Dudo mucho que el grupo de humoristas ingleses Monty Python estuviesen pensando en mensajes de e-mails no solicitados (spam) cuando, hace ya unos cuantos años, rodaron un “gag”que tenía como protagonista una conocida marca de carne enlatada llamada: “SPAM“. El caso es que el personaje en cuestión no paraba de gritar la dichosa palabreja de forma que molestaba a todos los que estaban a su alrededor.

Algunos años después, alguien se acordó de esta “gag” para designar una práctica que acababa de nacer y que resultaba extraordinariamente molesta para todos los que la sufrían: el envío masivo de correo electrónico no solicitado, también llamado “correo basura”. Y desde entonces, también “spam“.

En cierto modo el caso es el mismo: el emisor no hace más que enviar mensajes (spam) a personas que no están interesadas en ellos, provocándoles un sentimiento de irritación al ver violada su privacidad. La pregunta es: ¿por qué tenemos ese sentimiento tan hostil hacia el spam cuando estamos acostumbrados a encontrarnos el buzón de nuestro domicilio lleno de panfletos publicitarios y cosas que no nos interesan?

No vamos a entrar a valorar si el envío masivo de publicidad por medios tradicionales es o no efectivo, ni siquiera ético, pero no tenemos constancia de que ninguna empresa haya sido bombarbeada a llamadas, e-mails, o incluso demandada en un intento de bloquear su actividad por hacer una campaña publicitaria de este estilo. Sin embargo, en Internet esto pasa todos los días.

A pesar de conocer los aspectos negativos del spam, todavía sigue habiendo empresas que hacen spam de forma generalizada, empresas que viven a medias entre la legalidad y la ilegalidad, dedicadas a la compra-venta de bases de datos de direcciones e-mail de personas que, supuestamente, desean recibir publicidad. Una actividad (comerciar con datos personales) que, en España y en muchos otros países, está fuertemente sancionada por la las leyes.

Podríamos afirmar que existen cuatro razones por las que el spam es una actividad negativa para quien la realiza:

1) La mayoría de los proveedores de bases de datos con las que se realiza el spam proclaman que las direcciones han sido obtenidas por el método “opt-in” (inscripción voluntaria de los interesados), intentando convencernos de que los destinatarios han dado su consentimiento para recibir los mensajes publicitarios. Sin embargo, en la mayoría de los casos esto no es cierto. Las direcciones e-mail son robadas de mensajes existentes en grupos de noticias o de sitios web mediante programas automatizados que los rastrean para luego ser vendidas y revendidas mil veces por esos personajes. Si el inexperto comprador entra en el juego, se puede ver involucrado en problemas con su proveedor de Internet por practicar el spam y, consecuentemente, se expone a sufrir pérdidas económicas y, lo más importante, a que le corten el servicio de su web y su correo electrónico. Algo que cada día está sucediendo con más frecuencia.

2) La mayoría de quienes practican el spam son gente sin escrúpulos. Suelen cambiar a menudo de ISP, esconden su identidad y su domicilio físico, y tienen causas pendientes en los tribunales por sus dudosas prácticas comerciales. ¿No querrás que piensen que tú eres uno de ellos?

3) El spam ralentiza toda la red y provoca un incremento en los costes de conexión para todos los usuarios de Internet. No es una simple cuestión de borrar los mensajes que no deseamos. Esa es una visión individual del spam, pero el spam es un problema global. Internet es una red global, y el spam afecta a todos los usuarios en un nivel u otro, desde el emisor del spam hasta los destinatarios finales. Mucho tiempo, dinero y recursos son empleados diariamente en interceptar y prevenir este tipo de prácticas. Sumando todas estas consecuencias, el resultado es un coste mayor para todos los usuarios, que somos quienes soportamos los costes de seguridad de los proveedores de acceso.

4) Finalmente, para el spammer o persona que realiza el spam, esta es una señal inequívoca de su falta de legitimidad, ya que se sirve de una práctica ampliamente desacreditada para distribuir su publicidad.

Pero todavía hay otra razón más para no hacer spam, especialmente para las empresas españolas. Desde octubre de 2002 está en vigor en España la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico (LSSI-CE), que prohibe terminantemente enviar mensajes comerciales o publicitarios sin contar con la previa y expresa autorización de los destinatarios. El incumplimiento de esta obligación legal puede suponer sanciones económicas de hasta 600.000 euros.

Por todas estas razones no es recomendable usar el spam como estrategia publicitaria. Es mucho más eficaz, aunque más lento, lograr una lista de direcciones e-mail por méritos propios de gente que realmente esté interesada en lo que le podemos proporcionar. De otra forma, no solo crearás una imagen negativa de tu empresa, sino que las direcciones e-mail que hayas comprado no tienen por qué coincidir con tu público-objetivo. De hecho, es más que posible que no coincidan en absoluto.

Por último, permíteme ilustrar todas estas consecuencias negativas con un ejemplo real ocurrido en Estados Unidos. Un empresario contrató una cantidad determinada de direcciones e-mail de gente supuestamente “interesada en recibir información relacionada con su producto”, y en su mensaje, enviado de forma masiva, incluyó un número de teléfono de llamada gratuita. ¿Adivinas qué sucedió? Pues que su campaña de spam le salió carísima. El telefono gratuito estuvo desbordado de llamadas durante varios días, pero no de posibles clientes sino de gente furiosa quejándose por la intromisión que suponían aquellos mensajes.

El empresario tuvo que desconectar el teléfono gratuito, no sin antes pagar una factura de 1.500 dólares, que sumados a los 800 dólares que le pagó al proveedor de las direcciones e-mail totalizan un gasto de 2.300 dólares. Eso sin contar con el desprestigio que esta situación supuso para su empresa. ¿Y sabes cuantas ventas consiguió? NINGUNA.

Puedes juzgar por ti mismo.

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