Muchos, por estos días en que diversos países comienzan a liberar las medidas del confinamiento y en los que poco a poco se intenta regresa a eso que conocíamos como normalidad, se preguntan ¿cómo será la vida poscoronavirus? Y los inquieta saber cómo será esa nueva realidad. En mi caso, como sicólogo profesional y emprendedor, sin embargo, creo que la pregunta debe ser distinta.

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Si no es esta, ¿entonces cuál es? Estamos acostumbrados a que la vida nos dé, pero si algo me ha quedado claro después de esta crisis provocada por el coronavirus (que no sabemos cuándo se irá o si se quedará con nosotros) es que somos nosotros los que estamos en deuda. Con la vida, con el planeta, con el resto de la humanidad, con nuestro entorno, con nosotros mismos. ¡Una gran deuda!

El mayor aprendizaje adquirido durante la pandemia, al menos en mi caso, ha sido el valor de volver a lo simple, a lo sencillo, tal y como lo describí en la nota El increíble placer de regresar a lo básico, a lo simple, publicada hace unas semanas (si no la leíste, te la recomiendo). A lo simple de preparar el desayuno con tus hijas, de ayudarlas en las tareas escolares, de jugar algo juntos.

Por la naturaleza de mi trabajo, desde hace años dejé la oficina y me trasladé a un lugar especial que tengo en casa. Por lo tanto, para mí el confinamiento como tal no fue un trauma. En cambio, sí fue una gran novedad, una feliz novedad, el hecho de poder disfrutar a mis hijas todo el día, de gozar el privilegio de verlas crecer, de estar rodeado de mi familia las 24 horas todos los días.

No te niego que es una situación extraña (¡qué ironía!) que, si no estableces una comunicación oportuna y honesta y, principalmente, si no sabes gestionar las emociones, puede convertirse en un problema mayúsculo. Por fortuna, ese no es mi caso. Por fortuna, la vida no cesa de regar bendiciones sobre mí y me permite estar al lado de los que más quiero, de hacer lo que me gusta.

Por eso, he aprovechado este tiempo, estas particulares semanas, para reflexionar. Me he tomado un respiro más que justo y necesario para pensar un poco en si esto que hago vale la pena, si es lo que deseo, si es lo que me hace feliz. Te resultará extraño que alguien que está dedicado a lo mismo desde hace más de veinte años, que lo disfruta, que es reconocido, haga esta reflexión.

La verdad es que todos, absolutamente todos, deberíamos hacerlo de cuando en cuando, sin necesidad de que aparezca un tal coronavirus y nos mande al encierro. Uno de los peores males que aquejan a la humanidad en el presente es su incapacidad para detener el frenético ritmo de la cotidianidad, que consume su energía, que agota sus fuerzas, que la agobia mental y físicamente.

Corremos como locos, pero muchas veces ni siquiera sabemos para dónde vamos, o por qué vamos hacia allí. Corremos detrás de otros por pura inercia, porque es lo que está de moda, porque es lo que todos hacen, pero no nos damos cuenta de que, eventualmente, no es lo que deseamos, no es lo que nos hace felices, no es algo que esté conectado con nuestra pasión.

Nos encaprichamos con lo que hacemos, nos obsesionamos, nos obnubilamos con el éxito y el reconocimiento y cuando abrimos los ojos estamos ante una realidad distinta a la que creemos vivir. Y por lo general ese distinta significa negativa. Por eso, aunque sea una vez al año hago este ejercicio que me ayuda a mantener los pies en la tierra, que me reconecta con mi esencia.

Y, claro, en esta oportunidad había razones de más para hacerlo. Porque la realidad a la que nos enfrentaremos cuando se levanten las restricciones, cuando sea posible volver a las actividades que llevábamos a cabo normalmente antes del coronavirus, será distinta. Esa es una realidad a la que tendremos que acostumbrarnos, con la que tendremos que lidiar sí o sí.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Estamos en la era del hacer, del poner en práctica, del transformar.


Ya pasó el tiempo del decir, del exhibir, del posar, del prometer. La crisis provocada por el coronavirus dejó atrás estas prácticas y ahora se impone un nuevo norte: educación + acción (educacción) para hacer, para construir, para transformar, para cumplir nuestro propósito.


Habrá algunas restricciones que durarán meses (¿o años?), habrá que adquirir nuevos hábitos en la oficina, en los restaurantes, en lugares públicos como centros comerciales donde se concentren grandes cantidades de personas. También, en el transporte público. Y sentiremos miedo porque nadie tiene la certeza de que este feroz enemigo invisible llegue a estar controlado o erradicado.

Las actividades sociales, la columna vertebral de la vida pública del ser humano, serán distintas. Y las voces más pesimistas indican que jamás volverán a ser como las disfrutábamos antes. Ojalá que estén equivocados, porque la interacción con aquellas personas que son importantes en nuestra vida es el combustible que nos mueve, que me mueve. La interacción, además del propósito.

Si algo dejó claro esta crisis provocada por el coronavirus es que, aunque no es una novedad, vivimos la era de la tecnología y del conocimiento. Pero, también, la del propósito. Y esta sí es una novedad. En la nueva realidad, no solo las marcas y los pequeños negocios, los emprendedores, dependerán en gran medida de su propósito, de que esté conectado con el de sus clientes.

Un comportamiento destacable durante la crisis fue que los clientes eligieron las marcas que mostraron sensibilidad con los más afectados, con los menos favorecidos, y los ayudaron. Y con las que cumplieron los compromisos adquiridos con sus empleados y los mantuvieron en sus cargos, a pesar de las dificultades. Esa es una tendencia que se mantendrá por un buen tiempo.

El propósito es el porqué de lo que haces, el para qué, el para quién lo haces. Y, sobre todo, no se trata de dinero, de seguidores, de índices cuantitativos, sino más bien de lo cualitativo, de lo que tú, con tu conocimiento y experiencia, con tus dones y talentos, con tu pasión y tu vocación de servicio, puedes hacer por otros. Si no conoces la respuesta a estos interrogantes, estás perdido.

Hoy, el ciudadano común y corriente, el consumidor, exige de las marcas y de las personas algo más. Rechaza los eslóganes pomposos, las frases hechas, las promesas que no se pueden cumplir, y demanda que haya hechos concretos, que haya coherencia entre lo que se piensa, se siente, se dice y se actúa. Solo a las marcas que aprueben esta checklist las considerarán a la hora de comprar.

Atrás quedó el tiempo de pensar, de hablar, de proponer: estamos en la era del hacer, del impactar positivamente la vida de otros, de provocar transformaciones poderosas. Y, créeme, solo hay dos herramientas que nos ayudarán a cumplir con ese propósito: el conocimiento (educación) y la acción. Educación sin acción, no trasciende; acción sin educación no sirve. ¡Educacción!

Educación + acción enfocadas en construir, en ayudar a otros, en transformar nuestro mundo sin volver a entrar en esa loca carrera de la rata en la que estábamos inmersos antes del coronavirus. Lo he mencionado antes, pero lo repito porque es pertinente: lo peor que podría suceder es que después de esta crisis nada cambie, que no nos demos cuenta de cuál es el nuevo rumbo.

Cada día, cuando despierto y agradezco la nueva oportunidad que me da la vida, procuro que todo lo que hago sea positivo para otros (empezando por mi familia) y que contribuya a ayudar a otros a ser parte de una poderosa cadena de transformación positiva. Ese es mi propósito y espero que esté alineado con el tuyo, para que juntos podamos transitar juntos por este apasionante camino.