Subir al tercer piso (cumplir 30 años) tiene un encanto especial para las mujeres. Después de los 20, que por lo general significaron liberarse de las ataduras y darles rienda suelta a los sueños, llegar a los 30 significa vivir la vida a plenitud. Es una etapa pasa sentar cabeza, para madurar, sin que ello implique dejar de gozar cada experiencia al máximo.

Sobre esta tercera década de la vida de una mujer hay muchas versiones, varios mitos. Hay autores que dicen que es el momento de tenerlo todo. Ya se superó la inestabilidad de los 20 y todavía no se tienen la madurez y las responsabilidades de los 40, que suelen aplacar los ímpetus. Es la etapa del verdadero crecimiento en muchos sentidos.

Es la hora de las relaciones sentimentales serias y de pensar en la maternidad, pero también la de perseguir metas más ambiciosas, tanto en lo personal como en lo laboral. Para muchas mujeres, así mismo, llegar a los 30 significa desprenderse de los padres y comenzar a cimentar una vida independiente, llena de nuevas emociones. ¡Oh, libertad!

En lo laboral, mientras, es la década para consolidarse, abrir las alas y construir una carrera que les permita vislumbrar el futuro con tranquilidad. Están en una edad en la que, en general, ya saben lo que quieren y, lo mejor, cómo conseguirlo. En resumen, a los 30 las mujeres están en el mejor momento de la vida, el que tanto tiempo habían esperado.

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Ana Paula Borbolla halló en la dificultad la misión de su vida, en el emprendimiento.

En esas andaba Ana Paula Borbolla, una joven argentina de 31 años, a la que la vida le cambió, literalmente, en tres días. En la mañana del miércoles 8 de enero de 2014, mientras se alistaba para ir al trabajo, en un autoexamen de rutina en sus senos sintió una protuberancia. Prendió las alarmas y, de inmediato, acudió a donde su oncóloga.

La doctora Liliana Zamora, del Hospital Italiano de Buenos Aires, le confirmó el peor de sus temores: tenía cáncer de mama. En Argentina, según las estadísticas oficiales, al menos 19.000 mujeres al año padecen esta enfermedad, más que la sumatoria de aquellas que son diagnosticadas con tumores de colon, útero, pulmón, riñón y ovario.

“Es esencial haber detectado el tumor en forma precoz. Cuanto más temprano sea el diagnóstico, mejor será el pronóstico de tratamiento”, aseguró Zamora. Ana Paula tuvo la fortuna de detectarlo rápido y, por eso, el tratamiento fue efectivo. Tras los primeros exámenes, la cirugía fue programada para el 28 de enero. “Todo ocurrió muy rápido”, dice.


“Hijas de María nace como una marca de lencería pensada para mujeres
jóvenes, frescas y alegres sin dejar afuera a las que han pasado por el
cáncer de mama. Tenía la necesidad de solidarizarme con ellas”.


Ana Paula estudió diseño de indumentaria en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), al tiempo que trabajaba en una fábrica de trajes de baño. Luego, durante cinco años, estuvo vinculada a Ragazza Lencería, una prestigiosa marca de ropa y accesorios para mujer. Una promisoria carrera que fue interrumpida, abruptamente, por el cáncer.

A pesar del riesgo de la enfermedad y de lo que implica para una mujer perder una parte de su anatomía, Ana Paula vivió el episodio “sin demasiado traumatismo. Pasé por tres operaciones, y todas las instancias de asimetría posibles. Me sacaron la mama y me pusieron una prótesis temporal que luego cambiaron por una definitiva”, relata.

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Ana Paula, en el grupo de finalistas del Premio Emmanuelle Supervielle.

El 28 de julio de ese año, es decir, exactamente seis meses después de haber pasado por el quirófano por primera vez (en total, fueron tres intervenciones), se sometió a la reconstrucción definitiva. “Pasé de tener 90-90 a 90-0, 90-20, 90-50… Hasta llegar al 90-95 y, luego de la reconstrucción, pasar a la simetría definitiva de 95-95”, cuenta.

Para su fortuna, durante el período de recuperación contó con el apoyo incondicional de sus superiores en Ragazza Lencería. “Tenía una fábrica a disposición, donde hacía, cortaba y arreglaba los corpiños. Mis jefes me permitían usar el taller, yo llegaba un rato antes y me acomodaba las tasas según el momento del tratamiento en el que estaba, explica.

En febrero de 2015, un año después de la operación, Ana Paula dejó su trabajo. No tenía claro qué quería hacer, tampoco sabía si iba a seguir vinculada al campo del diseño textil. Después de varias charlas con allegados, sin embargo, entendió el mensaje que la vida le transmitía y, sobre todo, recordó algo que la doctora Zamora le había dicho antes.

Conciencia social

“El día que me diagnosticó el cáncer, la doctora Zamora me dijo que me iba a enfrentar a la falta de corpiños para mastectomía. Que solo había dos o tres marcas de ortopedia y me remarcó la casualidad que yo fuera diseñadora de indumentaria y sufriera esta enfermedad”. Entonces, ató los cabos y comenzó a trabajar.

Creó Hijas de María, un emprendimiento que ofrece lencería, bikinis y otras prendas personalizadas pensadas especialmente para las mujeres que pasaron (o pasan) por la dolorosa experiencia de una mastectomía. Pensó en esas otras mujeres que no pueden hacerse la reconstrucción por problemas económicos o de salud y están toda la vida así.

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Hijas de María no solo quiere vender: también promueve la conciencia del autocuidado.

“Ahí empecé a tomar conciencia: si no tienes una fábrica a disposición, como la tuve yo, hay un montón de cosas que no puedes resolver, y no está bien que eso ocurra”, asegura. “El mundo de la lencería tradicional ignora a un montón de gente y, lamentablemente, personas cada vez más jóvenes. Ese fue el primer paso: pensar en quiénes lo necesitan”, agrega.

El mercado de estos productos no es muy grande, tampoco es rentable. Eso, sin embargo, no fue obstáculo para Ana Paula, que privilegió su deseo de ayudar a otras víctimas del cáncer de mama por sobre sus intereses económicos. “Me parece que hay que pensar en esas mujeres y buscarle la vuelta para que funcione”, explica.

Hijas de María ofrece lencería estándar, además de los modelos adaptables a procesos oncológicos en sus distintas etapas del proceso de recuperación de la paciente. Están diseñadas de tal forma que cuando se estira la piel, a medida que avanza el proceso de recuperación, permite la colocación de la prótesis definitiva en una operación posterior.

“Lo de la simetría parece algo superficial, pero es mucho más profundo que lo estético: así puedes seguir tu vida normal y usar cualquier camiseta, o lo que sea. Si eso nos deja de importar, pasaríamos por alto muchas cosas que no podemos pasar por alto, ni a los treinta años ni a cualquier edad, asegura Ana Paula, que está plenamente recuperada.

En noviembre del año pasado, Ana Paula fue finalista del Premio Emmanulle Supervielle, que la Asociación Marianne de mujeres franco-argentinas otorgó por primera vez. Una iniciativa destinada a identificar, visibilizar y reconocer a “mujeres emprendedoras que contribuyan con su proyecto a soluciones en la problemátca social y/o ambiental”.

Aunque no ganó, Ana Paula logró que su iniciativa se conociera y, de esa manera, poder llegar a más mujeres con mastectomía. El año pasado, también, lanzó la línea de bikinis, que ha tenido gran acogida. Para ella, sin embargo, lo importante es “el vínculo con mis clientas, porque todas estamos en tratamiento y nos ayudamos unas a otras”, relata.

A los 31 años, en la flor de la vida, a Ana Paula Borbolla le diagnosticaron cáncer de seno. Luego, la vida le hizo entender que no solo que había una oportunidad para desarrollar sus talentos y habilidades y ayudar a otras mujeres, sino para comprender que su misión es poner al servicio de otras mujeres su conocimiento y experiencia sobre la enfermedad.


 

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