No hay dolor más grande para el ser humano que ese de separarse de aquellos con quienes lo unen lazos de sangre. Es algo muy difícil de explicar, sobre todo, cuando el involucrado es un pequeño niño que perdió a su padre cinco meses antes de nacer y que, poco después, debe alejarse de su madre, incapaz de darle un sostenimiento adecuado.

Este podría ser el argumento de una película de drama que, seguramente, alcanzaría el éxito en las taquillas, después de conmover las fibras más íntimas de corazón de los espectadores. Sin embargo, es una historia de la vida real, una cuyo protagonista se llama Leonardo Del Vecchio, un empresario del que podemos aprender grandes lecciones.

Nació el 22 de mayo de 1935 en momentos en que la vida no era fácil en Europa. Aún estaban vigentes los efectos de la Primera Guerra Mundial y ya se vislumbraba una amenaza desde Alemania, donde acababa de asumir el poder Adolfo Hitler, con su totalitarista y autócrata ideología nazi. Eran épocas convulsionadas, de incertidumbre.

Leonardo era el menor de cuatro hermanos en un humilde hogar de precarias condiciones que a comienzos de ese año sufrió un golpe irreparable: la muerte de su padre. Durante un tiempo, entonces, su madre intentó hacerse cargo de sus hijos, pero la realidad fue implacable y la llevó a tomar la única decisión que una madre desea: separarse de ellos.

Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Leonardo Del Vecchio viola II Guerra Mundial recluido en un orfanato.

Los entregó a un orfanato, a sabiendas de que allí tendrían lo básico, eso que ella no era capaz de proveerles, especialmente el alimento y la educación. Leonardo creció allí mientras afuera se libraba una guerra inclemente, con Italia alineada primero con Alemania, de la mano de Benito Mussollini, y luego de lado de los aliados.

Concluido el conflicto bélico y con 15 años, Leonardo comienza a buscarse un sustento. Lo hace como aprendiz en Johnson, una fábrica de tallado de copas y medallas. Al descubrir que el joven poseía talento, el dueño lo apoyó para que se inscribiera en la Academia de Brera, donde en horario nocturno cursó estudios de diseño y grabado.

Ese fue el paso inicial de una trayectoria que, años más tarde, lo convertiría en el número uno del mercado. Más que el aprendizaje, esa experiencia le indicó cuál sería el camino que tomaría en la vida: allí se fabricaban monturas para gafas, una especialidad de la que se enamoró. Tardó varios años y quemó etapas, sin embargo, antes de ser empresario.


Cuando Luxottica adquirió Ray-Ban, las gafas eran de calidad deficiente y se
vendían en gasolineras por 19 dólares. Hoy, después de que el producto se
transformó en uno de alta calidad, el modelo básico cuesta unos 129 dólares.


Primero se trasladó a Trentino, donde trabajó como obrero en una fábrica de grabados de metal, una actividad que terminó de perfilar su vocación. Luego, en 1958, se afincó en Agordo, en la provincia de Belluno, donde dio el gran salto: abrió una pequeña tienda de monturas para gafas. Allí, en la frontera con Austria, está el corazón de la industria óptica.

Tres años más tarde, en 1961, el pequeño taller se transforma en SAS Luxottica, que marca un antes y un después en el mercado de las gafas. Inicialmente, la empresa produce para terceros, pero en 1967 da un paso trascendental: se lanza a competir en el mercado con una marca propia, inicialmente solo ofreciendo los marcos de las monturas.

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La adquisición de Ray-Ban le permitió ingresar al mercado de los Estados Unidos.

La calidad de los productos, reflejada en la calidad de los materiales y en la innovación de los diseños, le permite ganarse la elección de los clientes y Luxottica, rápidamente, se convierte en una empresa reconocida en Italia. Ya en 1971, gracias al éxito acreditado, deja de producir para otros y se lanza a fabricar y comercializar sus propias gafas.

El siguiente paso era la internacionalización. Para evitar un fracaso, en 1974 compró Scarone, una empresa distribuidora, y se aventuró en el mercado de Europa. Los resultados fueron tan positivos, que en 1981 estableció en Alemania su primera filial, el punto de partida para llegar a otros puntos, más allá del Viejo Continente.

Ese mismo año, Luxottica adquirió un crédito que le permitió hacerse con el mando de Avantgarde, una fábrica que le sirvió como trampolín en el mercado de Estados Unidos. Un año más tarde, ya contaba con 4 fábricas y 4.500 empleados. Fruto de una estrategia inteligente y organizada, la marca se convirtió en la número uno de Europa y América.

La expansión

Esa política de adquisiciones y fusiones, que para algunos sobrepasa la raya de las leyes antimonopolio empresarial, fueron la base sobre la que Luxottica se consolidó como la mayor fábrica de gafas del planeta. Actualmente, la empresa ofrece dos tipos de producto: las gafas de sol (deportivas) y las formuladas. Las fabrica y las distribuye.

Bajo la sombrilla de Luxottica están marcas como Oakley, Ray-Ban, Persol, Vogue Eyewear, K&L y Oliver People, entre otras. Además, produce monturas para marcas como Armani, Bvlgari, Chanel, Dolce & Gabbana, Polo Ralph Lauren, Tiffany & Co. y Versace. Se estima que posee más de 7.000 tiendas que emplean a unos 80.000 trabajadores.

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El 80% del mercado mundial de gafas deportivas y formuladas es de Luxottica.

En mayo de 2011, con motivo de la celebración de las Bodas de Oro de la compañía, Del Vecchio sorprendió a todo el mundo con una medida poco habitual. Repartió 10 millones de dólares, representados en 350.000 acciones, entre sus empleados. “Hemos querido agradecer a las personas por el trabajo y la pasión mostradas estos años”, explicó.

De acuerdo con la prestigiosa revista Forbes, Leonardo Del Vecchio es el segundo hombre más rico de Italia (superado únicamente por Maria Franca Fissolo, de Nutella) y el número 50 del mundo. Su fortuna está calculada en unos 20.000 millones de dólares, una cifra nada despreciable para quien pasó su niñez en un orfelinato y se hizo a pulso.

El caso de Del Vecchio nos demuestra que no se necesita nacer en cuna de oro o acreditar títulos, posgrados o maestrías para triunfar en el mundo de los negocios. Solo se requiere una dosis de rebeldía para negarse a aceptar ese ambiente hostil y mucha determinación y trabajo para salir de allí y fabricar (no esperar) las oportunidades de éxito.

Quizás por capricho de la vida, la misma que lo había castigado con la prematura muerte de su padre y el abandono de su madre, Del Vecchio descubrió cuál era su talento y lo alineó con su pasión. El resto fue trabajar muy duro, innovar en un mercado guiado por lo tradicional y atreverse a ejecutar acciones que sus competidores prefirieron no asumir.

Con Luxottica, este octogenario empresario nos demuestra el valor del proceso en los negocios. Paso a paso, sin acelerarse, quemó las etapas, acumuló los aprendizajes y solo cuando entendió que estaba consolidado dio el siguiente paso. Estableció alianzas, realizó adquisiciones, exploró otros mercados y gestó un emporio que es un modelo de negocio.

Según la revista Forbes el 80 por ciento de las marcas de lujo en el mercado mundial de las gafas está controlado por Luxottica. Y hablamos de un mercado estimado en casi 30.000 millones de dólares. Por eso, lo más seguro es que esas gafas que luces cuando sales a tomar el sol, seguramente fueron fabricadas por este emprendedor empírico.


 

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