Soy padre de dos niñas maravillosas, que cada día suponen un reto a veces indescifrable. Estos niños del siglo XXI vienen con una configuración muy distinta a la nuestra, a la de generaciones anteriores. Y no solo por esa innata capacidad para conectarse automáticamente a lo digital, sino porque tienen una visión diferente del mundo.

Y ese diferente significa que todo el tiempo nos tienen en jaque a los padres. Además, seguramente lo sabes, soy sicólogo de profesión. Eso, sin duda, es como un cajón de herramientas útiles que de cuando en cuando me sirven para solucionar algún problema, para encontrar la salida a alguno de los acertijos que me plantea la crianza de las niñas.

Y también me da una perspectiva más amplia de la vida, puedo percibir situaciones y circunstancias que para el común de las personas pasan inadvertidas. Una de ellas es el modelo de crianza de los hijos, que a mi juicio es la raíz de muchos de los problemas que enfrentan la juventud y los padres en el mundo actual.

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Los niños del siglo XXI vienen con una configuración distinta y requieren una educación distinta.

Procuro ser muy respetuoso de la forma en que otros padres educan a sus hijos, porque entiendo que cada familia es un universo único. Después de conocer algunos de ellos, de analizarlos desde mi experiencia, casi siempre saco la misma conclusión: ¡No quiere educar a mis hijas bajo esos preceptos, en ese modelo!

¿Cuál es el problema? La premisa es la sobreprotección. Si tú eres padre, te invito a que, con la mano en el corazón, y antes de sentirte molesto, te cuestiones acerca de esta realidad. Estoy prácticamente seguro de que vas a reconocer que sí, que eres un padre sobreprotector, y de que me darás mil y un argumentos que sustenten esa conducta.

Y está bien: es tu elección, y es respetable. Sin embargo, percibo la sobreprotección como una jaula, pesadas cadenas que impiden que esa persona se desarrolle y muestre su mejor versión. Es un ambiente en el que se cultivan los miedos, es un escenario perfecto para hábitos como inseguridad, falta de compromiso, ausencia de responsabilidades.

Me aterra, porque pienso que los niños que se educan bajo ese esquema no son felices. Con mi esposa Jenny hablamos con frecuencia de ese tema, pues obviamente tenemos diferentes concepciones y somos conscientes de que la tarea de criar a nuestras hijas solo tendrá éxito en la medida en que actuemos como un equipo.

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Cuando sales de la zona de confort, ves que hay otras personas que comparten sus sueños.

La premisa es que lo único importante es que Nichole y Laura sean felices y, sobre todo, que aprendan a ser útiles con nuestro apoyo, pero por sus propios medios. En la casa las arropamos con amor, con cariño, les damos la seguridad que necesitan, pero les exigimos, las retamos, les enseñamos a pensar por sí mismas y a tomar sus propias decisiones.

Gracias a esa configuración que traen, la respuesta que hemos recibido es fabulosa, al punto que ellas mismas se interesan en el tema y preguntan cuáles son los beneficios de este estilo de crianza. Hablar de la zona de confort con un niño no es un tema fácil, por más sicólogo que seas, porque para ellos ese confort es sinónimo de bienestar.

Beneficios increíbles

Es un escenario resbaladizo que no puedes abordar de la misma manera que lo haces con un adulto. Sin embargo, cuando mis hijas preguntan les respondo con cinco razones por las cuales no solo ellas, sino cualquier ser humano, debería preocuparse por salir lo más pronto posible de la zona de confort. Aquí las comparto contigo:

1) Serás feliz: sí, el único camino para ser feliz, tener éxito, que tus relaciones sean sólidas, duraderas y enriquecedoras, es salir de tu zona de confort. Allí estarás cómodo, pero reaccionarás de manera agresiva, cuando te veas amenazado. El camino a la felicidad comienza con ese primer paso, a sabiendas de que habrá dificultades.

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Ser feliz es una de las consecuencias de salir de la zona de confort. ¡Vale la pena!

2) Aprenderás mucho: sí, conocerás la vida con sus altas y sus bajas, con sus tristezas y alegrías, con sus responsabilidades y beneficios. Esos aprendizajes invaluables no los podrás adquirir en una universidad. Salir de tu zona de confort te hará una mejor persona porque te permitirá descubrir de cuánto eres capaz, te fortalecerás en muchos sentidos.

3) Adiós a los miedos: habitar la zona de confort es la manifestación del miedo a enfrentar la vida real, de que nos sentimos incapaces de construir una vida propia. Si sales de ahí, te sientes un superhéroe, con poderes que desconocías, y quieres comerte el mundo. Decir adiós a los miedos es empezar el fascinante proceso del desarrollo personal.

4) No estás solo: una consecuencia de habitar la zona de confort es que te quedas solo, porque nadie quiere estar con alguien que solo piensa en su provecho, que es egoísta. Salir de allí te hará descubrir el poder de las relaciones, y podrás comprobar cuán útil eres. Y algo fantástico: te permitirá mostrar tu mejor versión, por la que muchos te adorarán.

5) Irás por tus sueños: aquello de “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña” no aplica cuando estás en la zona de confort. Es decir, si no sales a buscar tus sueños, ellos no vendrán a buscarte. ¡Libérate!, sal de ahí y ve a buscar tus sueños. Pronto descubrirás que el valor de los beneficios compensa las dificultades del camino.

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Corre, ve por tus sueños. El beneficio compensará las dificultades.

Cuando tomas la decisión de ser emprendedor, de poner tu vida al servicio de los demás, necesariamente debes abandonar tu zona de confort, si es que aún estás en ella. No hacerlo es una contradicción y, además, un obstáculo que se hará insalvable en algún punto del camino y que, por supuesto, te impedirá alcanzar tus sueños.

El problema, claro está, es que no nos enseñaron cómo hacerlo, por eso no hay más remedio que probar y errar, errar y aprender. No existe libreto alguno, así que solo hay que dar el primer paso. No conozco (y estoy seguro de que tú tampoco) a nadie que haya sido feliz y exitoso en la vida o en los negocios mientras está en su zona de confort.

Yo mismo no lo fui mientras la habité y, por eso, algún día me sacudí y comencé a trabajar por mis sueños. Desde ese momento, comencé a vivir una vida distinta, camino de la felicidad. Esa, por supuesto, es la razón por la cual intento educar a mis hijas para que ojalá nunca entren a ese lugar, y te invito a que tú también lo hagas.

 

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