Estoy seguro de que, junto con la pérdida de un ser querido (familiar, amigo, mascota), la experiencia de ser despedido de un empleo es una de las peores a las que se enfrenta el ser humano. Justificado o no, un despido es un episodio traumático que, para colmo, el común de los terrestres convierte un lunar de su vida.

El común de los terrestres, pero Walter Elias Disney no era uno de ellos. De hecho, es uno de los creativos del arte más reconocidos de la historia, al punto que poco más de medio siglo de su muerte (16 de diciembre de 1966) su legado sigue vigente y nuevas generaciones crecen disfrutando las fantasías inspiradas en la fantasía del pionero.

Lo irónico de este caso es que Walt Disney, de cuya mente prodigiosa surgieron personajes como Mickey Mouse, Peter Pan, Blanca Nieves y los siete enanitos, la Cenicienta, el Pato Donald, Pinocho, Aladino y el Rey León, entre muchos otros, fue despedido de su trabajo por la razón más inesperada: ¡falta de creatividad!

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Desde muy joven, Walt Disney descubrió la pasión por el dibujo. Esa habilidad lo inmortalizó.

Nació en Chicago (Illinois) el 5 de diciembre de 1901 en el hogar de Elias Disney, un carpintero de profesión, y Flora, una maestra de ancestros alemanes. Fue el cuarto de cinco hijos y nunca tuvo una buena relación con su padre, de ahí que sus más fuertes vínculos familiares los estableciera con su madre y con Roy, su hermano 8 años mayor.

No fue fácil la infancia, porque el viejo Elias nunca le encontró la vuelta a la maltrecha economía familiar. Uno de los tantos intentos que realizó lo llevó a Marceline (Misuri), un pueblito en el que abrió una granja que marcó honda huella en la vida del pequeño Walt: conoció la naturaleza y los animales, su principal fuente de inspiración.

Allí también surgió su interés por el dibujo, una afición que compartió con Ruth, su hermana menor. Papá Elias, sin embargo, contrajo tifoidea y se vio obligado a vender la granja y trasladarse con la familia a Kansas City. Allí trabajó como repartidor de periódicos, acompañado de Roy y Walt. Otro guiño del destino.

A pesar de las precarias condiciones económicas, Walt pulió su talento artístico en el Instituto de Arte de Kansas City. Aprendió la técnica del dibujo, que a la larga sería la llave de la puerta que lo condujo a la inmortalidad. Por esos años, además, conoció otro invento que luego se transformó en una pasión: el cine, una industria en ciernes.

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El cine fue otra pasión que impulsó la vida y la obra de Walt Disney. Lo enriqueció con su magia.

Aunque intentó enrolarse en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial, no fue admitido por ser menor de edad. Terco, falsificó su partida de nacimiento y logró entrar a la Cruz Roja, pero llegó a Europa cuando el conflicto ya había cesado y solo estuvo como apoyo a los sobrevivientes en Francia y Alemania, durante dos años.

De regreso a Estados Unidos, intentó cristalizar el sueño de ser un artista reconocido en las páginas del Kansas City Star, el periódico que ayudaba a repartir a su padre. Logró el empleo, pero después fue despedido por “ausencia de creatividad”. Lejos de amilanarse, continuó su brega y entró a Pesmen-Rubin Commercial Art Studio, una agencia de publicidad.

Más allá de la experiencia laboral, lo significativo fue que bajo ese techo conoció a Ubbe Iwerks, un talentoso dibujante que se convirtió en su principal aliado, en su socio. Cuando Walt fue despedido, instó a su compañero a probar suerte: fundaron la Iwerks-Disney Commercial Artists, una empresa de vida efímera: apenas duró un mes.

Te caes, te levantas, te caes…

Tras ese nuevo tropiezo, Walt se desplazó a Hollywood (California), con la ilusión de convertirse en director y productor. Como nadie lo conocía y tampoco tenía trabajos que acreditaran su experiencia, nadie lo contrató. Dio media vuelta, volvió a casa y se unió con Roy para fundar Disney Brothers Studio, un experimento que le dejó grandes enseñanzas.

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‘Blancanieves y los 7 enanitos’ fue su primer largometraje, en 1937. Una revolución en el cine.

Si bien aún había estrechez económica, pudo contratar a su amigo Iwerks, una jugada que resultó ganadora: él se encargó de las animaciones y Walt pudo dedicarse a lo que en verdad lo apasionaba, es decir, la creación de personajes, la escritura de los argumentos y la dirección. Sin embargo, otras dificultades se interpusieron en su camino.

La principal fue cuando Universal Studios lo contrató para crear al conejo Oswald, su primera creación exitosa. En el momento que Walt quiso renegociar el contrato, supo que su patrón había patentado al personaje y se quedó con los derechos. Un duro golpe del que cualquiera otro no se hubiera levantado, pero Walt Disney lo hizo. Y vaya que lo hizo.

Confiado de que iba por el camino correcto, creó a Mortimer, un coqueto y travieso ratoncito que poco tiempo después, por sugerencia de su esposa Lillian Bounds, rebautizó como Mickey. Los astros, por fin, se habían confabulado a su favor y encontró recompensa a su perseverancia y tesón: se abrió la puerta de la fortuna y el reconocimiento.

En octubre de 1928, cuando buscaba un distribuidor para las dos películas que había producido con Mickey como protagonista, apareció el cine sonoro. Dada la fuerza que tenía en cine mudo, con personajes icónicos como Charles Chaplin, muchos pensaron que iba a ser una moda pasajera, algo efímero. Walt no fue uno de ellos.

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El coqueto ratoncito Mickey fue su primer éxito. A partir de ahí, todo fue alegría para Walt Disney.

Visionario como pocos, se apresuró a producir una tercera película y en ella incluyó las voces de Mickey y su novia Minnie. Willie en el barco de vapor se estrenó el 18 de noviembre de ese año en un teatro de Nueva York y, contra todo pronóstico, alcanzó el éxito rotundo: el público y la crítica la aclamaron, y ya nadie se olvidó de Walt Disney.

Ese fue el comienzo de la otra historia, de la historia feliz, de logros increíbles y creaciones maravillosas que deleitan a generaciones desde hace décadas. Luego se arriesgó con los largometrajes y, de nuevo, le sonó la flauta: en 1937 estrenó Blancanieves y los siete enanitos. En esa cinta innovó con la cámara multiplano y un nuevo sistema tecnicolor.

Nació en un hogar humilde como muchos, con duras privaciones materiales, pero esa no fue una limitación para Walt Disney. Probó en varios empleos como muchos, pero no alcanzó éxito y notoriedad hasta que los alió con su pasión. Fracasó en múltiples ocasiones y sufrió varios rechazos como muchos, pero jamás cedió y nunca se rindió.

Cuando lo despidieron del Kansas City Star, transformó ese suceso en una oportunidad. Y así lo hizo cada vez que fracasó, hasta que tuvo éxito. En 1996, treinta años después de su muerte, la compañía que él fundo adquirió la cadena ABC, propietaria del diario de Misuri. Fue, entonces, cuando caprichosamente la historia volvió a su punto de partida.


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