Una gota de agua no rompe la piedra por fuerza. La rompe porque cae una y otra vez sobre el mismo punto, con una paciencia que no negocia.
No tiene prisa, porque sabe que tarde o temprano la piedra va a ceder. Por eso no pierde el enfoque ni abandona la tarea a mitad de camino.
Esa imagen resume algo que a muchos emprendedores nos cuesta aceptar: no es el talento lo que separa a quien llega de quien se queda en el intento. Es algo menos vistoso y mucho más exigente: el compromiso.
Cuando emprendemos un camino y no llegamos adonde nos propusimos, sacamos un arsenal de excusas. Nos liberan de la responsabilidad y nos protegen de la desaprobación de los demás, sobre todo de los más cercanos.
Nos pasa a todos alguna vez. El problema es cuando se vuelve tu forma de vivir, porque si no aprendes de lo que vives, estás condenado a repetir el mismo error. Y casi sin darte cuenta, se te escapa la vida.
La terquedad que me sacó adelante
Una de las razones por las que he llegado hasta aquí, quizás ya lo sabes, es que soy terco. Pero terco de verdad.
Muchas veces me estrellé por culpa de esa terquedad, pero fueron muchas más las ocasiones en las que me sacó adelante. Una de ellas fue seguir lo que me decía el corazón y convertirme en emprendedor.
No fue fácil, sobre todo al comienzo, cuando me instalé en Estados Unidos, lejos de mi familia y de mis amigos. Hoy tengo una vida sobre bases sólidas, pero de vez en cuando llegan tormentas que ponen a prueba mi resistencia.
Te conté cómo empezó todo cuando escribí sobre el coraje de emprender cuando nadie entiende tu camino.
La resistencia va de la mano de la terquedad, así que esa parte no me preocupa. El compromiso es otra historia, porque no se declara una vez y ya: hay que renovarlo cada día, como un árbol que cuidas para que dé frutos.
Por qué tantas personas valiosas tiran la toalla
La falta de compromiso, en cambio, es una de las mayores debilidades que veo en el mercado. Personas valiosas, con conocimiento y experiencia, emprenden y poco después abandonan. No solo pierden dinero: pierden algo más difícil de recuperar, la confianza en sí mismas.
Nos hacemos promesas que no cumplimos y, al rendir cuentas, volvemos a las excusas: «la situación está muy difícil», «el mercado está saturado», «la competencia es muy dura».
La verdad es que el mercado siempre fue así, también cuando yo empecé. Y aun así, muchos construimos negocios que funcionan.
Lo que sí ha crecido es el ruido: promesas de riqueza fácil, el último objeto brillante, el atajo secreto. Muchos falsos gurús llevan a la gente de la mano hasta el borde del acantilado y ahí la sueltan.
Pero debajo, como la parte del iceberg que no se ve, está la dificultad para salir de la zona de confort, enfrentar los miedos y dejar las creencias limitantes. No se comprometen con sus sueños y eligen el camino más cómodo.
Lo que aprendí sobre dar el mil por ciento
Una de las enseñanzas más grandes de mis padres y mis mentores fue dar el mil por ciento en cualquier actividad que eligiera.
Hay un vallenato de Diomedes Díaz, «Mi muchacho», en el que el cantante le dice a su hijo: «Si te inspira ser zapatero, solo quiero que seas el mejor». De eso, justamente, se trata la vida.
El día que descubrí que quería ayudar a otros con mis conocimientos y con lo aprendido de mis errores, me comprometí al mil por ciento. Es un compromiso que renuevo cada día con nuevas habilidades, más conocimiento y mejores alianzas.
Servir a otros se convirtió en mi propósito, y me ha dado satisfacciones que nunca imaginé. Eso es lo que deseo para ti: que construyas la vida que siempre has soñado.
Internet enterró el viejo dilema entre vivir tu vida o trabajar: hoy ambas cosas son complementarias.
Y si tienes conocimiento y experiencia en un área, ya tienes lo más importante. Lo demás se aprende; a mí me faltaba casi todo del marketing. Solo hace falta que quieras compartir lo que sabes de manera genuina, sin trampas ni avaricia.
Los cambios de los últimos años en la forma de trabajar son oportunidades. La mayoría los ve como dificultades, pero son caminos que se abren para quien sabe recorrerlos.
El día que todo cambió
En mi vida hubo varios momentos bisagra, de esos que marcan un antes y un después. El más importante fue el día que aprendí a empaquetar mi conocimiento, convertirlo en infoproductos y venderlo.
Fue como cruzar una puerta hacia un universo que todavía no termino de recorrer. Hoy, una de las formas más poderosas de dar ese paso es escribir un libro con tus conocimientos y convertirte en una autoridad en tu mercado.
Siempre quise tener un negocio; lo llevaba en el ADN. Sin embargo, al principio le di otro rumbo a mi vida: me gradué como psicólogo clínico y ejercí la profesión durante unos años.
Me apasionaba y me comprometí con ella, pero el resultado no fue el que esperaba. Tenía un trabajo inestable, ingresos que no alcanzaban y un consultorio vacío la mayor parte del tiempo.
Daba lo máximo de mí y lo que recibía no era equitativo. Entonces apareció internet, despertó mi curiosidad, armé las maletas y me comprometí con un reto nuevo. Mientras internet crecía y yo aprendía, se me cruzó el marketing digital.
Y aquí estoy, 28 años después, comprometido al mil por ciento con una actividad que, más que un trabajo, es mi estilo de vida. Es la que elegí y la que me hace feliz, y ojalá tú también encuentres la tuya.
Las siete señales de una persona comprometida
¿Cómo se ve ese compromiso en el día a día? Por mi experiencia, hay siete rasgos que se repiten en las personas comprometidas de verdad.
La primera es que hace lo que hay que hacer. Sin excusas ni culpables, incluso en los días en que no tienes ganas de nada.
Es lo que algunos llaman haztitud, porque la actitud tranquiliza, pero es la acción la que cambia tu historia. Después habrá tiempo para corregir y mejorar, porque lo hecho siempre le gana a lo perfecto.
La segunda es la involucración total. Si tus sueños son ambiciosos y tus expectativas son altas, tu nivel de compromiso no puede ser menor. No es solo cuestión de horas, sino de aprender, probar, equivocarte, corregir y volver a probar.
La tercera es dar siempre más. No sé cuántas noches pasé en vela trabajando en mis proyectos, pero cada una valió la pena y me permitió ir unos pasos adelante.
La cuarta es ser responsable: asumir riesgos y aceptar sus consecuencias. Si no asumes riesgos, no avanzas; si no aceptas las consecuencias, te estancas. Y si aprendes de tus errores, avanzas.
La quinta es la suma de disciplina y perseverancia. La disciplina es hacer lo que hay que hacer aunque no tengas ganas, y por eso la disciplina es el activo invisible que construye negocios reales. La perseverancia es levantarte después de cada caída.
La sexta es ser confiable. Puedes tener el mejor producto del mundo y aun así no vender si no inspiras confianza. Cuando la inspiras, construyes relaciones, que son la base del marketing, y empiezas a dejar un legado.
La séptima es ser proactivo: escuchar al mercado, aprender algo cada día, subir el listón de tus metas y soltar la carga de las excusas y de los miedos. La clave, al final, está en tomar acción. Todo lo demás es pura palabrería.
Cada mañana, otra gota sobre la piedra
Probablemente no soy más inteligente que la mayoría ni tengo más talentos que muchos. Y por culpa de mi terquedad, seguramente me equivoco más de lo que me gustaría.
Pero con esa virtud rara y escasa, la de comprometerme de verdad con mis sueños, he construido la vida que quiero. Por eso cada mañana renuevo mi compromiso y hago lo que hay que hacer, como la gota que vuelve a caer sobre la piedra.
Si quieres llevar ese compromiso a tus decisiones de todos los días, te recomiendo mi libro gratuito 8 Reglas de los Emprendedores Exitosos. Ahí comparto los principios que he visto repetirse, una y otra vez, en quienes construyen negocios que duran.




