Se nos acaba 2018 y quiero hacerte una pregunta: ¿cómo te fue? ¿Cómo te trataron estos 12 meses que están a punto de terminar? A veces se antoja incómodo, algo masoquista, esto de hacer balances al final de cada año, pero como buen marketero necesito medir el impacto de mis acciones y de mis decisiones para aprender de los resultados y, sobre todo, corregir los errores.

No recuerdo un año tan duro como este 2018, te lo confieso. Pero tampoco recuerdo un año tan provechoso como este 2018. Y no es una contradicción. O, quizás, sí lo sea, pero esa es una de las principales características de la vida y de los negocios. Pasé momentos difíciles en los cuales me sentí contra la pared, pero también pude comprobar que tengo todo lo que puedo desear.

No te estoy hablando de dinero o de propiedades, tampoco de un estatus. Me refiero a personas, a familiares, a amigos, a colegas, a discípulos y a mis clientes que me arroparon, que me dieron fortaleza, que me impulsaron con su energía, con su buena vibra. Si fuera el dueño de todo el oro del mundo, no me alcanzaría para pagarle a uno solo de ellos lo que hicieron por mí este año.

Sucede que la gente escucha el nombre de Álvaro Mendoza, o de algún otro referente de una industria, y lo ve como un dios. Cree que está más allá del bien y del mal, que no sufre de gripa, que no padece hambre, que no tiene defectos y, sobre todo, que no se equivoca, a veces muy feo. Y, por supuesto, como cualquier ser humano, estoy expuesto a los vaivenes de la montaña rusa.

Este contradictorio 2018 me mostró las dos caras de la moneda, en la vida personal y en la vida laboral. Me di cuenta de muchos errores que había cometido inconscientemente, y de cómo me había empeñado en hacer caso omiso de ellos. Y tuve que pagar un precio por ellos, a la brava. No fue algo agradable, porque además todos los problemas tocaron mi puerta al mismo tiempo.

Sentí como si un terrible huracán hubiera pasado por encima de mí. Pensé que iba a arrasar con todo, que aquello que había construido iba a desaparecer. No tuve más remedio que protegerme y aguantar, esperar que pasara lo peor. Cuando volvió la calma, me encontré con un panorama bien distinto al que esperaba: era bastante mejor, mucho más positivo de lo que me imaginaba.

Como no era la primera vez que caía, sabía cuál era el procedimiento que debía seguir: levantarme, sacudir la ropa para soltar la suciedad, respirar hondo y ponerme en marcha. Y fue, entonces, cuando encontré apoyo de múltiples fuentes, brazos dispuestos a soportarme, voces listas para alentarme. Y vi que solo había sufrido heridas leves, en verdad nada que lamentar.

¡Cuán afortunado soy, cuán bendecido soy!, me dije. Tengo todo lo que necesito y mucho más. Y de nuevo, no hablo de dinero o de propiedades, de bienes materiales. La salud responde de la mejor manera, conservo el espíritu joven de mis años mozos, mis hijas me dan la inspiración y la motivación necesarias para medírmele a lo que sea y mis clientes, amigos y colegas me apoyan.

¿Qué más puedo pedir? Como te dije, tengo todo lo que necesito y mucho más. Por eso, como lo he hecho en los últimos 21 años de mi vida, me levanto cada día con el firme propósito de dar lo mejor de mí para ayudar a quien pueda necesitarlo. Mi conocimiento, mi experiencia, lo que he aprendido de mis errores, mis herramientas y recursos están a tu disposición, si los requieres.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

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Este 2018, como te dije, ha sido un año muy duro. Sin embargo, en esta Navidad que se avecina y en la noche de Año Nuevo no tengo más que motivos para agradecerle a la vida todo lo que me ha dado. Ha sido muy generosa, de muchas formas, y a veces no sé si merezco tanto. Lo cierto es que elevaré unas oraciones y le daré gracias a la vida por cuanto me enseñó durante estos 12 meses.

Uno de los aprendizajes más importantes es que tenemos que estar preparados para cambiar, siempre, en cualquier momento. Aquella frase de “la vida cambia en un segundo”, que la decimos con frecuencia como si estuviéramos exentos de sus efectos, la viví en carne propia. Por fortuna, mi yo emprendedor me permitió ser maleable, adaptable, flexible, noble, y pude salir airoso.

Te comparto estas reflexiones porque quizás tú viviste situaciones similares durante este 2018. Si eres emprendedor, sabes que el síndrome de la soledad nos ronda, pero este año comprobé que es más un mito que una realidad: en los momentos más duros, cuando más lo necesitaba, apareció el apoyo, el respaldo, la mano amiga, inclusive de personas que jamás hubiera imaginado.

La vida no es fácil y ese es un ingrediente de su atractivo: es un reto diario. Solo pierde el que se rinde. Si este 2018 no fue el año que esperabas, no te rindas. Con trabajo, perseverancia, paciencia y determinación seguramente mejorará pronto. Valora lo que te rodea, a quienes te rodean, y agradece a la vida por la oportunidad que te da cada día. Esa es la mayor riqueza que puedes atesorar.

¡Feliz Navidad y feliz Año Nuevo!

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