A comienzos de los años 70, había dos clases de mujeres: las que querían ser esposas de un gran señor y las que querían ser independientes, libres de ataduras. Era una alternativa o la otra, pero no era posible la combinación. No hasta que apareció Diane Simone Michelle Halfin, que se dio mañas para cambiar la historia.

Esta jovencita nació en el seno de una acomodada familia de sobrevivientes del holocausto, él de origen ruso y ella, con ancestros griegos. Ser autónoma, ser fiel a sí misma, sin tener claro qué era lo que eso significaba, siempre fue su obsesión, su norte. Y lo sigue siendo hoy, cuando ya superó la barrera de los 70 años.

En la actualidad, es considerada un ícono de la moda y, sobre todo, un modelo para la mujer moderna. Un personaje singular, sin duda, uno de aquellos capaz de romper los esquemas de derribar los paradigmas, de fijar nuevas y revolucionarias pautas. “Ser joven en los años 70 fue muy divertido”, dijo en una entrevista con la prensa.

“Me encantó haber vivido aquella época y conocer a esa gente interesante. También me gusta haber podido contemplar la tecnología actual y el mundo global en el que nos hemos convertido. Sigo teniendo sueños, soy muy curiosa, y sigo emocionándome al descubrir nuevos talentos y jóvenes diseñadores”, agregó a los periodistas.

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Diane von Fürstenberg resignó una vida de lujos para ir en busca de sus sueños.

Como una joven cualquiera, Diane no sabía qué rumbo iba a tomar su vida; peor aún, no sabía qué rumbo deseaba para su vida. Lo único que sí sabía, y esa fue precisamente la clave de su éxito, era saber qué clase de mujer no quería ser: no quería ser una mujer sumisa, un artículo decorativo al lado de un hombre.

Entonces, se rebeló, se dedicó a trabajar por sus sueños y hoy es la inspiración de muchas mujeres. La suya pudo haber sido la historia de cualquier mujer en cualquier época. Nació en Bruselas, en el hogar de Leon Halfin, un judío rumano de ascendencia rusa, que emigró a Bélgica a finales de los años 90.

Su madre fue Liliane Nahmias, que 18 meses antes del nacimiento de Diane estaba presa en el campo de concentración de Auschwitz. Una mujer fuerte que le dio una enseñanza que la marcó: “El miedo nunca es una opción”, le dijo. Estudió economía en la Universidad de Ginebra, en Suiza, y fue asistente del fotógrafo de moda Alberto Koski, en París (Francia).

La siguiente escala fue Italia, como aprendiz del fabricante textil Angelo Ferretti, una etapa en la que aprendió lo que necesitaba saber sobre confección, colores y telas. Parecía que el destino la llevaba por el mundo de las pasarelas y las casas de moda, pero Cupido se cruzó en su camino y la enredó.

En la universidad conoció al príncipe austro-italiano Egon van Fürstenberg, hijo de un príncipe alemán y de la rica heredera de la fortuna de Fiat, la famosa marca de autos italiana. Se convirtió, entonces, en una de las celebridades de la realeza europea y en una habitual de las páginas de las fiestas de sociedad.

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Su obra inmortal: el vestido de manga larga, cuerpo entallado y falda cruzada atada a la cintura.

Allí alternaba igual con Salvador Dalí como con los Duques de Windsor o con Andy Warhol. La vida que cualquier mujer quisiera tener, sin duda. Joven, hermosa, casada con un príncipe, rica y famosa. Sin embargo, esa no era la vida que Diane deseaba para ella. Ya se había mudado a Nueva York y tenía su propia empresa.

Alguna vez, New York Times se refirió a ella y a su esposo describiéndolos como “El matrimonio que lo tiene todo” y fue, entonces, cuando se dio cuenta de que, en verdad, no tenía nada.  Nada, al menos, de lo que quería en su vida. Y tomó la decisión más radical de su corta vida, también la más importante, la más trascendental.

Sí, en términos amistosos se separó de Egon y perdió su título de princesa, aunque continuó llevando el apellido de casada. A partir de ese momento, se dedicó a vivir cada día de su vida, cada hora de su vida, cada minuto de su vida, en procura de cristalizar su sueño de independencia y felicidad. Como por arte de magia, la vida le sonrió.

Siendo exitosa, se reinventó

Conoció a Diana Vreeland, editora de la revistaVogue, que le dio el espaldarazo que faltaba: declaró que sus diseños eran “sensacionales”. De inmediato, fue incluida en la lista de invitados a la Semana de la Moda de Nueva York, donde pudo mostrarle al mundo su genial creación, la que la inmortalizó.

¿Sabes cuál? El vestido de manga larga, cuerpo entallado y falda cruzada atada a la cintura. La prenda, conocida como wrap dress, supuso el origen de su marca y la piedra sobre la que Diane edificó su imperio. ¿Cuál fue la clave del éxito? Por aquel entonces, los vestidos para dama eran demasiado costosos y muy serios para su gusto.

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Diane von Fürsternberg ha sido inspiración para miles de mujeres. Es un ícono de la moda.

Entonces, creó uno que estuviera al alcance de cualquier mujer y que fuera práctico y ligero, que le permitiera lucir elegante sin perder comodidad; una prenda funcional, sencilla y sexy. De nuevo, tenía todo lo que necesitaba, pues tocaba el cielo con las manos. Esa sí era la vida que había soñado, la que la hacía feliz.

En 1976 protagonizó una anécdota curiosa: a última hora, tras el éxito de su creación, apareció en la portada de la revista Newsweek. Estaba decidido que la cubierta fuera Gerald Ford, al que el partido Republicano acababa de designar candidato a la presidencia de EE. UU., pero los editores creyeron que Diane von Fürstenberg sería más vendedora.

A mediados de los 80, sin embargo, decidió tomarse un respiro, vendió su empresa y regresó a París. Allí abrió otros negocios, incluida la editorial Salvy y una línea de cosméticos. Pero, a finales de los 90, el bichito de la moda la volvió a picar y su retorno fue por todo lo alto: lanzó una nueva versión del wrap dress y recuperó el camino perdido.

Para su sorpresa, seguía siendo un ícono, el modelo que muchos querían seguir. Por esa época también publicó su primera biografía, Diane: A signature life. El proceso de reinvención se consumó en la década del 2000, cuando lanzó el DvF por H. Stern, una exitosa colección de joyería fina, y puso en marcha la producción de bufandas y ropa de playa.

El año pasado, contrató al escocés Jonathan Saunders como director creativo de la firma y se consolidó en la cima. Tuvo en sus manos la vida que cualquier joven desearía vivir, pero no era lo que deseaba. Construyó una marca poderosa que la lanzó a la fama y le permitió atesorar riqueza, pero llegó un momento en que se sintió vacía y abandonó esa vida.

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Con 70 años, Diane von Fürsternberg todavía tiene mucho por hacer.

En la madurez, segura de qué deseaba, regresó con bríos juveniles y la misma pasión de siempre para reinventarse. Es la vida de Diane von Fürstenberg, la princesa que se transformó en reina. Con 70 años, Diane aún tiene mucho por hacer, mucho por crear, mucho por transmitir a las nuevas generaciones.

En su corazón joven, demostró que es posible reinventarse, que es posible construir una marca que perdure y, sobre todo, que es posible ser la mujer que siempre soñó. Ese, sin duda, es su más grande legado: el atrevimiento de ser una mujer independiente que se vale por sí misma y que, además, alcanza el éxito y la felicidad.

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