La vida está llena de paradojas y los negocios, por supuesto, no son la excepción. Una de ellas, una a la que nos enfrentamos todos los días sin importar si nuestra actividad está dentro o fuera de internet, es que nos desvivimos buscando un cliente y luego de un tiempo rogamos porque se vaya. Tristemente, se trata de algo que ocurre con mayor frecuencia de la que nos gustaría.

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Internet, seguramente ya lo sabes, es como una jungla: no solo porque está infestada de fieras, de peligrosas especies salvajes, sino también porque hay espacio para todos. Es como el arca de Noé. El problema es que muchas veces los emprendedores actuamos como pescadores ansiosos: tiramos el anzuelo y recogemos lo que haya picado, sea lo que sea. Y no siempre es algo bueno.

Cuando tú tienes un negocio, sueñas con que todos entren en él. Si es un restaurante, quieres ver todas las mesas llenas y felices comensales conversando animadamente que disfrutan tus platos. Si es una tienda de flores, marcas en el calendario las fechas especiales como el Día de San Valentín o el Día de la Madre, a sabiendas de que tus productos quedarán en las mejores manos.

Si estás en internet, ansías que haya cientos de visitas, miles de visitas, y que esos cibernautas se queden ahí mucho tiempo. Que consuman y aprecien tu contenido, que interactúen y te dejen sus comentarios. También, que se apunten a tu lista de correo electrónico, que acepten tu invitación a webinars o lives, que descarguen tus lead magnets, en fin. ¡Tu felicidad está a solo un clic!

Sin embargo, esa no es la realidad. Y menos en un mundo como el del siglo XXI en el que la competencia es feroz, en el que las personas que ofrecen lo mismo que tú brotan silvestres por doquier. Ya no basta con ser bueno en lo que haces, ya no basta con ser visible, ya no basta con ser competitivo, ya no basta con brindar la solución a un dolor del mercado. ¡Ya no basta!

Una de las verdades no reconocidas de la revolución digital es que los consumidores están todo el tiempo en la búsqueda de soluciones. Están convencidos de que todo lo encuentran en internet, de que Mr. Google lo sabe todo y, por eso, se dan a la tarea de hallar respuestas a sus inquietudes, algunas de ellas insólitas y rebuscadas. Son una especie creada para cazar las buenas ofertas.

Del otro lado de la pantalla del computador o del teléfono celular, estás tú con tu producto, con tu servicio, con tus ganas de cambiar la vida de muchas personas, de transformar su realidad. Y, claro, con la ilusión de recibir algo a cambio (no seamos hipócritas). Entonces, como se dice en Colombia, “se juntan el hambre y las ganas de comer” y es cuando entramos en terrenos riesgosos.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Si no aprendes a decir ‘NO’, arriesgas tu salud y la de tu negocio. Y eso es muy malo.


Aprender a decir ‘NO’ a lo tóxico es básico para decir ‘SÍ’ a lo que realmente nos importa. Esa es una premisa muy útil para los emprendedores, porque garantiza tu salud y la de tu negocio. La premisa del éxito no consiste en tener ‘muchos clientes’, sino en contar con ‘buenos clientes’.


Internet, como lo mencioné, es una jungla en la que abundan las especies salvajes, los depredadores. Hay usuarios muy hábiles para encontrar productos gratuitos: se suscriben a cualquier lista que aparece por ahí siempre y cuando haya algo gratis para ellos (lo que sea). Por supuesto, ellos no son clientes potenciales, porque no están interesados en lo que les ofreces.

Hay otros que suelen adquirir tus productos, tus cursos, los completan y justo el día que se termina la garantía presentan un reclamo. Y, ay, que no les hagas caso, que no les retornes el dinero que pagaron. Se transforman en agresivos haters, en enemigos declarados que pueden hacerle mucho daño a tu marca, a tu negocio. Estos personajes son en verdad muy peligrosos.

Están también los que fueron víctimas de algún timador, de un vendehúmo que no cumplió lo que les prometió y, entonces, exigen venganza. Como no pueden resarcirse con aquel que les causó el daño, porque desapareció como por arte de magia, se dedican a incomodar a los que actuamos de manera honesta en internet: hacen ruido, incomodan, indisponen, generan dudas entre tu audiencia.

En el pasado, antes de que internet se convirtiera en lo que es hoy, no había más remedio que lidiar con estas desagradables especies. De hecho, te confieso que a quienes hacíamos negocios nos daba miedo llevarle la contraria a uno de estos prospectos. “Si le digo algo, pierdo ese cliente”, pensaba, pero la realidad es muy diferente. Lo mejor es que un día descubrí la solución ideal.

Bueno, no exactamente la descubrí, sino que me la enseñó uno de mis mentores: “Álvaro, haz de cuenta que tu cliente es un hijo, que tú eres el padre. Si en algún momento no le dices ‘NO’, si asientes a todos sus caprichos, el único que pagará las consecuencias eres tú”. Palabras sabias, si las hay. Te confieso que fue un punto bisagra en mi negocio, un increíble antes y después.

La moraleja es que no todos los clientes son para ti, ni siquiera si están interesados en lo que les ofreces, de la misma manera que tu producto no es para todos, para cualquiera. En otras palabras, aprendí que una de las estrategias que debía incorporar en mi negocio era decir ‘NO’ a ciertos clientes que, a la postre, solo me iban a producir una pérdida de tiempo, de recursos, de dinero.

Y, por supuesto, eso no es algo bueno para la salud de mi negocio. Como sicólogo de profesión, como padre de dos encantadoras niñas y como emprendedor con más de 20 años de trayectoria, tengo la autoridad moral para decirte que, si no aprendes a decir ‘NO’, tarde o temprano vas a pagar un alto precio. Es necesario imponer límites, establecer reglas y fijar las condiciones.

Una de las características del emprendimiento que más me agradan es aquella de hacer lo que me gusta, lo que amo, lo que me apasiona. Y, por añadidura, con quien quiero, con quien me sirve, con quien vale la pena hacer mi mejor esfuerzo. Honestamente, fue algo que me costó sangre aprender, que no incorporé en mi mente de un día para otro, pero hoy lo agradezco infinitamente.

Fijar límites no es fácil, pero es necesario y es muestra de tu madurez como persona. Nadie puede obligarte a vender, del mismo modo que tú no puedes obligar a nadie a comprarte. Hacer negocios hoy se trata de intercambiar beneficios, y eso nada tiene que ver con una transacción económica. Aprender a decirles ‘NO’ a los clientes tóxicos es garantizar tu buena salud y la de tu negocio.

Soy feliz en lo que hago y cada día le agradezco a la vida por los clientes que tengo. Desde que aprendí a decirles ‘NO’ a los indeseables, por la ley de la atracción atraigo buenos clientes. Y, te lo digo con honestidad, prefiero un solo buen cliente que diez o cien clientes tóxicos. Aquellos son una bendición, te enseñan mucho y, lo mejor, son agradecidos. ¡Ese, amigo mío, es un gran negocio!