Vivimos la era de la generación de cristal, pero también la del optimismo y la autoestima sobreestimados. “Tú puedes lograrlo”, “Confía en ti”, “Si tienes miedo, hazlo con miedo” y otras frases motivadora más que encierran una alta exigencia. Amable, sí, pero exigencia al fin. Un listón muy alto que a veces, la mayoría de las veces, no podemos alcanzar y terminamos frustrados.

Y hago un mea culpa: yo mismo entré en esa onda porque entiendo que, especialmente en estos tiempos histéricos y frenéticos, necesitamos escuchar mensajes positivos, constructivos, que nos inspiren. Recuerda que tus acciones y tus decisiones están determinadas por lo que piensas, por aquello en lo que crees y, de manera muy especial, por los mensajes que envías a tu cerebro.

Entonces, soy partidario de programar el cerebro con mensajes que contribuyan a brindarle bienestar y que, sobre todo, eviten la invasión de las especies tóxicas, negativas y destructivas. Sin embargo, como sucede en tantas otras situaciones o actividades de la vida, hay una delgada línea que no es conveniente cruzar. A veces lo hacemos sin darnos cuenta y otras, conscientemente.

Es el caso de lo que en sicología se conoce como autoestima inflada. ¿Sabes en qué consiste? En palabras muy sencillas, un exceso de autoestima. La autoestima, seguro lo sabes, es la percepción que tenemos de nosotros mismos en función de cuánto nos conocemos, de aquello en lo que creemos, en lo que pensamos, en lo que sentimos y de la información que consumimos.

Así mismo, y de manera especial, de lo que piensan y dicen los demás acerca de nosotros. Como ves, se trata de un autoconcepto con un alto sustento subjetivo, de ahí que a veces, muchas veces, nos dejemos llevar por las emociones y crucemos aquella delgada línea que nos lleva a terrenos fangosos. Entonces, caemos en el juego de los extremos: menospreciarnos o sobrevalorarnos.

En términos básicos, se han establecido tres tipos de autoestima. Primero, la autoestima baja, que consiste en menospreciar lo que somos, nuestras capacidades y fortalezas, y enfocarnos en las debilidades, en las carencias. Tampoco apreciamos, ni valoramos, los logros obtenidos y dejamos que las opiniones de otros nos afecten de más. Es el origen del temido síndrome del impostor.

También está la autoestima sana, es decir, cuando estamos conscientes de lo que somos, con las cualidades y los defectos, y entendemos también que podemos mejorar. Nos apreciamos y nos valoramos con honestidad y nos preocupamos por trabajar aquellas áreas en las que se nota una debilidad. Y, lo mejor, tenemos la capacidad para no dejarnos afectar por lo que dicen los demás.

Por último, está la autoestima inflada, que consiste en una valoración excesiva de lo que somos, de los recursos que nos fueron brindados y, sobre todo, de las posibilidades que tenemos y de los logros obtenidos. Es un atajo para no ver, ni aceptar, las deficiencias que tenemos, por más que sean evidentes o incomoden a los demás. Se manifiesta por la tendencia a aparentar superioridad.

La autoestima inflada es una distorsión del amor propio, una percepción equivocada que se adentra en los terrenos del ego y que solemos utilizar como un mecanismo de defensa. ¿A qué me refiero? A que esta conducta nos sirve para proyectar una fortaleza emocional que no poseemos, para vender una imagen de algo que no somos, para que los demás nos perciban como personas fuertes.

¿Cómo identificar a una persona que sufre de autoestima inflada? Veamos:

1.- Es una persona que se obsesiona por tener la razón y ser el centro de atención de todas las conversaciones y que, además, se molesta cuando es confrontada o criticada

2.- Le otorga un valor excesivo a logros efímeros como un cargo o el resultado de un proceso, y lo expone cada vez que puede para que a los demás no se les olvide o lo pasen por alto

3.- Tiende a compararse continuamente con los demás y, por supuesto, se ve y se siente mejor, superior, bien sea por su conocimiento, sus habilidades, su personalidad o carisma

4.- Es una persona propensa a presumir lo que sabe, lo que tiene, y no le importa si hace sentir mal a otros. Se aferra a lo que le resulta conocido y cómodo para sentirse fuerte

5.- Tiene un concepto de autosuficiencia insano, se resiente cuando alguien las contradice o expresa una idea contraria a lo que ella piensa. Su perspectiva siempre surge del ego (yo)

En este punto, quizás, te preguntas por qué me refiero a este tema. La respuesta es sencilla: como sabes, estoy convencido de que el 90 por ciento de lo que obtenemos en la vida, en cualquier actividad, está determinado por la mentalidad. Y la autoestima es, por supuesto, un componente importante de ella, de ahí que es necesario que sepas cuál tipo de autoestima te caracteriza.


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Nadie, absolutamente nadie, llegó a la cima del Everest en solitario.


Además, esa explosión de buena onda que se volvió tendencia en los últimos años, y que aflora con en especial después de algún evento traumático o doloroso, se ha convertido en un obstáculo infranqueable para muchas personas. Esa es la realidad. ¿Por qué? Porque esa autoestima inflada les impide ver sus errores, les hace pensar que ya lo saben todo y, peor, que no necesitan ayuda.

Cuando comencé mi trayectoria como emprendedor digital, por allá a finales de los años 90, la soledad no era una elección: no había con quién compartir, de quién aprender, a quién seguir. Los pocos referentes del mercado eran estadounidenses y el mercado hispano era virgen, inexplorado. Fue como intentar avanzar por un estrecho túnel en medio de la oscuridad de la noche.

A medida que el mercado evolucionó, que surgieron nuevas herramientas y recursos, que internet llegó a más personas y a más hogares, esa realidad cambió. Fue posible conectar con más personas y, lo mejor, aparecieron expertos en múltiples áreas que llegaron para ayudarnos, para liberarnos. Ya no estaba solo y, lo mejor, fue posible cristalizar el sueño de crear una comunidad.

Ahora, a diferencia de aquellos años, no estoy solo. De hecho, aquel que esté solo es simplemente porque así lo eligió, por una decisión personal. Porque el mercado, por fortuna, nos brinda una variedad de opciones, muchas de ellas de calidad. En todas las especialidades, en todos los oficios o profesiones. Aquello del síndrome del emprendedor solitario es cada vez más una fábula.

Claro, salvo que seas una de esas personas con la autoestima inflada que creen que lo pueden hacer todo, que son autosuficientes, que pueden seguir el camino autodidacta para ahorrarse un dinero que después la vida les cobrará mucho más caro. Esas personas que desarrollan la habilidad de encontrar recursos gratuitos convencidos de que ese es el camino que los llevará a la cima.

Y no es así, por desgracia (para ellas). Alguna vez, en un evento, alguien me preguntó cuánto dinero había invertido en mi formación, en ese recorrido que le llevó a convertirme en referente número uno de la industria y, sobre todo, en el proceso de mantenerme allí (que es más valioso, por si no lo sabías). Una pregunta que me causó curiosidad, por cierto, y me invitó a reflexionar.

No tenía una respuesta exacta, como era de suponer, porque no llevo un registro preciso de los gastos. Sin embargo, sí puedo asegurarte que son cientos de miles de dólares. ¡Cientos de miles! Y lo mejor, ¿sabes qué es lo mejor? Que cada uno de esos dólares valió la pena en la medida en que me ayudó a adquirir conocimiento, desarrollar habilidades y crecer como persona y profesional.

Además, contribuyó a conocer personas maravillosas y establecer vínculos y relaciones que no solo fueron productivas, sino que dejaron huella positiva en mi vida. Gracias a lo que aprendí en casa por el ejemplo de mis padres y luego por las enseñanzas de mis mentores jamás escatimé gastos o me sentí mal por haber invertido en algo que, en ese momento, creía me iba a servir.

Cursos, videos, mentorías, asesorías, viajes (que incluyen tiquetes, desplazamientos, alojamiento y comida), eventos virtuales y presenciales y herramientas que son parte de mi éxito, esa parte del iceberg que no se ve. Y no termina ahí: también he invertido mucho dinero en contratar servicios de personas y/o empresas que realizan aquellas tareas que son importantes, pero no mi prioridad.

¿Por ejemplo? Todo lo relacionado con el diseño y lo gráfico es complicado para mí, así que cuando requiero algo contrato a un especialista. También, a la hora de montar una campaña publicitaria en las redes sociales, una tarea que conozco, pero de la que no soy especialista. O, inclusive, a un copywriter o ghostwriter que me ayude a generar los contenidos para nutrir a mi audiencia.

No son gastos, sino inversiones: si no destinara ese dinero a pagar ese aprendizaje y esos productos o servicios, el avance de mi negocio (que es mi vida) sería lento. Y lo más probable es que me habría estancado hace rato, mis energías se habrían consumido hace rato y, como lo han hecho muchas personas que he conocido en estos años, habría tirado la toalla hace rato.

Lo que estas personas adictas a lo gratuito y, al tiempo, reacias a invertir en sí mismas no entienden es que cada centavo que pagas por conocimiento, asesoría, acompañamiento o recursos (herramientas y servicios) regresa a ti multiplicado. ¿Lo sabías? Es el círculo virtuoso de la vida, que te recompensa cada centavo, cada acción que realizas con el fin de ayudar a otras personas.

Desde el momento en que descubrí el propósito de mi vida, me di cuenta del valor de cada una de esas inversiones. Entendí que cada uno de esos centavos es parte de un tesoro que amaso: aquel de compartir mi conocimiento y experiencias, el de transmitir el aprendizaje de mis errores, con la intención de inspirar a otros a cristalizar sus sueños y de ayudarlos para que no repitan mis equivocaciones.

No soy perfecto (gracias a Dios) y hace mucho les perdí el respeto y el miedo a los errores. Aprendí a valorarlos, en especial cuando me di cuenta de que, sumados a cada centavo que invertí en mí, en mi desarrollo personal y profesional, son una semilla que crece, se multiplica y regresa a mí en forma de múltiples bendiciones. Es el círculo virtuoso de la vida,  la otra cara de la moneda de la autoestima inflada.


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