Una de las telarañas mentales más comunes y más limitantes que conozco es aquella de querer agradarle a todo el mundo. En la vida, en los negocios, en las relaciones. Como sicólogo y como emprendedor, puedo decirte que es un obstáculo difícil de superar y que, además, se presente de diversas formas. La más común es el conocido temor al qué dirán, que tiene efectos paralizantes.

Es un problema complejo que tiene fuertes raíces en el sistema educativo en que nos criamos. Desde que somos niños, nos enseñan a gustar, a consultar a los demás, a pedir su aprobación. “¿Cómo me ve? ¿Sí me queda bien?”, o “Quiero estudiar leyes porque me apasiona ayudar a las personas, pero mis padres se oponen”, o “Mi familia me rechaza porque quiero ser un chef”.

Por allá en 1998, una fecha que parece perdida en el tiempo porque pertenece al siglo pasado, pero que está muy fresca en la memoria, tomé la decisión de ser emprendedor. La verdad, no sabía muy bien qué significaba eso, pero estaba completamente seguro de que no quería seguir con la vida que tenía en ese momento. Y no fue fácil salir del clóset y comunicárselo al mundo.

En aquel entonces, los jóvenes estábamos condenados a graduarnos del colegio, inscribirnos en la universidad y luego conseguir un trabajo, un buen trabajo. ¿Para qué? Para pasar ahí el resto de la vida productiva forjando una carrera de la cual tus padres, tu familia, tu pareja, tus hijos y tus amigos puedan sentirse orgullosos. Y ese, lo sabemos, casi nunca coincide con lo que tú deseas.

El caso fue que me empeñé en lanzarme al agua y, por fortuna, conté con el apoyo de mis padres y de algunas otras personas que se contaban con los dedos de una mano (y sobraban dedos). “¿Por qué no más bien se consigue un trabajo serio?”, recuerdo que me decían. Y lo tenía, atendía en un consultorio al que llegaban pocos pacientes y hacía contratos temporales difíciles de renovar.

El resto de la historia quizás ya lo conoces: me vine para los Estados Unidos, con la intención de aprenderlo todo sobre internet, de descubrir cómo hacer negocios por internet, y después de uno o dos años regresar a mi país para ponerlo en práctica. Por esas circunstancias de la vida, me quedé acá, llevo más de 22 años y, a pesar de la incredulidad y los presagios de otros, ¡lo logré!

La lección que aprendí en aquella ocasión fue que no importa qué piensen o qué digan los demás de tu vida, siempre y cuando tú actúes desde la convicción y la fe, y además hagas lo necesario para conseguir lo que quieres. Es algo que tengo en mi cabeza todos los días, un norte que me guía: el camino que conduce al éxito y a la felicidad comienza por seguir lo que dice tu corazón.

Que no significa, de ninguna manera, que no vaya a haber problemas, que no vayas a fracasar, que no vayas a equivocarte. De ninguna manera. Sin embargo, y eso te lo afirmó con la convicción de haberlo vivido, no hay mayor satisfacción, a pesar de que los resultados no hayan sido los que tú esperabas, que hacer eso que te daba vueltas en la cabeza desde hace tiempo. Es algo increíble.

Porque la peor sensación es la incertidumbre por saber si tu idea podría haberse transformado en un buen negocio, si lo hubieras logrado, si en verdad habrías sido capaz de cristalizar ese sueño. Lo peor de lo peor es que la mayoría de las ocasiones que ni siquiera lo intentamos, que no probamos o nos quedamos en la duda es porque tememos al qué dirán, nos aterra lo que puedan decir otros.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Algunos no podrán resistir tu éxito y harán lo que esté a su alcance para incomodarte.


Desde el momento en que tomas acción y comienzas a luchar por tus sueños, de manera silvestre brotarán los detractores. No te preocupes: son aquellos que están paralizados por el miedo y ni siquiera lo intentaron o que, lo hicieron, pero fracasaron. No les prestes atención y enfócate en lo tuyo.


He vendido productos que fueron muy exitosos, pero también hubo otros que fueron la decepción total, grandes fracasos económicos. Aunque los validé como a todos los demás, aunque los trabaje con la misma pasión y dedicación que todos los demás, no dieron resultado. Y recibí críticas, y hasta hubo quien se burló de mí y no faltó el que dijo que mis días de éxito se habían terminado.

Eso hubiera ocurrido, seguramente, si me detengo a escuchar esas opiniones, que son respetables, por supuesto, pero que no me definen, no determinan mis acciones, ni mis decisiones. Cada uno de los fracasos que acredité significó un valioso aprendizaje que más adelante me sirvió, al igual que las críticas constructivas: me ayudaron a ver la situación desde un punto de vista diferente.

Aprendí que cuando decides ser emprendedor el primer recurso del que debes disponer es una coraza infranqueable que te permita soportar los huracanes que aparecerán alguna vez y, en especial, los incesantes ataques de tus detractores. Que brotarán silvestres sin que tú los hayas cultivado, simplemente porque no pueden aceptar que tú lograste el éxito y ellos ni lo intentaron.

Sucede en las películas, sí, pero también en la vida real. Y, créeme, va a suceder todo el tiempo: cada vez que tengas éxito, que alguien hable bien de ti, que alcances la meta que te propusiste, aparecerá un crítico negativo gratuito, un detractor. Es porque en el ecosistema digital hay cabida para todas las especies, incluidas las de los depredadores que nunca te van a dar su aprobación.

Y no la necesitas, por cierto. Inclusive, es posible que algunos de tus clientes, que en un comienzo se manifestaron satisfechos, después terminen en la otra orilla, en la de quienes te critican. ¿Por qué ocurre esto? Es parte de la naturaleza del ser humano, es todo lo que te puedo decir. Y como tal hay que aceptarlo y seguir adelante, porque si le prestas atención le otorgas poder sobre ti.

Ser emprendedor, hacer lo que te gusta, vivir de lo que te apasiona es un privilegio que solo algunos pocos disfrutamos. Y que, además, incorpora esa circunstancia que nos incomoda: que no les gustamos a todos, aunque hagamos nuestro mejor esfuerzo y brindemos lo mejor, va a haber algunos que no lo reciban bien, que lo rechacen de plano. Así es la vida, así son los negocios.

De hecho, en la medida en que no les prestes atención, en que hagas caso omiso de sus mensajes, en que te enfoque en tu trabajo y alcances más metas, logres más éxitos, esas voces se diluirán, se acallarán. Y cuando esos se silencien, aparecerán otros y luego otros, una procesión sin cesar. La clave, te lo repito, es que no les des el poder de escucharlos, de hacerlos sentir importantes.

Por supuesto, eso no quiere decir que no debes ser autocrítico, o que todo lo que hagas está bien. De lo que se trata es que escuches a quien en realidad te quieren (y pueden ayudar), a quienes ya pasaron por ahí, a quienes les interesan tu bienestar y tu éxito. Entiende que si tomas acción te convertirás automáticamente en enemigo de quienes tienen miedo, de los que fracasaron y se rindieron.

Y, para finalizar, algo que debes aprender: por un lado, el mercado es una jungla infestada de fieras salvajes, de depredadores, y no podrás evitarlo: si estás allí, tendrás que lidiarlos; por otro, el mercado es inmensamente grande y siempre hay un nicho tranquilo, productivo y positivo en el que puedes actuar sin tanto problema, un espacio en el que tu trabajo será bien acogido.


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