Son incontables las veces que me habrás escuchado decir que uno de los hábitos que el emprendedor exitoso debe cultivar es aquel de observar con atención lo que hace la competencia. Qué hace, cómo lo hace, con quién lo hace, por qué lo hace, cuándo lo hace…, en fin. Una mirada honesta aunada a un criterio positivo, sin duda, te darán la oportunidad de aprender para poner en práctica en tu negocio.

En consecuencia, a partir de este sábado, y cada semana, iniciaré una serie de artículos bajo la denominación Mírate en el espejo de… Serán las historias de las empresas y empresarios exitosos, pero sobre todo las de aquellos que son un ejemplo digno de imitar porque supieron superar ambientes hostiles, porque dejaron atrás obstáculos inmensos, porque triunfaron por su pasión y convicción y porque sus acciones son inspiradoras.

La primera de estas historias corresponde a la empresa Adidas, una marca que durante casi un siglo ha estado presente en la mente y, sobre todo, en los pies de millones de personas. Si bien la versión más frecuente que nos arrojan los buscadores es aquella de la rivalidad entre los hermanos Adolf y Rudolf Dassler, ese hecho es apenas una anécdota que pasa a segundo plano cuando escudriñamos un poco en el fondo del asunto.

Corría la primera parte de la década de los años 20 y Europa trataba de reponerse de la Primera Guerra Mundial. En Herzogenaurach, una pequeña población de Baviera, en el norte de Alemania, los hermanos Dassler le daban forma a su emprendimiento: Adolf era el manufacturero, el cerebro detrás del negocio, y Rudolf, el genio comercial. Curiosamente, su primer producto estrella fue una novedad: zapatillas para deportistas.

Por aquel entonces, los zapatos deportivos eran prácticamente los mismos para cualquier disciplina, no había especializaciones. Lina Radke fue la primera atleta que ganó una competencia importante calzando las zapatillas de la fábrica Gebrüder Dassler Sportschuhfabrik: obtuvo el oro en los 800 metros en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam-1928. Un impulso inusitado para una marca artesanal que virtualmente se internacionalizó.

En 1936, cuando la Olimpiada llegó a Berlín y Adolfo Hitler se valió de esa cita deportiva para tratar de enaltecer sus intereses políticos, el destino hizo una travesura. La novedad era que las zapatillas traían taches (tacos) en las suelas, que proporcionaban mejor agarre en la superficie y, por ende, mejoraban el rendimiento del deportista. Y era cierto, muy cierto, porque el mítico Jesse Owens las usó en la ruta a sus cuatro preseas doradas.

La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, pudrió el paraíso. Rudolf, ferviente admirador de Hitler, se distanció de Adolf, que no comulgaba con el dictador. La disputa se originó porque Hitler usó la fábrica familiar para reparar sus tanques y lanzamisiles. Al final del conflicto bélico, Adolf se quedó con la fábrica y Rudolf se refugió en un pequeño pueblo, acosado por las autoridades porque su hermano lo denunció por su simpatía con el Führer.

La empresa también se dividió: los vendedores se fueron con Rudolf, mientras que los diseñadores continuaron con Adolf. En 1948, aquel fundó Puma y un año más tarde, este abrió las puertas de Adidas. A partir de entonces, fue una agria disputa familiar y comercial: en la Copa Mundo de fútbol de 1954, en Suiza, Alemania ganó con zapatillas Adidas, marca que también reinó en los Olímpicos de México-1968.

La revancha, sin embargo, se dio en el Mundial de México-1970, en el que Puma logró lo inconcebible: aprovisionó al gran Pelé, consagrado aquella vez como rey del fútbol. Esto marcó otro agrio episodio en la historia, pues había un acuerdo en que el único deportista intocable para las dos marcas era el brasileño, pero Puma rompió el convenio. Tristemente, la disputa nunca se zanjó y los odios se fueron con ellos hasta la tumba.

Rudolf falleció el 27 de octubre de 1974 y Adolf lo siguió el 6 de septiembre de 1978. En 1990, Adidas pasó a manos del empresario francés Bernard Tapie, que dos años más tarde se declaró en quiebra. Al poco tiempo, Puma fue adquirida por la multinacional francesa PPR (Pinault-Printemps-Redout), propiedad del empresario Fran­çois Pinault. Las peleas continuaron alimentadas por los herederos de Adolf y Rudolf, sin embargo.

Las rencillas se acabaron el 21 de septiembre de 2009, fecha en la que se celebraba el Día Internacional de la Paz. En Herzogenaurach, el pueblo de origen de la familia Dassler, Herbert Hainer, de Adidas, y Jochez Zeitz, de Puma, encabezaron el grupo de directivos y empleados de las dos marcas que disputaron un partido de fútbol. Antes de que rodara el balón, los CEO se dieron la mano y acabaron con más seis décadas de guerra fría.

¿Lecciones? Una, que no hay que nacer en cuna de oro para tener éxito en los negocios: la empresa de los Dassler surgió en un ambiente bastante modesto y lo logró. Dos, que mientras actuaron como equipo, mientras sumaron sus talentos y sus conocimientos, la empresa marchó sobre rieles. Tres, que no hay nada más dañino para un negocio que los sentimientos personales: los de los Dassler provocaron una guerra familiar insólita.

¿Más enseñanzas? La rivalidad con la competencia es conveniente, siempre y cuando no conduzca a decisiones apresuradas, viscerales. Si separadas y enfrentadas Adidas y Puma alcanzaron el éxito y trascendieron, ¿qué podría haber pasado si nunca se hubieran separado? Una empresa puede superar cualquier obstáculo (como el difícil ambiente antes, durante y después de la II Guerra Mundial), pero muere cuando los ideales se distorsionan.

Hoy, Adidas y Puma coexisten pacíficamente en la selva de los negocios y el recuerdo de la genialidad empresarial de los hermanos Adolf y Rudolf Dassler es una leyenda, lo mismo que su agria disputa. Reinventadas por sus nuevos propietarios, ambas marcas buscan otros horizontes y, sobre todo, procuran evitar los errores que en el pasado fueron los obstáculos más difíciles de sortear. Una historia para mirarse en el espejo…

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