Cuando sonó el teléfono, pensé que sería una llamada más, una de tantas que he recibido en estos días de clientes y amigos preocupados por la crisis y, en especial, por el impacto que esta puede acarrear para su negocio y su vida. Sin embargo, bastaron unos cuantos segundos para darme cuenta de que esa iba a ser una conversación distinta que provocó las reflexiones que comparto a continuación.

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Del otro lado de la línea estaba ‘Patricio’ (su nombre real lo mantengo en reserva por respeto), un cliente de hace ya algunos años. Vive en un país de Suramérica en el que los estragos por la epidemia se han sentido con particular rigor. “Mi vida se derrumbó, Álvaro”, fue lo primero que me dijo, con voz entrecortada y evidente desespero. “¿Qué voy a hacer, Álvaro, qué voy a hacer?”, preguntó.

Desde hace dos años, ‘Patricio’ le dio un vuelco a su vida. Durante casi 35 estuvo en un empleo formal, como arquitecto en una empresa de construcción. Un tiempo en el que pudo formar su familia y sacar adelante a sus dos hijos, que están a punto de convertirse en profesionales. Sin embargo, hace poco más de un año, en una de las tantas crisis del sector, fue despedido.

“En ese momento, la verdad, no me preocupé. Más bien, lo agradecí porque ya estaba cansado, porque hacía rato que ese trabajo no me aportaba nada y porque estaba convencido de que mi vida necesitaba un cambio radical, me contó. El dinero que le dieron a cambio de tantos años de servicio le garantizaba la educación de sus hijos y pensar en un futuro distinto para su familia.

“En algún momento, pensé que ya no iba a volver a trabajar y me dejé llevar por algunas personas que decían ser mis amigos, pero que a la hora de la verdad me hicieron mucho daño”, relató. Se involucró como inversionista en negocios que no cristalizaron y perdió buena parte del dinero de toda la vida. Y, para rematar, llegó este caos del coronavirus, el confinamiento y la incertidumbre.

En el encierro, el pesimismo lo embargó y los pensamientos negativos se apoderaron de su mente. “Ya no soporto más, Álvaro, no lo soporto”, afirmó con dejo de desespero. Siempre creí que cuando me retirara iba a disfrutar la vida, que iba a ser muy feliz, pero la realidad es justo lo contrario. A mi edad, ¿en dónde me van a contratar? ¿Qué voy a hacer, Álvaro?”, agregó.

Lo dejé desahogarse durante más de 20 minutos y solo escuché quejas y lamentos. No se percibían sueños o ilusiones, como si la vida se fuera a acabar, como si ya no hubiera una esperanza. Cuando terminó, le formulé estas preguntas: “cuando termine esta crisis del COVID-19 y podamos hacer otra vez una vida sin restricciones, ¿a qué te gustaría dedicarte? ¿Cuál es el sueño de tu vida?”.

“El sueño de mi vida siempre fue abrir un restaurante”, me confesó en voz baja, como si sintiera vergüenza. Desde que era niño le gustó cocinar y tuvo a la mejor maestra: la abuela Sofía, que “cocinaba como los dioses”, según decía la familia. Era el dueño de la cocina los fines de semana, en las ocasiones especiales como los cumpleaños de sus hijos o durante las vacaciones.

Las comidas italiana y mediterránea eran su especialidad desde que vivió en ese país. Tras concluir la universidad, viajó a Florencia para especializarse en Bellas Artes. Fueron dos años en los que aprendió los secretos de la gastronomía de la región. Al regresar, quiso abrir un restaurante, pero la presión de la familia lo hizo desistir: “no estudiaste en Italia para venir a lavar loza”, le decían.

Aceptó a regañadientes. Luego, la vida lo llevó por otros caminos: consiguió un buen empleo, se casó y guardó ese anhelo en el baúl de los recuerdos, de los sueños aplazados. Solo ahora volvió a pensar en esa idea, pero el miedo y la incertidumbre lo tienen paralizado. “Nada me haría más feliz que tener mi propio restaurante. Hasta le tengo el nombre: Mediterráneo”, dijo entusiasmado.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Desde que comenzó a trabajar en su proyecto, ‘Patricio’ ve el futuro con esperanza.


El peor error que podríamos cometer, como sociedad o como individuos, sería volver a la rutina de antes como si nada hubiera ocurrido, haciendo caso omiso de los valiosos mensajes que nos envía la vida. La historia de ‘Patricio’, cliente y amigo, quizás te ayude a reflexionar.


“Si eso es lo que te apasiona, hazle caso a tu corazón. No hay mejor consejero”, le respondí. Desde que comenzamos a trabajar en el proyecto, en la formulación de su negocio, ‘Patricio’ es otro: se levanta temprano, investiga en internet, lee libros y le echa cifras al negocio que, anhela, lo haga feliz el resto de su vida. Ya no le importa el encierro, porque puede concentrarse y producir más.

En situaciones como la actual, en medio de una crisis que nos golpeó a todos muy duro, que provocó un drástico cambio de la cotidianidad a la que estábamos acostumbrados, es fácil caer presa del pesimismo, de la desesperanza. Y más cuando, como en el caso de ‘Patricio’, cargas con un lastre de tiempo atrás. Sin embargo, no puedes dejar que las circunstancias te arrastren más.

Todos, absolutamente todos, en algún momento de la vida nos sentimos desorientados, no sabemos qué hacer y perdemos la autoestima. Y si a eso le sumamos el entorno caótico, el pánico generalizado y la histeria colectiva que reinan por estos días, es el acabose. Lamentablemente, muchos se dejan arrastrar por esa corriente y terminan hundidos en un profundo y oscuro hoyo.

Algunas personas han aprovechado este encierro para cuestionarse, para intentar darle un rumbo distinto a su vida una vez volvamos a la normalidad. Son personas agobiadas por una realidad que no las hace felices, inmersas en trabajos que odian, unidas a parejas a las que ya no aman, que cargan pesadas culpas y resentimientos porque nunca le hicieron caso a la sabiduría del corazón.

Entonces, permitieron que otros diseñaran su vida, que otros decidieran por ellos, y se resignaron a trabajar para cumplir los sueños de otros, sacrificarse para que otros fueran felices. ‘Patricio’ es una de esas personas, pero ya abrió su mente y entendió que sí hay luz al final del túnel. Quiere dedicar el resto de su vida a preparar los platillos que tanto le gustan y a servir a sus clientes.

A pesar de lo incómoda y dolorosa que es esta situación actual, nos brinda la oportunidad de hacer un análisis de nuestra vida, de reconectarnos con lo esencial, de volver a los hábitos simples. El peor error que podríamos cometer, como sociedad o como individuos, sería volver a la rutina de antes como si nada hubiera ocurrido, haciendo caso omiso de los valiosos mensajes que nos envía la vida.

En medio del desespero, ‘Patricio’ se había llenado la cabeza con pensamientos negativos. Por fortuna, después de la conversación que sostuvimos entendió que todavía es mucho lo que puede aportarle a la sociedad, que son muchos los sueños que puede cumplir. Dejó los lazos que lo ataban al pasado y se concentró en el presente, con la intención de construir un futuro positivo.

¿Esa de antes es la vida que te hace feliz? ¿Aquello a lo que te dedicas es lo que te gustaría hacer el resto de tus días? ¿Te motiva hacerlo cada día o lo haces por costumbre u obligación? ¿En tu interior, en tu corazón, hay una vocecita que te invita a cambiar tu vida, que te impulsa a darle un giro radical a tu existencia? ¿No crees que es el momento de ser el protagonista de tu historia?

No es que la vida que teníamos antes de la crisis esté mal, que debamos reinventarnos. Se trata, simplemente, de cuestionarnos, de reflexionar para descubrir si es la vida que deseamos, para evitar desperdiciar lo más valioso que poseemos: el tiempo. Recuerda: nada, incluida esta crisis, sucede por casualidad. En cambio, la felicidad, el éxito y la abundancia son fruto de la causalidad.