Estoy seguro de que, si te digo que la fórmula del éxito en los negocios del siglo XXI fue establecida a comienzos del siglo pasado, no me creerás. Y más extraño te sonará que el protagonista de la historia no es un empresario, tampoco un administrador o un multimillonario: se trata de Napoleon Hill, periodista y escritor estadounidense.

¿Un periodista dictando leyes de marketing?, te preguntarás. Sí, se antoja raro, pero así fue. En su campo, Hill es recordado como el creador de un género que hoy atrapa la atención de lectores de varias generaciones: la autoayuda. Además, fue asesor de presidentes estadounidenses como Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt.

Sin embargo, la razón por la cual su legado está vigente, por qué su nombre es conocido a pesar de que murió en 1970, es un libro llamado Piense y hágase rico. Se publicó originalmente en 1937 y alcanzó tal impacto que fue promocionado en la India por el mismísimo Mahatma Gandhi, que lo encontró inspirador para sus propósitos.

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Desde muy joven, Napoleon Hill mostró una rebeldía que más tarde le ayudó a cambiar su mundo.

Se han vendido más de diez millones de copias desde entonces. El libro surgió de las entrevistas que Hill realizó con miembros de al menos 500 de las familias más ricas de Estados Unidos, en un singular proyecto que le propuso el industrial Andrew Carnegie. Este nació en Escocia, pero en la niñez cruzó el Atlántico y se afincó en Norteamérica.

Trabajó como radiotelegrafista y en las industrias de los trenes, el petróleo y el acero. Amasó una fortuna que lo convirtió en el segundo hombre más rico de la historia (detrás de John D. Rockefeller), según la revista Forbes. Cuando se retiró, se dedicó a la filantropía y a impulsar iniciativas relacionadas con la educación e investigaciones científicas.

Ahí se cruzan los caminos con Hill. Según Carnegie, la fórmula del éxito había sido replicada por los líderes de negocios e inventores de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y podía disminuir la curva del aprendizaje tradicional de los jóvenes a la mitad. Su teoría se basaba en el poder de la mente, y consistía en que es posible atraer aquello en lo que tu mente se concentre.

“Si tu deseo es lo suficientemente grande, nada podrá detenerse en el empeño por lograr tu meta”, era el argumento de Carnegie. Para confirmar esta teoría, le propuso a Hill que trabajara para él, de manera gratuita, a cambio de que lo conectara con las familias más ricas e influyentes del país. Cualquier se hubiera negado, pero Hill se le midió al reto.

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El millonario Andrew Carnegie fue quien motivó y financió la investigación de Hill.

Y, claro, obtuvo réditos infinitamente superiores a un salario. Por supuesto, Hill desconfió de la propuesta de Carnegie y dudó de su capacidad para llevar a cabo el proyecto. “¿Qué habrá visto en mí el hombre más rico del mundo? ¿Cómo voy a entrevistar a estas personas adineradas si yo apenas dispongo de lo necesario para vivir modestamente?

El industrial ganó la pulseada y el periodista viajó rumbo a Detroit, la capital del acero, a buscar a su primer interlocutor: Henry Ford. Fueron dos décadas las que invirtió Hill en el proceso de entrevistar a los personajes que Carnegie le servía en bandeja de plata y procesar la información que finalmente se reflejó en las páginas de Piense y hágase rico.

Lo más impactante de su investigación es que estableció que la fórmula del éxito no es una poción mágica y o es algo complejo que solo mentes brillantes puedan entender. Determinó que la riqueza y el éxito en los negocios nada tienen que ver con el nivel de inteligencia, o con haber nacido en cuna de oro, o con haber heredado bienes y fortuna.

La mayoría de los personajes que entrevistó provenía de hogares promedio, sufrió dificultades en infancia y adolescencia y sorteó mil y una dificultades antes de que la vida le sonriera. Varios paradigmas derrumbó la investigación de Hill, que por supuesto causó gran polémica en su época y que hoy es cuestionada en algunos círculos científicos.

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Según Hill, una oportunidad puede venir disfrazada de mala suerte o de fracaso.

El periodista estableció que factores como determinación, propósitos claros, fe aplicada, iniciativa, coraje, autodisciplina, carisma y la alianza estratégica con otras mentes son responsables del éxito de los ricos y poderosos. Según esto, cualquiera puede ser exitoso y rico (millonario) en la vida, porque todos tenemos aquellas cualidades que él identificó.

Un mensaje revolucionario, sin duda, y más para una época en la que el conocimiento estaba restringido a aquellos que tenían poder económico. Lo más valioso de los resultados de la investigación de Hill es que casi un siglo después la mayoría de esos conceptos está vigente y, de hecho, se ha reforzado.

Nacido el 26 de octubre de 1883 en Pound, zona rural de Wise, en Virginia, Hill perdió a su madre a los 10 años. Su padre volvió a casarse y fue su madrastra la que le dio el impulso requerido. “No es un muchacho malo, quizás sea el más inteligente del mundo y no sepa qué hacer con esa inteligencia”, le dijo al padre para justificar la rebeldía del chico.

Con ese respaldo, Hill comenzó a cristalizar sueños y, sobre todo, a mostrar su talento. A los 13 años fundó el periódico Reportero de la Montaña, en el que mostró sus dotes creativas. Intentó estudiar leyes, pero las carencias familiares frustraron ese deseo. Sus escritos, sin embargo, le abrieron la puerta grande, la que lo inmortalizó.

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Hill formuló una ley del marketing que, más de cien años después, sigue viente.

Sí, llamaron la atención de Andrew Carnegie, que lo convirtió en el cómplice de su particular aventura. Curiosamente, a pesar del impacto registrado, de ser considerado un clásico y el punto de partida de los libros de autoayuda, el original Piense y hágase rico solo se encuentra en una versión condensada y hay otras variadas.

Las leyes del éxito (1928), La escalera mágica del éxito (1930), Cómo hacer de la venta su forma de vida (1939), Las claves de la riqueza (1945) y La actitud mental positiva (1959) fueron otros libros destacados de Napoleon Hill. Todos tuvieron suceso, pero ninguno trascendió las épocas como lo hizo Piense y hágase rico, un clásico de clásicos.

“Nunca dos mentes se pueden juntar sin crear una tercera, invisible e intangible fuerza que puede asemejarse a una tercera mente”, fue uno de los postulados de Hill que sustentaron las Mentes Maestras o Masterminds. Andrew Carnegie y Napoleon Hill, dos mentes brillantes, se juntaron y crearon una tercera que aún hoy es una ley del marketing.

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