En los últimos tiempos, en especial por cuenta de la creencia de que las redes sociales son la panacea, el ejercicio del oficio del emprendedor se ha convertido en una especie de reality. Sí, uno de tantos shows mediáticos en los que las personas hacen lo que sea necesario, literalmente, para llamar la atención, primero; ganarse el favor de la audiencia, después, y obtener el premio, después.

En ese proceso, adoptan una fachada impostada para proyectar una perfección que, por supuesto, ellos mismos saben que no existe. Y se venden como el nuevo objeto brillante del mercado, como la solución a los problemas de todos, como la celebridad de la red. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que la máscara se les caiga y quede al descubierto su realidad, su triste realidad.

Son personajes que, dado que se creen populares, se te aparecen hasta en la sopa: abres tu cuenta de correo electrónico y tienes varios emails de ellos; entras a Facebook y comienzas a ver sus avisos; te das una vuelta por Instagram y ocurre lo mismo y, por si esto fuera poco, hasta en las páginas de los medios de comunicación que consultas habitualmente aparecen por doquier.

Son una epidemia, la epidemia de la infoxicación. Nunca te aportan nada, pero están ahí, omnipresentes, omnicanales. ¡Una pesadilla! Por fortuna, el mercado, esa parte del mercado que odia este comportamiento intrusivo, que odia a los vendehúmo, rápidamente los bloquea, lo saca de circulación. Vuelven a aparecer tiempo después, porque se trata de una plaga recurrente.

Ese, por supuesto, es el modelo de marketing que claramente NO debes seguir, que NO debes modelar, que NO debes replicar en tu negocio. Esa, por supuesto, es la otra cara de la moneda. De un lado estamos los que nos guiamos por un propósito, por el genuino deseo de servicio, por la intención de ayudar, no la de vender; del otro, aquella especie de los personajes mediáticos.

El mensaje es claro: no necesitas ser un payaso (con el debido respeto para quienes ejercen este noble oficio de hacernos reír), no necesitas ser un agente omnipresente e intrusivo, no necesitas mostrarte como un tipo simpático cuando en realidad eres agrio, obsesivo y ambicioso. De hecho, este es un comportamiento equivocado porque va en contravía de lo que quiere el mercado.

¿Y qué quiere el mercado? Primero, personas auténticas, guiadas por propósitos honestos y que en realidad quieren ayudar a otros a transformar su vida. Segundo, líderes, no expertos, capaces de llevarlos de la mano en este difícil camino hasta donde están sus sueños. Tercero, agentes de transformación que los inspiren y que, de manera especial, que sean transparentes y auténticos.

Cuando decides convertirte en un emprendedor, la primera tarea que debes realizar es la de definir quién eres, qué haces y a quién puedes ayudar. Esto es necesario completarlo mucho antes de pensar en un producto o servicio, en una estrategia, en una página web, en vender. La razón es muy sencilla, pero, también, muy poderosa: el mercado no compra tu producto, te compra a ti.

¿Habías escuchado esto? En el pasado, en el siglo pasado, las personas compraban productos o servicios. Dado que no había mucho de dónde elegir (a veces, no se podía elegir), siempre iban al mismo lugar al comprar el mismo producto. Y así se transmitía de generación en generación y, por eso, se hablaba de clientes para toda la vida. Hoy, te lo aseguro, esa especie se extinguió.

El ecosistema de los negocios, especialmente en lo digital, es habitado por múltiples especies, variadas y diversas. Y, además, hay mil y un productos/servicios como el tuyo, muchos de ellos mejores. Hay mil y una opciones que, por distintas razones, son mejores para el mercado. Hay millones de personas que nunca sabrán de ti, a las que, por más que lo intentes, no podrás ayudarlas.

Y está bien, no te preocupes, está bien porque así funciona el mercado para todo el mundo, para todos los que hacemos negocios dentro o fuera de internet. No puedes creer que tu producto es perfecto o que es para todo el mundo o que cualquiera lo va a comprar. Si eso es lo que piensas, te prevengo: no la pasarás bien, no obtendrás los resultados que esperas y tendrás que cambiar.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Ser auténtico, ser tú mismo, es lo que te hace diferente: eso es lo que el mercado quiere, lo que necesita.


Lo que tú vendes, otros lo venden. Lo que tú sabes, otros lo saben. Lo que tú prometes, otros lo prometen. La diferencia no está en lo que vendes, en tu producto o servicio, sino en ti, en tu capacidad para ayudar a otros a transformar su vida. Eres tú, no tu producto, lo que la gente compra.


Repito: el mercado no compra tu producto (o servicio), te compra a ti. Tú tienes que ser único, tú tienes que ser una propuesta de valor irresistible, tú tienes que ser auténtico y diferente, tú tienes que encarnar esa oferta que el mercado elija una y otra vez, que compre una y otra vez. Eso, por supuesto, no significa para nada irte al extremo de creer que tu negocio es un reality show.

¿Qué debes hacer para que el mercado te compre a ti? Veamos:

1.- Tu origen (tu camino), el punto de partida. Tu historia, créeme, es muy poderosa si la sabes transmitir. No para alimentar tu ego, no para referir tus títulos y no para vanagloriarte por los seguidores que tienes en redes sociales, no para revelar cuánto dinero tienes en la cuenta del banco. No, para nada de eso. De lo que se trata es de que te perciban como un ser humano.

¿Sabes a qué me refiero? Las dificultades por las que pasaste, los obstáculos que superaste, los cambios que realizaste en tu vida, las experiencias que viviste y, sobre todo, las lecciones que aprendiste. ¿Por qué? Porque ellas encierran el secreto de la solución que busca el mercado. Si esas personas saben que ya ayudaste a que otras se transformaran, no dudarán en elegirte.

2.- No eres perfecto (nadie lo es). La primera característica de los vendehúmo, esos personajes a los que el mercado desprecia, es creer que pueden vender la imagen de perfección. Que tienen el negocio más rentable, el mejor auto, el reloj más lujoso, la ropa más fina, la familia ideal; que son felices al ciento por ciento, que no se equivocan nunca y que son el modelo que debemos seguir.

Por supuesto, es una gran mentira. El mercado te elegirá a ti, mil y una veces, en la medida en que vea que eres una persona común y corriente, con virtudes y defectos. Una persona que fracasó y se levantó, que cometió errores y los corrigió, que cayó una y otra vez y ahora vuela alto. Si el mercado te percibe auténtico, te brindará su confianza y creerá en ti, creerá tu mensaje.

3.- Sé un líder (no un experto). Un líder enseña a través del ejemplo y les señala a sus discípulos las opciones que pueden elegir, mientras que a un experto solo le interesa que lo sigan a él. Un líder practicar el arte de la escucha activa y no brinda instrucciones, sino oportunidades, mientras que un experto repite sin cesar un libreto que en la realidad les corta las alas a sus seguidores.

Un líder no teme que sus discípulos conozcan sus debilidades porque se apalanca en sus fortalezas y en su capacidad de aprendizaje continuo, mientras que un experto cree que ya se las sabe todas y que nadie le puede llevar la contraria. Un líder no busca reconocimiento, ni figuración mediática, porque su recompensa es el éxito y la felicidad de sus discípulo, mientras que a un experto lo impulsa el ego.

Antes de pensar en qué producto o servicio le vas a ofrecer al mercado, antes de diseñar una estrategia, antes de lanzar una página web, antes de intentar vender, construye esa propuesta única de valor que atraerá a los clientes correctos y hará que el mercado te compre a ti, a la persona valiosa e inspiradora, y no a un producto o servicio que quizás nunca vaya a utilizar.

Moraleja: tú eres el activo más valioso de tu negocio. Conocerte bien, establecer el propósito de tu vida, determinar cuál es tu misión en este mundo y emplear cada minuto de tu vida para cumplir con esta tarea es lo que hará que el mercado te compre a ti. No es tu producto o servicio lo que la gente quiere: lo que anhela y necesita es tu mensaje, tus enseñanzas, tu poder de transformación.


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