Que tire la primera piedra aquel al que nunca le pasó. Claro, hay circunstancias de circunstancias, es decir, ninguna es idéntica a la otra, y hay peores. Todos, alguna vez, nos enfrentamos a una situación embarazosa al momento de pagar una cuenta.

O pudo ser el pasaje del taxi, el mercado en la tienda o el café que compartimos con un amigo y nos dimos cuenta de que no teníamos dinero. Olvidamos la billetera y las monedas que cargábamos en el bolsillo no alcanzaban para pagar. ¡Qué vergüenza!

Un episodio similar, que ocurrió una noche en el restaurante Major’s Cabin Grill, cerca del emblemático Empire State, dio origen a uno de los inventos más útiles de la actualidad. Y no solo útil, sino que podríamos decir que indispensable para quienes hacemos negocios en internet.

¿Sabes de qué hablo? De la tarjeta de crédito. Prácticamente todos tenemos al menos una en el bolsillo y para algunos es no solo una necesidad, sino su habitual medio de pago. Para otros, en cambio, es una gran ayuda que a veces se traduce en grandes problemas.

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Frank X. McNamara usó un incidente casual para su invento.

Como se dice popularmente, cada quien habla de la fiesta según le haya ido en ella. Lo cierto es que para los negocios en internet la tarjeta de crédito es indispensable, la forma más segura para realizar las transacciones. Por eso, vale la pena conocer su historia.

Los comensales de aquella ocasión, que de carambola quedaron grabados en la historia, fueron Frank X. McNamara, Ralph Schneider y Alfred Bloomingdale. El primero era director de Hamilton Credit Corporation; el segundo, su abogado; el tercero, su amigo y nieto del fundador de la tienda Bloomingdale’s.

McNamara los había invitado para discutir el problema que tenía con un cliente. Era una persona que había solicitado un crédito y, por malas prácticas económicas, estaba atrasado en los pagos. Le peor es que, tratando de encontrar una solución, arrastró a otras personas.

En efecto, a unos vecinos les entregó tarjetas de fidelización de tiendas y estaciones de servicio, que estaban a su nombre. Con ellas, el comprador retiraba las mercancías que requería y pagaba después. Un embrión de la tarjeta de crédito, pero con diferencias.

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Diners Club, la creación de McNamara y sus socios, empezó en 1950.

Esta primera forma de crédito era independiente de las entidades bancarias. Las otorgaban directamente los comerciantes para atraer a los clientes a sus locales y garantizar más ventas. Un esquema que funcionó a la perfección durante años en los EE. UU.

El inconveniente para el cliente de McNamara fue que sus vecinos usaron las tarjetas, pero no pagaron su deuda con Hamilton Credit Corporation, el compromiso que habían hecho. En busca de una solución, el empresario se reunió con sus amigos y dio pie a la anecdótica situación.

En el momento de pagar la cuenta, McNamara se percató de que no tenía dinero. Abochornado, no tuvo más remedio que llamar a su esposa, para que le hiciera llegar la billetera. Una situación embarazosa que le dejó una gran lección y se tradujo en un servicio que hoy disfrutan millones de personas.

Como te cuento, en el mercado ya había otras tarjetas, pero tenían una limitación: solo podía ser utilizadas en los establecimientos que las otorgaban. Eso, por supuesto, obligaba a la persona a cargar una gran cantidad de tarjetas, con la incomodidad que esto supone.

Invento, casualidad

Así era la primera versión de la tarjeta de crédito de Diners Club.

Manos a la obra

McNamara, entonces, pensó que había que crear un producto que fuera aceptado en cualquier lugar. La novedad era que se requería un intermediario entre el establecimiento comercial y el cliente. Un concepto riesgoso que compartió con Bloomingdale y Schneider.

El producto, diseñado para vendedores y comerciantes que habitualmente atendían a sus mejores clientes en una cena, se llamó Diners Club. Diner, por si no lo sabes, es cena en inglés, y el concepto de club reflejaba la exclusividad ligada a su uso, un atractivo adicional.

Diners Club, la empresa, hoy con sede en Riverwoods (Illinois), surgió en 1950. La compañía no vendía producto alguno, solo ofrecía un servicio de intermediación. Tampoco cobraba intereses, una modalidad que se implementó años más tarde. ¿Cómo funcionaba, entonces?

Diners Club reemplazó a las empresas individuales que otorgaban créditos a sus compradores. Hizo convenios con 14 restaurantes de Nueva York, que cobraban una comisión del 7 por ciento por la utilización de la tarjeta. El usuario, mientras, pagaba un canon de 3 dólares anuales.

Invento, casualidad

La tarjeta de crédito es indispensable hoy para los negocios en internet.

Los primeros tarjetahabientes fueron 200 amigos y conocidos de McNamara y sus socios, la mayoría de ellos vendedores. No eran tarjetas de plástico como hoy las conocemos, sino un documento en papel, con el nombre del dueño en el frente y la lista de los establecimientos autorizados en el reverso.

El experimento, quién lo creyera, funcionó. A finales de 1950 había veinte mil usuarios de la tarjeta y al cabo de dos años la cifra creció a sesenta mil. Esos números, sin embargo, no convencieron a McNamara, que interpretó que era una moda pasajera que pronto se iba a terminar.

Por eso, vendió su participación en el negocio, en 1952, a cambio de 200 000 dólares. Irónicamente, el crecimiento de Diners Club fue continuo, entre otras razones porque no tuvo competencia en el mercado hasta 1958, cuando aparecieron American Express y Banco Americard (hoy VISA).

Como ocurrió en otros casos icónicos, McNamara no creyó en su propia creación y se perdió sus mejores réditos. Las expectativas que se había forjado quizás eran demasiado exigentes y no tuvo la paciencia necesaria. Sin embargo, nos dejó un gran invento, muy útil hoy en día.

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Para algunos, la necesaria tarjeta de crédito es una pesadilla.

Su experiencia, no obstante, nos deja algunas lecciones. Primero, el principio de oportunidad para transformar una situación negativa en algo positivo. Segundo, el valor de ofrecerle al mercado un producto con un claro diferencial, enfocado en un segmento muy definido.

Tercero, la visión empresarial de McNamara, que identificó un nicho de mercado que requería un producto como ese. Cuarto, el segundo yerro del empresario, que no le tuvo fe a su producto y lo vendió antes de que se convirtiera en un negocio multimillonario.

Si eres de los que siempre agradece tener una tarjeta de crédito en el bolsillo, porque te saca de aprietos, ya sabes a quién agradecer. Si, por el contrario, vives endeudado y sufres por el acoso de los bancos, ten piedad del pobre Frank X. McNamara: ¡Él no tiene la culpa!


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