Me di una escapada relámpago a Colombia, destinada exclusivamente a descansar y a visitar a mi familia, pero sin esperarlo pude hacer un viaje al pasado de la mano de varios ‘viejos amigos’ que marcaron la vida de varias generaciones y que hoy están en el baúl de los recuerdos. Una ocasión propicia para recordar que la única verdad irrefutable de la vida y los negocios es el cambio.

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Recientemente estuve unos días en Colombia, en donde tuve la oportunidad de celebrar mi cumpleaños al lado de familiares y amigos. Siempre es grato volver a casa, aunque eso suene raro dado que resido en Estados Unidos hace más de veinte años. Y, como sucede siempre que voy por Bogotá, regresé sorprendido por cómo ha cambiado la ciudad, cómo es de diferente la vida.

Lo primero que te puedo decir es que no sé si a estas alturas de mi vida me acostumbraría a vivir allí otra vez. Bogotá es una ciudad gigante, pluralista, multicultural, con increíbles atracciones, pero también con insoportables niveles de ruido, desbordados niveles de intolerancia y un tráfico vehicular en el que en menos de media hora me volvería loco. No es fácil vivir en Bogotá.

También pasé un par de días, los del fin de semana, en Villa de Leyva, una población que me encanta. Está ubicada a poco más de tres horas de Bogotá y conserva la arquitectura colonial, lo cual le da un toque encantador y provoca que el visitante haga un viaje en el tiempo. Muy cerca está el desierto de La Candelaria, que se conjuga con verdes montañas y una zona de páramo.

Si algún día quieres desconectarte de verdad de la realidad y disfrutar de un remanso de paz y tranquilidad, no dudes en ir a Villa de Leyva. Allí, el más grande riesgo es que el canto de los pajaritos en el amanecer te despierte. Puedes resetearte, relacionarte con la naturaleza y apreciar no solo ensoñadores atardeceres, sino paisajes que no es posible describir (hay que verlos y vivirlos).

Durante esas 48 horas, pareció como si el tiempo se hubiera detenido y mi vida hubiera regresado al pasado. No tenía a la mano los juguetes tecnológicos que me rodean habitualmente, más allá de que llevaba mi celular, que ofrecía señal intermitente. Entonces, me hice a la idea y me dediqué a disfrutar del entorno, de la compañía y de unos momentos que me invitaron a la reflexión.

En el grupo de viajeros niños estaban mi hija Niki y otros dos niños (Juliana y Camilo) a los que, por supuesto, sí les faltó internet, Netflix y otras comodidades a las que están acostumbrados. Sin embargo, al cabo de un rato se adaptaron a las condiciones y se sumaron a la tónica de descanso y conversación en la que estábamos los mayores. Y se divirtieron escuchando historias de cómo era la vida cuanto teníamos su edad.

La casa en la que nos ofrecía todas las comodidades necesarias, pero como es habitual en Villa de Leyva aún encierra muchos secretos del pasado. Por ejemplo, todavía hay teléfonos de disco, de los que están conectados a la pared. Los niños se divirtieron de lo lindo hablando por ese aparato que les resultaba tan extraño y que, sobre todo, los confundía porque no tenía un teclado.

En la sala principal, además, había un moderno televisor de pantalla gigante, conectado a un servicio de suscripción. Sin embargo, en el mueble también reposaba un viejo VHS, que por supuesto ya no se usa, pero que lo dejaron ahí como decoración. Les fascinó la historia de cómo había que ir temprano a la tienda de alquiler para conseguir las películas que queríamos alquilar.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

La visita al fósil y elevar cometas, dos planes imperdibles en Villa de Leyva.


Otro aparato del pasado que anda por ahí es un radio transistor de baterías. ¡Lo más increíble es que todavía funciona! Para estos chiquillos, acostumbrados al celular y al iPod, el radio resultó un objeto encantador. Ni siquiera sabían qué era eso de emisoras de AM y de FM y creo que tampoco entendieron la explicación que les dimos. El caso fue que disfrutaron mucho de este artefacto.

También nos encontramos un discman que sirvió para que les contáramos la historia del casete, el cd y la música digital estilo iTunes y Spotify. Había unos viejos discos, de música tropical de esa que en Colombia suena constantemente en la época de final de año, y les resultó entretenido este antecesor de sus dispositivos para escuchar música. Este, quizás, fue el que menos los sorprendió.

En cambio, la máquina de escribir los dejó estupefactos. “¿Cómo así que un teclado tan grande y sin monitor?”, preguntaron incrédulos. Además, les parecía increíble que se pudiera escribir en un aparato que no se podía cargar con energía. Cuando les enseñé cómo se introducía la hoja de papel en el rodillo y se escribía, no se querían ir de allí. Quedaron encantados de esa vieja Remington.

No les resultó fácil de entender que todos esos instrumentos fueran para importante de nuestra vida en el pasado y algo tan importante como lo es hoy el celular, el computador o los audífonos inalámbricos. Lo que más curiosidad les provocó, sin embargo, era saber por qué habíamos dejado de usar esos aparatos y cómo nos habíamos adaptado a los nuevos juguetes tecnológicos.

Fue una excelente oportunidad para inculcarles la importancia de ser abierto al cambio, de entender la dinámica de la vida y, sobre todo, de no apegarnos a nada. La conversación fue muy instructiva y me alegró que mi hija Nikki, que tiene el chip emprendedor al mil por ciento, estuvo muy atenta, preguntó en repetidas ocasiones y se mostró inquieta frente a esta realidad.

Esta inesperada actividad me hizo recordar tantas empresas y tantos emprendedores que en el pasado fueron estrellas fugaces, brillaron un corto período y luego se apagaron, desaparecieron. Lo ocurrido con estos maravillosos inventos del pasado que encontramos en la casa de Villa de Leyva me recordó que nada es eterno en la vida y que todos expuestos a ser y dejar de ser.

He conocido a innumerables emprendedores, personas valiosas con conocimiento y talento, que lamentablemente fracasaron en sus negocios básicamente porque no supieron adaptarse a la dinámica del mercado, porque fueron reacios a cambiar. O, también, porque creyeron que tenían el producto perfecto (¡que no existe!) y se negaron a aceptar los designios del mercado.

Cuando eres emprendedor, lo más difícil no es comenzar, lo más difícil no es avanzar, lo más difícil no es sostenerte. Siempre podrás comenzar (una y otra vez, de ser necesario), siempre vas a conseguir avanzar (a veces, más lento que otras), siempre podrás sostenerte por un tiempo. Sin embargo, todo ello será insuficiente si no entiendes lo verdaderamente difícil: cambia, todo cambia.

Viajé a Colombia en plan de descanso y, por fortuna, logré desconectarme un rato y, si bien regresé agotado físicamente (suele ocurrir), la mente sí disfrutó el paseo. Además, esos dos días en Villa de Leyva y lo que encontramos en la casa donde nos alojamos me sirvió para recordar que en la vida y en los negocios el éxito de hoy puede convertirse en el fracaso de mañana


 

 

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