeccionismo, porque dedican horas, días, semanas, a preparar un producto o servicio y al final no se atreven a ponerlo a consideración del mercado. ¿Por qué? “Todavía no está listo”.

Eso, en palabras sencillas, significa “no es perfecto”. ¡Y NUNCA lo será!, créeme. Porque, y esto es algo que los perfeccionistas no tienen en cuenta, la perfección significa algo distinto para cada persona. Es decir, no hay una sola perfección, de la misma manera que no hay un solo éxito o una sola felicidad. Cada uno la asume como puede, como más le conviene.

El diccionario define perfeccionista como “Tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”. Lo más doloroso, y lo sé porque lo he comprado, es que cuando lanzas un producto o servicio al mercado, así no sea perfecto, hay quienes lo valoran, lo aprovechan, lo agradecen. En otras palabras, para esas personas es un producto perfecto.

¿Cómo no caer en la trampa del perfeccionismo? Estas son algunas acciones sencillas que implementó con buenos resultados y que quizás a ti también te sirvan:

1.- Acepta y valora los errores.
Además, aprende de ellos. No te obsesiones con la idea de evitarlos, porque es imposible. Y, aunque te cueste entenderlo, están para ayudarnos, son señales de alerta, mensajes cifrados que la vida nos envía. Acéptalos, valóralos, extracta la lección que cada uno incorpora y ponla en práctica en tu siguiente paso. Si no te equivocas, no aprendes; si no aprendes, no avanzas.

2.- Valora y celebra el paso a paso.
Admítelo: casi siempre el avance es más lento y complicado de lo que esperamos. Del peor escenario que esperamos. Sin embargo, la clave está en continuar, en no tirar la toalla. Por eso, celebra los pequeños triunfos, que son avances significativos, aunque aún estés lejos de la meta. Nadie sabe cuánto trabajo te cuesta, cuán difícil es: tú eres tu principal motivación.

3.- Piensa (y actúa) positivo.
Los mensajes que te envías a ti mismo, créeme, son determinantes. Para el éxito o el fracaso. Para estar en capacidad de superar las dificultades cuando se presenten o para ahogarte en un vaso de agua. Sé tolerante, paciente y amoroso contigo mismo, pues ya es suficiente con lo negativo que viene de otros (críticas, envidia, mala energía). Piensa y actúa positivo.

4.- Enfócate en lo importante.
¿Y qué es lo importante?, preguntarás. ¡Tú, tú eres lo importante! Porque, más allá de que tu producto o servicio les servirá a otros, y ellos son muy importantes para ti, entiende que lo que ellos van a recibir es fruto de lo que tú estás en capacidad de dar. Cuida de ti, aprende cada día, descansa, disfruta la vida con aquellos que amas y alimenta y enriquece tu interior.

5.- Busca ayuda idónea.
Aquí, la clave está en la palabra “idónea”, que significa “apropiada para algo”. Muchas personas querrán ayudarte, pero no todas, pocas, podrán enseñarte lo que requieres y te guiarán para encontrar la solución que deseas. Busca a quien ya esté donde tú quieres estar, a quien haya superado las dificultades que te detienen, a quien ya logró los resultados que anhelas.

Cuando tomas el atajo de la búsqueda de la perfección en verdad lo que haces es frenar tu impulso, elevar barreras que nos vas a poder franquear. Y lo peor, ¿sabes qué es lo peor? Que lo único que consigues es negarle al mercado la solución que estás en capacidad de ofrecerle y que otras personas ansían y necesitan. Tal es el impacto negativo de la tal perfección