Fue a comienzos de 1998 cuando, desesperado y frustrado (más lo segundo que lo primero) le di un giro radical a mi vida. Llevaba más de un año en la tarea de conseguir ayuda para empezar mi negocio en internet, pero todas las puertas que tocaban significaran una decepción. Nadie sabía qué era internet y cuando lograba que lo entendieran me decía que estaba completamente loco.

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Era entendible, porque internet estaba saliendo del cascarón. De hecho, a diferencia de lo que hoy es habitual, eran muy pocos los hogares que tenían un computador. En aquella época, créeme, ese era un lujo exclusivo. Y ni hablar de los planes eran costosísimos, lentísimos y muy inestables, dado que la conexión era a través de la línea telefónica. ¡Era literalmente un internet de pedal!

A los bancos la tecnología todavía no había llegado. De hecho, eran muy pocos los que contaban con cajeros electrónicos y, aunque se antoje difícil de creer, las tarjetas de crédito eran un lujo más exclusivo que los computadores. Muy pocos tenían, pues las transacciones se hacían bien con efectivo, bien con cheque. Y pensar en pagar por internet con el plástico era ¡una utopía!

Anduve durante meses de aquí para allá y lo único que conseguí fue estrellarme una y otra vez con una realidad frustrante. Entonces, me enfrenté a un dilema: renunciaba a mis sueños de hacer negocios por internet o por lo menos contenía mis ímpetus y esperaba que la tecnología llegara a Colombia, o más bien buscaba otros horizontes en algún lugar donde pudiera aprender y empezar.

Por supuesto, elegí la segunda opción. Sin muchos preparativos, sin anestesia, una noche le dije a la señora Julita, mi madre, cuáles eran mis planes y a los pocos días me subí a un avión. La idea era estar un año en plan de aprendizaje y luego regresar a aplicar lo aprendido, pero ya se cumplieron 22 años del comienzo de aquella aventura y acá estoy en Estados Unidos, como # 1 de la industria.

Cuando miro la vista atrás y reveo ese pasado, no puedo dejar de sentir algo de nostalgia y, por supuesto, mucha gratitud. Con la vida, con mis clientes y, de manera muy especial, con mis mentores. Primero, mis padres, que lo hicieron todo para brindar una buena educación basada en principios y en valores, y luego los que me enseñaron de marketing, negocios y fracasos.

Sin ellos, mis padres y mis mentores, no estaría donde estoy hoy. Eso es algo que no puedo desconocer. Mis padres me inculcaron el amor por el trabajo, me alentaron para que me dedicara a lo que amaba y me guiaron hasta que abrí mis alas y volé solo. Mis mentores me mostraron un camino y, lo más importante, me dotaron de las herramientas necesarias para salir airoso.

Tener buenos padres y un buen mentor es un privilegio, una bendición, y yo tuve la fortuna de que los unos como el otro son maravillosos. Lo que más les agradezco es que me enseñaron que nada en la vida es gratis, ni fácil. Y no tiene por qué serlo. Me enseñaron a despojarme de mis miedos, a levantarme cada vez que caí y seguir con la frente en alto y, algo crucial, a aprender de los errores.

Que los he cometido, muchos, y algunos costosos y dolorosos. Porque, por más que seas el número uno de tu industria, por más que acumules muchos años en el mercado, por más que hayas acumulado experiencia, por más que acredites éxitos y triunfos, siempre te equivocas otra vez. Es el curso natural de la vida, un filtro que determina quién sube a la cima y quién tira la toalla.

Cuando comencé a formarme en el campo del marketing, hace más de veinte años, no había demasiados mentores de dónde escoger. En el mercado hispano, literalmente, no había nadie y en el anglo había algunos que eran inalcanzables, especialmente por el tema económico. Por fortuna, pude acceder a uno que podía pagar y que, bendito Dios, ha sido un excelente maestro de vida y de marketing.

Dan Kennedy es una leyenda del marketing en los Estados Unidos y el formador de muchos casos de éxito. Yo soy uno de ellos. Con el paso del tiempo, ser mentor se convirtió en un negocio y hoy ves gurús o maestros, como los quieras llamar, por doquier. Muchos de ellos, tristemente, no son más que impostores, payasos digitales, personas inescrupulosas que solo quieren tu dinero.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Un mentor puede ser una gran ayuda, pero los resultados dependen de ti, de tu trabajo.


Contar con un verdadero mentor, más que un lujo, es una necesidad en el ámbito laboral, no solo en los negocios, hoy en día. Si eliges el adecuado y, además, haces tu parte, acortarás la curva de aprendizaje, evitarás errores comunes y alcanzarás lo que deseas sin desviarte por un atajo.


El problema es que en el mundo de los negocios del siglo XXI es prácticamente imposible alcanzar el éxito sin un mentor. Prácticamente imposible significa que sí se puede, pero a un costo muy alto en lo que se refiere a tiempo, a recursos, a resiliencia, a capacidad para soportar los golpes y no rendirse. En la práctica, quien no tiene un mentor está condenado al fracaso, tarde o temprano.

Por eso, antes de pensar en el producto o servicio que le vas a ofrecer al mercado, antes de invertir en equipos y tecnología que quizás no necesitas en ese momento, antes de empezar campañas de publicidad en redes sociales, tu tarea primordial consiste en garantizar que cuentas con el respaldo de un mentor idóneo, capacitado en lo profesional y en lo personal y confiable.

Lo importante es que a la hora de contratar un mentor evites cometer alguno de estos errores:

1.- Contratar a la figurita de moda. Se escucha feo, lo sé, pero es una realidad. Muchas veces, detrás de un personaje de estos hay una buena estrategia de mercadeo, de posicionamiento, pero nada más. Y lo importante, sin duda, es lo demás, es decir, el conocimiento, la experiencia, la confiabilidad. Asegúrate de investigar bien al candidato, no va y sea que te lleves un chasco.

2.- No saber qué quieres. Un mentor es un especialista en un área del conocimiento, en un tema específico. Los toderos, los sabihondos, están mandados a recoger. Antes de buscarlo, entonces, debes saber qué quieres, cuáles son tus objetivos, a qué le apuntas, adónde esperar llegar. Sin haber definido estos temas, contratar un mentor será un gasto suntuoso, poco provechoso.

3.- No saber qué vas a recibir. Esta es la otra cara de la moneda. En el mercado abundan los que se hacen llamar mentores, pero que en realidad jamás forjaron un caso de éxito. Son personas con algunas habilidades comunicativas que, por lo general, se desenvuelven bien en un escenario y, por eso, cautivan a los incautos. Sin embargo, son como una piscina para niños: sin profundidad.

4.- Dejarte obnubilar. Es habitual encontrar personas que se venden como mentores, pero cuyo atractivo no es lo que saben, lo que han hecho, lo que pueden hacer por ti o las personas a las que efectivamente han ayudado a cumplir sus sueños, sino arandelas que ofrecen gratis. Ten cuidado, mucho cuidado, con los objetos brillantes: recuerda que en internet no todo lo que brilla es oro.

5.- No comprometerte. El mejor mentor del mundo, o varios de ellos de manera simultánea, no pueden convertirte en un caso de éxito si no aportas lo tuyo, si no te comprometes con tu futuro, con tu éxito. Eso significa invertir en tiempo, en dinero, en recursos y, sobre todo, en trabajo. Un mentor es un guía que te acorta la curva de aprendizaje, pero tú eres el responsable del resultado.