El de convertirse en emprendedor es un sueño que, por lo general, se cocina a fuego lento. Sin embargo, a veces no llega a transformarse en eso que tanto deseamos y poco a poco se diluye hasta desaparecer. Esto ocurre, principalmente, cuando la persona tiene un trabajo tradicional, pero comienza a buscar nuevos rumbos para su vida, nuevos escenarios en el ámbito laboral.

Sé, porque lo viví hace muchos años, que esta es una de las situaciones más incómodas que puede vivir un ser humano. ¿Por qué? Estás en un lugar, pero quieres estar en otro y, por ende, no disfrutas lo que haces, no consigues los resultados que esperas y, lo peor, tu cabeza es un saco de anzuelos. En tu interior hay una constante e incesante batalla en lo que tienes y lo que quieres.

También, porque tu cuerpo está en un lugar que, para rematar, no le hace feliz, en el que no se siente cómodo, mientras tu mente vuela silvestre por los aires. Vuela, pero no encuentra ese paraje tranquilo en el que pueda aterrizar y descansar. Tu vida, entonces, se convierte en fuente de malestar, de tristeza. La ansiedad se adueña de ti y pierdes la tranquilidad, se altera tu sueño.

Siempre he creído que el primer paso es el más duro de dar, aunque no el más importante. Es el más duro porque, por lo general, significa abandonar tu zona de confort, dejar atrás esa vida a la que ya estás acostumbrado y, sobre todo, romper lazos y vínculos que te mantienen estancado, que te impiden avanzar. Y sé que no todos estamos dispuestos a pagar este precio por nuestros sueños.

Son momentos en los que el miedo te paraliza, se apodera de ti. Tu mente, que adora la comodidad, comienza a enviarte mensajes (la famosa vocecita) que te hacen dudar, que te generan incertidumbre, que te invitan a no actuar. Lo más doloroso es que casi siempre triunfa, casi siempre consigue que renuncies a tus sueños y decidas seguir en la comodidad de una vida mediocre.

Hace más de 20 años, mientras mi sueño de emprendedor se cocinaba a fuego lento, yo divagaba en un consultorio que la mayor parte del tiempo estaba sin clientes (pacientes). Entonces, tenía todo el tiempo del mundo para pensar, para soñar, para imaginar cómo sería esa vida si pudiera hacer lo que deseaba. Y durante meses no pasé de ahí, soñaba, pero no tomaba acción.

Hasta que un día, sin que pueda especificarte por qué, entendí que no había dualidad. ¿A qué me refiero? A que, por lo menos en ese momento, no necesitaba renunciar a la vida convencional mientras le daba forma a la vida extraordinaria. Seguí trabajando, pero dejé de perder el tiempo y, más bien, me dediqué a aprovecharlo para darle forma a ese sueño que me quitaba el sueño.

Comencé a investigar, a tocar puertas, fui a los bancos a averiguar cómo podía recibir pagos con tarjeta de crédito por internet (en esa época, 1998, era imposible en Colombia) y me llené de argumentos y de razones. ¿Para qué? Para comprender que, si quería convertirme en emprendedor, necesitaba alzar vuelo. Sí, debía dejar mi país, mi familia, mis amigos, y venir a EE. UU.

La posibilidad de comenzar una nueva vida siempre me pareció atractiva, la veía como una aventura y era algo que me llamaba la atención. Sin embargo, tengo que confesar que jamás imaginé que sería tan duro. Ni en la peor de mis pesadillas vislumbré lo que viví durante los primeros años, un período cargado de errores y tropiezos, de aprendizajes y conocimiento.

Finalmente, lo logré. Lo logré y hoy, más de veinte años después, aquí estoy. No solo pude cumplir mi sueño, algo que me hace inmensamente feliz, sino que la vida me regaló el privilegio de ayudar a otras personas, a muchas personas, a cumplir sus sueños. Eso es algo que no tengo cómo pagar en esta vida y en las próximas reencarnaciones, porque es lo que le da sentido a mi vida.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

Ser emprendedor es una de las decisiones más difíciles que puedes tomar. Y, también, una de las más gratificantes.


El primer paso para cambiar tu vida y convertirte en emprendedor es el más duro. Los que vienen después son los más difíciles, porque son muchas las dificultades que debes sortear, porque son muchas las veces que dudas que te agobian. Al final, sin embargo, logré construir la vida que quiero, una que me hace feliz. Lo hice gracias a estas cinco acciones, que tú puedes aprovechar.


¿Cómo lo hice? Sé que esa es la pregunta que te inquieta. Acá te digo cuáles fueron las cinco acciones que me permitieron coronar mi sueño:

1.- Pagué el precio. Nada en la vida es fácil o gratis, y no tiene porqué serlo. Sabía lo que quería, sabía que no iba a obtenerlo sin dar algo a cambio y, por eso, pagué el precio. Separarme de mi familia fue lo más doloroso, pero ver su alegría por mis logros es la mejor recompensa. Si quieres cambiar tu vida, algo te va a costar. ¿Estás dispuesto a pagar? ¿Prefieres seguir donde estás?

2.- No me rendí. Para contarte de las dificultades que enfrenté, necesitaríamos mucho tiempo porque fueron cientos. Jamás pensé en tirar la toalla, porque me apasiona lo que hago, porque lo disfruto mucho, pero sí hubo momentos en los que me sentí cansado, al límite. Pero, no me rendí, seguí insistiendo, con perseverancia, con constancia, y logré despejar el camino al éxito.

3.- Aprendí de mis errores. Esta es una de las razones por las cuales la mayoría de las personas que quieren convertirse en emprendedores no dan el primer paso: le temen a equivocarse. Yo lo hice cientos de veces y no fue agradable, pero sin el aprendizaje que surgió d esos errores no sería quien soy, no estaría donde estoy. La fórmula para alcanzar el éxito pasa por la prueba y el error.

4.- Tejí la red. Entre otras razones porque comencé hace más de 20 años, cuando eso de ser emprendedor era una rareza, durante mucho tiempo estuve solo. Sin embargo, aprendí que para avanzar era imprescindible establecer una red de contactos. Hoy, algunos de aquellos primeros clientes, los primeros alumnos, son amigos entrañables, compañeros de esta increíble aventura.

5.- Nunca dejé de aprender. Siempre me gustó estudiar, pero mis mentores cultivaron en mí el hábito de nunca dejar de aprender. Buena parte de mi tiempo de trabajo está dedicado a estudiar, a leer, a asistir a cursos, a ver videos, a escuchar audios de temas que me interesan, de expertos que me aportan mucho de muchas maneras. Y seguiré estudiando y aprendiendo mientras viva.

No puedo decirte que tengo la vida perfecta, porque te mentiría. Sin embargo, sí puedo afirmar con convicción que tengo la vida que quiero, una que me hace feliz. Una vida que me brinda una nueva oportunidad cada mañana y que me recompensa de mil y una maneras a través de mis clientes, de mi familia, de todas y cada una de las personas que me dieron el privilegio de ayudarlas.


 

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