Este 2017 será un año que recordaré como uno de los más accidentados de mi vida. Accidentes que, por fortuna, quedaron grabados como meras anécdotas, con una que otra cicatriz que me acompañará quizás el resto de mis días. Sin embargo, son situaciones de las que aprendí grandes lecciones que me motivan a seguir dando lo mejor de mí.

A comienzos de abril, sufrí un resbalón mientras me encontraba en el baño y, producto de la caída, me fracturé la muñeca del brazo izquierdo. Estuve enyesado durante tres semanas (si te perdiste la historia, la puedes leer aquí) y aprendí que la vida cambia en un abrir y cerrar de ojos. Cambia para bien o para mal.

Luego, a comienzos de septiembre, por la inminente amenaza del temible huracán Irma, debí abandonar mi casa (esta es la historia) y refugiarme con mi familia durante unos días en Charlotte (Carolina del Norte). Afortunadamente, nada ocurrió, pude regresar al poco tiempo y continué con mi vida normal, al trabajo y a mis proyectos.

Por estos días, esos recuerdos se refrescaron en mi mente quizás para que sea consciente de cuán afortunado soy. ¿Por qué los recuerdos? Porque está a punto de cumplirse un año de la tragedia del vuelo 2933, de LaMia, en el que murieron 71 de los 78 pasajeros, incluidos 19 miembros de la plantilla del club de fútbol brasileño Chapecoense.

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Así quedó el avión de LaMIa: es increíble que seis personas hayan sobrevivido.

La tragedia ocurrió a las 10:15 de la noche del 28 de noviembre de 2016, cuando el avión piloteado por el capitán Miguel Alejandro Quiroga Murakami se estrelló contra el Cerro Gordo, ubicado en el municipio de La Unión, cerca de Medellín. Los futbolistas viajaban para disputar el juego de ida de la final de la Copa Suramericana, contra Atlético Nacional.

“Fue muy rápido. Recuerdo despertarme (antes del rescate). Abrí los ojos, estaba muy oscuro y muy frío. Tiritaba de frío. Gritaba ‘socorro, no quiero morir’. Algunos de los amigos, que todavía estaban vivos, también gritaban. Escuché al equipo de rescate llegar gritando Policía Nacional”, recordó Follmann, semanas después de la fatídica noche.

Si bien aún hoy se desconocen las causas exactas del accidente, las investigaciones determinaron que el avión viajaba con exceso de equipaje y el combustible al límite. Se dice que la gasolina se acabó y, por eso, la aeronave quedó a la deriva, sin control. Se estrelló contra el pico del cerro y, de puro milagro, seis de los ocupantes sobrevivieron.


“La próxima vez que tengas algún accidente, que tu negocio no funcione, que
la vida te golpee, te invito a pensar en la historia de Jackson Follman. A mí me
resulta particularmente inspiradora y me da fuerzas para seguir luchando”.


El Ministerio de Obras Públicas, Servicios y Vivienda de Bolivia responsabilizó directamente a la empresa y al piloto. ¿Por qué? Porque la aeronave, un Avro Regional Jet 85, tenía una autonomía de vuelo de 2.965 kilómetros y ese día debía recorrer 2.960 kilómetros entre Santa Cruz (Bolivia) y Medellín (Colombia) con la delegación del club brasileño.

El vuelo se realizó a pesar de que la controladora aérea del aeropuerto boliviano Celia Castedo advirtió que el tiempo de ruta era igual a la autonomía de vuelo y que el combustible no era suficiente para llegar a Medellín. El avión viajó sin un aeropuerto alterno para aterrizar en caso de emergencia y, al quedarse sin combustible, cayó.

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La recuperación de Jackson Follmann demandó varios meses y muchos esfuerzos.

De manera increíble, Jackson Follmann (el portero suplente) y sus compañeros Hélio Zampier Neto y Alan Ruschel se salvaron, al igual que un periodista brasileño y dos miembros de la tripulación. Follmann despertó cuatro días después en un hospital. “Mi madre entró y habló conmigo. Fue difícil. Allí me desperté y lloraba mucho”, recordó.

Por las heridas sufridas, los médicos debieron amputarle la pierna derecha, por debajo de la rodilla. Eso, por supuesto, puso punto final a su trayectoria deportiva y abrió el capítulo que me motivó a escribir esta nota: su formidable recuperación. Hace pocos días, los medios de comunicación dieron cuenta de su regreso al campo de prácticas.

Follmann permaneció varias semanas en el hospital antes de regresar a Brasil, donde continuó su recuperación. Fueron meses muy difíciles, porque ver cómo la vida trunca tus sueños a los 25 años no es fácil de aceptar. Y saber que jamás podrás cumplir tu anhelo de ser futbolista profesional, por culpa de un accidente, es frustrante.

Forjar nuevos sueños

La vida, sin embargo, le dio una nueva oportunidad. Además de las lesiones en la pierna, sufrió la fractura de la segunda vértebra cervical y pudo quedar minusválido. Requirió varias intervenciones quirúrgicas que, por fortuna para él, salieron bien. También fue lenta y penosa la recuperación sicológica, superar el trauma y los amargos recuerdos.

“Mi mayor deseo era ponerme en pie, caminar, ir solo al baño, lavarme los dientes… Esas cosas sencillas que pasan desapercibidas para las personas comunes, pero que adquieren gran importancia para alguien que está en mi condición, afirmó Follmann en una entrevista, el pasado mes de julio. En ese momento, ya había pasado lo más difícil.

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El 30 de agosto, el papa Francisco bendijo a la plantilla del Chapecoense en el Vaticano.

“Cuando comencé a dar mis primeros pasos sin muletas, quería subir escaleras, bajarlas. Tenía inmensos deseos de hacer muchas cosas, aunque sé que no podía, que tenía que respetar mi cuerpo”, expresó. Hoy camina gracias a una prótesis a la que cada día se adapta mejor, al punto que actualmente intenta hacer una vida normal.

Su recuperación ha sido un modelo de resiliencia, amor por la vida, pasión por el deporte y capacidad para ganarles a las adversidades. A pesar de las dificultades, a pesar de los pronósticos de los médicos, a pesar de que tuvo que renunciar a sus sueños y construir otros nuevos, logró recuperarse. Y brindó un ejemplo de superación espectacular.

A veces, los recuerdos de mis accidentes en 2017 regresan a la memoria, pero no para mortificarme. Sé que son para hacerme comprender cuán privilegiado soy, cuán generosa es la vida conmigo y con mi familia. Y cuando recuerdo a las víctimas del vuelo 2933 y a sus familias, entiendo que estoy aquí porque mi misión no ha terminado todavía.

Mentiría si dijera que sé lo que sufrió Jackson Follmann, porque es algo que quizás ni él mismo pueda contar. Solo procuro aprender de su coraje, de su determinación por vivir, de su capacidad para reconstruir su vida y levantar nuevos sueños. Hoy es comentarista de una cadena de deportes en Brasil y quiere vincularse al fútbol en alguna actividad.

“Soy un amante del deporte, no me veo como un exatleta. Al contrario, me veo muy bien, más atleta que antes”, afirmó recientemente en una entrevista, en la que contó que desea convertirse en atleta paralímpico. Las fuerzas que le hacían falta, dijo, provienen de la bendición que le dio el papa Francisco en el Vaticano, el pasado 30 de agosto.

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A los 24 años, a Jackson Follmann la vida le puso una dura prueba.

“Ahora valoro las cosas muy simples de la vida. El simple hecho de ir al baño, besar a las personas que amas…”, le dijo al diario O Globo. Estuve un tiempo en sueño de ruedas y solo quería quedar bien. Valoro mucho el día a día. Soy un discapacitado físico con orgullo, y volver a practicar un deporte es demasiado placentero”, aseguró sonriente.

“Sé de la importancia y del ejemplo que soy para las personas. Veo que con una pierna consigo llegar más lejos que con las dos. La amputación solo sacó mi pierna, más nada. Hago muchas cosas, me desafío todos los días y veo que la complicación está en la cabeza, explicó. La vida de Jackson Follman alza vuelo hacia sus sueños, hacia la felicidad.


 

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