Cuando era adolescente y vivía en la casa de mis padres, me decían que había que “independizarse”. Con ese término se referían a dejar el seno paterno, levantar vuelo y comenzar una vida propia. Pasaron algunos años, sin embargo, antes de que diera ese paso, pero no con el espíritu de un grito de libertad, sino por un impulso incontrolable.

Sí, uno que me motivaba a ir a buscar mis sueños. Entonces, me subí a un avión y aterricé en EE. UU. En las reuniones con los amigos de juventud, recuerdo, discutíamos acerca de esos conceptos de independencia y de libertad. Alguno decía que consistía en irse a vivir solo a un apartamento, y hacer su vida. Y nos ofrecía un arsenal de argumentos.

Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Los jóvenes de hoy, los del siglo XXI, vienen con otro chip. Ven el mundo de una forma distinta.

Podía llevar a quien le antojara, levantarse a la hora que quisiera, tener desorden, hacer fiestas con los amigos y, wow, estar a solas con la novia. Otro más le recordaba las enormes responsabilidades que eso acarreaba, el costo del arriendo, de los servicios públicos, del mercado, y la multitud de tareas poco agradables que había que realizar.

Es que eso de limpiar, lavar, cocinar… Para él, entonces, independencia y libertad era tener carro propio para viajar, llevar a los amigos, ir a donde quisiera y, claro, presumir ante las amigas. En esa época, el que tenía carro era “un buen partido”. Nunca estuvimos de acuerdo, pues cada uno tenía su concepto y nadie quería cambiar de opinión.

Con el paso del tiempo, sin embargo, entendí que todos estábamos equivocados. Nosotros los jóvenes, pero también nuestros padres, abuelos y maestros, todos aquellos que nos decían lo mismo. Eso que ellos llamaban independencia y libertad no era más que cambiar de amo. Lo sé porque pasé por todas las etapas, viví el proceso integral.

Hasta que tuve la suerte de que la vida, que es sabia y no se equivoca, me enseñara cuáles son, en verdad, las definiciones de independencia y libertad. Aprendí de la vida lo que me transmitieron mis mentores, y si algo faltó lo aprendí de mis clientes y socios, de mi equipo de trabajo, cuando me despojé de las ataduras y me convertí en emprendedor.

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A mis hijas procuro transmitirles las bondades del emprendimiento a través de mi ejemplo.

Eso es lo que quiero para mí, eso es lo que quiero para mis hijas, es una frase que repito a diario. Y procuro ponerla en práctica con mis hijas. Si bien para ellas es difícil entender que papá se ausenta de casa para atender compromisos en otras ciudades o países, que mi oficina esté allí mismo es una compensación, aunque hay reglas que deben respetar.

Lo más difícil para ellas, tan chiquitas, es entender que cuando papá entra a la oficina no pueden interrumpirlo. Eso me obliga a hablarles mucho, a explicarles por qué papá no tiene oficina por fuera, por qué necesita su espacio privado. Y, por supuesto, me obliga a organizar mi agenda de tal forma que pueda brindarles tiempo de calidad durante el día.

Más allá de eso, en todo caso, procuro transmitirles las bondades del emprendimiento a través de mi ejemplo. Les cuento acerca de lo felices que son mis mentores, les hablo de los casos de éxito que he tenido el privilegio de apadrinar, las llevo a algunos eventos para que conozcan a mis clientes y entiendan cómo es ese otro mundo en el que vive papá.

Libertad financiera, la clave

Y, algo muy importante, les recalco que el camino para conquistarlos sueños, para ser felices, para ayudar a otros es la libertad financiera. No quiero que estén bajo mi sombra el resto de su vida, sino que las incentivo para que forjen su futuro. Y les doy cinco consejos que considero fundamentales y que comparto contigo, por si te pueden servir:

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Que sean felices es la prioridad. Que hagan lo que les permita la realización personal.

1) Haz lo que te haga feliz: lo primero que les insisto es que nunca, nunca, dediquen tiempo, energías y recursos a hacer algo que no disfruten, que no les guste, que no les apasione. Les pido que prueben, que no se encaprichen con lo primero que se les ocurra, que investiguen y se den una oportunidad antes de tomar una decisión.

La peor prisión del ser humano es aquella de verse obligado a estar en un trabajo que no disfruta, que nada le aporta, que no le hace feliz. La vida es demasiado corta y nos brinda inmensas satisfacciones como para desperdiciarla detrás de un salario que, para rematar, no te da la libertad y la independencia que anhelas. Si no te hace feliz, ¡déjalo!

2) Invierte en ti: uno de los fenómenos más preocupantes del mundo actual es que las personas se involucran en una loca carrera por acumular títulos académicos con la aspiración de conseguir el mejor trabajo posible. Sin embargo, se frustran porque esos títulos no son valorados y terminan sometidos a tareas o roles que no los apasionan.

Los títulos académicos hoy no bastan; hay que ser muy bueno en la práctica, hay que mantener la mente abierta, hay que cultivar una rutina de aprendizaje continuo, hay que invertir tiempo y recursos en la educación diseñada para brindarnos autonomía. Las mejores oportunidades están afuera: ¡Búscalas, encuéntralas, aprovéchalas, disfrútalas!

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Los niños vienen sin manual de instrucciones y, por eso, hay que dejarlos ser libres.

3) Sal de tu zona de confort: si es fácil, no es bueno, no te conviene. Nada bueno en la vida se da sin antes exigirnos esfuerzo, sacrificio, errores, aprendizaje. La enfermedad más grave que padecen los jóvenes hoy es el conformismo: se los educa para que estén plácidos, para que no sufran. No saben qué quieren, ni cómo conseguirlo.

La satisfacción que experimentas cuando cristalizas un sueño surge de las dificultades que sorteaste, de la cantidad de veces que te levantaste después de caer, de las ocasiones en que hiciste oídos sordos a las críticas. Cuanto mayor haya sido la dificultad, más dulce es el sabor del triunfo. ¡Sal de tu zona de confort, esa no es la vida que mereces!

4) La vida es un proceso: el éxito no se construye de un día para otro, tampoco la felicidad. La vida es un proceso y como tal exige un aprendizaje y la superación de unas etapas. Hoy, muchos padres se equivocan al hacer que sus hijos crezcan en ambientes ‘perfectos’, una realidad artificial que ellos han creado, para la cual no están preparados.

Los hijos llegaron a este mundo para enseñarnos a los padres, pero son prestados. En algún momento, abrirán las alas y alzarán vuelo, en busca de sus sueños. Nuestro trabajo como padres es prepararlos para ese día. Y lo mejor que podemos hacer es darles herramientas para que labren su propio camino, y alentarlos para que no se rindan.

5) No hay fórmulas perfectas: cuando uno es padre, especialmente por primera vez, se da cuenta de que no le enseñaron nada acerca de ese rol, de esa inmensa responsabilidad. Luego comprueba que todos los consejos son inútiles y entiende que el mejor libreto es vivir el día a día. Cada uno tiene su afán, pero también su aprendizaje.

Aterra ver cómo algunos padres intentan conducir la vida de sus hijos como si fueran una mascota. Se inventan un libreto (o copian uno) que coarta la libertad de sus hijos, negándoles la oportunidad de gozarse el proceso. Los niños, a diferencia de los dispositivos móviles, vienen sin manual de operaciones.

 

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