Pasión, innovación y riesgo. Por supuesto que hay más factores que han incidido en la profunda huella que este personaje, llamado Elon Musk, ha marcado en el mundo moderno.

Sin embargo, fueron esos tres los que lo distinguieron de tantos otros emprendedores exitosos de nuestro tiempo y le permitieron encumbrarse como un modelo único, al que muchos admiran, pero que todavía nadie pudo copiar o emular.

Musk es un emprendedor singular, al que no pocos tildan de loco.

Yo, más bien, me atrevería de definirlo como el Julio Verne del siglo XXI, porque le encuentro muchos parecidos con aquel escritor francés que en el siglo XIX marcó una influencia profunda en el género de la ciencia ficción con aventuras increíbles que, más increíble aún (valga la redundancia), después se hicieron realidad.

Nacido el 28 de junio de 1971 en Pretoria (Suráfrica), en el hogar de Errol, un ingeniero, y de Maye, una nutricionista, es el mayor de tres hermanos. Vivió una infancia normal hasta que a los 10 años le regalaron su primer computador, uno llamado Commodore VIC-20.

No era, ni mucho menos, parecido a los dispositivos móviles de hoy, una tableta o un portátil ligero, pero fue suficiente para que Elon descubriera su madera de genio, su pasta de emprendedor.

De manera autodidacta, aprendió a programar y pronto creó un juego, llamado Blaster, que después vendió en 500 dólares, una fortuna para un chiquillo adolescente.

A los 17, vio que sus horizontes estaban más allá de la tierra que lo vio nacer y se fue a Canadá, la cuna de los ancestros de mamá.

Se radicó en Montreal, donde conoció de cerca las limitaciones económicas, la necesidad, y vivió en carne propia eso de trabajar en empleos insignificantes.

Luego emigró a Estados Unidos, lo que él mismo llamó “el país de los exploradores”.

Logró entrar a la Universidad de Pensilvania, en la que obtuvo los grados en administración de empresas y física.

Por aquel entonces, mitad de los años 90, la naciente red global, eso que conocemos como internet, había despertado su curiosidad.

Y, fiel a su estilo, enfocó sus esfuerzos y sus recursos (incluidos los económicos) para hacer camino al andar.

Estaba obsesionado con ingresar a AOL, la compañía in del momento en el campo de la tecnología, pero fue rechazado repetidamente.

En vez de frustrarse, juntó 2000 dólares con su hermano Kimbal y fundó Zip2, que con sus eficientes servicios de desarrollo,  alojamiento y mantenimiento de páginas web le sirvió como plataforma de lanzamiento.

Cuatro años más tarde, Compaq Computer, por ese entonces un gigante del mercado, se la compró en 300 millones de dólares.

Con una mínima parte de ese dinero, apenas 25 millones de dólares, creó X.com, una compañía especializada en servicios financieros y, sobre todo, en pagos electrónicos (que eran una novedad en el mercado).

En 2000, X.com se fusionó con Confinity y surgió Pay Pal, hoy una de las más reconocidas marcas del mercado, por la que eBay pagó 1500 millones de dólares, en 2002. Multimillonario ya, sin embargo, no se detuvo.

Con ese dinero, fundó SpaceX (Space Exploration Technologies), una compañía que fabrica cohetes, plataformas de lanzamiento y aeronaves para viajes espaciales.

¡Ese es uno de sus sueños, la conquista del espacio!

Aunque todavía no pudo implementar las visitas que algún día imaginó, SpaceX es aliada vital de la NASA, a la que le provee servicios aeroespaciales como llevar suministros a la Estación Espacial Internacional. ¡Wow!

En 2003, le dio vida a Tesla, una empresa enclavada en el valle de Silicon (California), donde se reúnen los genios de la tecnología y la innovación.

Y, por supuesto, allí había un lugar reservado para alguien tan especial como Elon Musk.

Tesla hizo realidad otro de sus sueños de Julio Verne del siglo XXI: diseña, fabrica y vende automóviles eléctricos y de conducción autónoma. ¡Wow, rewow!

Es un proyecto que, sin duda, cambiará la forma de transportarnos.

Recientemente, SolarCity, Hyperloop y Halcyon Molecular fueron los últimos emprendimientos creados con su sello.

La primera es una compañía de servicios de energía solar, hoy por hoy el primer proveedor en EE. UU.

La segunda, encarna un revolucionario concepto de transporte masivo en tubos (como las cabinas de un avión), que aún está en desarrollo.

La última es una empresa de biotecnología que lucha contra las enfermedades y los efectos de la vejez.

Después de leer los párrafos anteriores es posible que me digas que Elon Musk no es muy diferente a otros emprendedores exitosos, como Bill Gates y Steve Jobs, por ejemplo.

Y, sí, es cierto que tienen muchas similitudes, pero el caso del surafricano nos ofrece ribetes únicos como que su jornada laboral semanal oscila entre 80 y 100 horas, su obsesión por los temas ambientales y la conquista del espacio y, quién lo creyera, su coqueteo con el fracaso.

A finales de la década pasada, cuando la recesión golpeó duramente la economía mundial, especialmente en Estados Unidos, Musk estaba metido de cabeza en Tesla y necesitó maniobras astutas, muy arriesgadas, para salvarla, pues también tenía conflictos con sus socios.

La empresa estuvo a punto de cerrar y él, de declararse en quiebra.

Reducción de costos, arreglos con proveedores para bajar precios, cierre de oficinas y una fuerte inyección económica, sus restos, obraron el milagro.

Invirtió los últimos 20 millones de dólares que poseía, vendió su McLaren F1 y puso a andar de nuevo Tesla.

Superado ese tropiezo, en los últimos años está enfocado en proyectos con más tinte filantrópico que comercial.

Sus esfuerzos están enfocados en apoyar iniciativas relacionadas con la educación científica, la salud pediátrica (los niños son el futuro) y las energías limpias.

Y algo genial nos deparará ahí, porque si algo es claro es que la palabra límites no aparece en el diccionario de Elon Musk.

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8 reglas de los emprendedores exitosos

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