No existe una sola cima (y eso lo cambia todo)
Durante años escuché —como seguramente tú también— que lo importante no era llegar a la cima, sino mantenerse en ella. La repetimos tanto que terminó convirtiéndose en una verdad incuestionable, casi sagrada. Yo también la creí. Durante mucho tiempo. Era una frase cómoda, tranquilizadora, que parecía explicar el éxito como un destino único al que se llega y que luego solo hay que defender.
Hasta que la vida, con su sabiduría incómoda pero precisa, me enseñó algo distinto: no existe una sola cima. Existen muchas. Y cada una cumple un propósito diferente.
Algunas te retan profesionalmente, te obligan a aprender habilidades nuevas y a expandir tu capacidad de ejecución. Otras te confrontan emocionalmente, te ponen frente a tus miedos, tus vacíos y tus contradicciones. Y unas pocas —las más importantes— te exigen redefinir quién eres y qué vale realmente la pena.
Este no es un artículo de éxito. No es una cronología de logros ni una lista de hitos para impresionar a nadie. Es una historia de camino. De aprendizaje. De caídas necesarias y de reinvenciones inevitables. Porque, al final, eso es lo que realmente forma a una persona y a un empresario.
La primera gran lección: la cima no es un lugar
Nunca me obsesioné con “llegar a la cima”. No fue una meta consciente ni un plan cuidadosamente trazado en una libreta. De hecho, ni siquiera me di cuenta de cuándo había llegado. Fue el mercado el que me lo señaló con el tiempo.
Y ahí entendí algo clave: la cima no es un lugar geográfico, ni un número en la cuenta bancaria, ni un reconocimiento público. La cima es un momento. Una etapa. Un punto de referencia temporal que, visto en retrospectiva, adquiere significado.
En mi caso, cuando comencé, prácticamente no había nadie más en el mercado hispano hablando de negocios en Internet. Corría el año 1998 y, en Latinoamérica, el concepto de negocios digitales rozaba la ciencia ficción. No había redes sociales, no había Google, no existían los pagos en línea, la banda ancha era un lujo inexistente.
Lo que sí había era paciencia. Mucha paciencia.
Emprender cuando Internet era territorio virgen
Hoy, cuando Facebook o WhatsApp se caen durante unos minutos, millones de personas entran en pánico. Sienten que el mundo se detuvo. Que algo esencial dejó de funcionar.
Cuando yo comencé, eso era la normalidad.
Conexiones lentas e inestables, que se caían si alguien levantaba el teléfono. Computadores grandes, ruidosos, páginas web hechas solo con texto y un entorno tecnológico que hoy parecería prehistórico. Y aun así, ahí estaba la oportunidad. No porque fuera cómoda, sino porque estaba abierta.
Intenté vender por Internet desde Colombia y no pude. Los bancos no sabían qué era Internet. Literalmente. No existían los pagos con tarjeta en línea. No había infraestructura, ni procesos, ni comprensión.
Ese fue uno de los motivos que me llevó a tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: hacer la maleta, despedirme de mi madre y emigrar a Estados Unidos. No para hacerme rico. No para buscar atajos. Sino para aprender.
Aprender antes de ganar: una decisión impopular, pero correcta
Llegué sin recursos, sin contactos y sin herramientas. Lo único que tenía eran ganas y una convicción clara: el conocimiento era el activo más valioso que podía adquirir en ese momento. Sabía que si entendía cómo funcionaba ese nuevo mundo, el dinero sería una consecuencia, no un objetivo desesperado.
Amazon —que entonces solo era “la librería más grande del mundo”— se convirtió en mi laboratorio. Monté un directorio sobre Gabriel García Márquez y vendí sus libros en más de veinte idiomas gracias a su programa de afiliados, cuando casi nadie creía en ese modelo.
Ahí entendí una lección que me acompaña hasta hoy: no se trata de inventar la rueda, sino de aprender a usarla mejor.
Luego llegó Dan Kennedy. Un mentor. Un referente. Una escuela viva de marketing. Ese proceso me dio estructura, criterio y claridad. Y cuando terminó, tomé otra decisión clave: servir al mercado hispano. No porque fuera más fácil, sino porque era coherente con quién soy y con lo que quería construir.
Abrir camino donde no había senderos
Trabajar en el mercado hispano fue como pararse frente a un bosque espeso, sin caminos ni señales. No había audiencias educadas, no había cultura digital, no había referentes claros. Todo estaba por hacerse.
Había que abrir paso, rama por rama.
Mis dos grandes aliados fueron el email marketing y el marketing de contenidos. Abrí un blog y comencé a compartir conocimiento gratuito. Sin estrategias ocultas, sin trampas, sin miedo a “regalar demasiado”. Ese fue mi sello. Ese fue mi diferencial. Y ese fue el inicio de todo.
Los verdaderos cimientos del éxito
Con los años, muchas personas me han preguntado cómo lo hice. Buscan una fórmula, un atajo, un sistema replicable. Y siempre respondo lo mismo: no existe una fórmula mágica. Lo que sí existe es la posibilidad de modelar, no de copiar. Observar, adaptar y construir tu propio camino.
En mi caso, todo se sostuvo sobre dos pilares innegociables: aportar valor y servir. De ahí nacieron prácticas que sigo ejecutando hasta hoy: contenido con propósito, eventos como espacios de transformación, aprendizaje continuo, networking real y productos que generan cambios concretos en la vida de las personas.
El dinero, entendí con el tiempo, es consecuencia, no objetivo.
Cuando la cima se convierte en caída
Aquí viene la parte que casi nadie cuenta. Cuando estás arriba, no crees que puedas caer. Te sientes invulnerable. Y esa sensación, aunque agradable, es peligrosa. Porque te vuelve ciego a las señales.
Yo caí.
En lo personal, en lo emocional y en lo financiero. Colapsó mi principal fuente de ingresos. Mi vida personal dio un giro abrupto. Y, de repente, me encontré solo. Como un árbol en otoño, sin hojas, sin ramas, sin ruido alrededor.
Fue doloroso.
Fue revelador.
Y, visto con honestidad, fue necesario.
La reinvención: la cima más desafiante
La reinvención no estaba en mis planes. Pero hoy sé que era inevitable. Volví a mis orígenes, reordené prioridades y redefiní mi concepto de éxito. Entendí que mis hijas no podían ser espectadoras de mi vida. Tenían que ser protagonistas conmigo.
Hoy trabajo distinto. Vivo distinto. Me relaciono distinto. Soy el mismo Álvaro Mendoza, pero una versión más consciente. Menos obsesionada con demostrar y más comprometida con disfrutar el camino.
El verdadero aprendizaje: siempre hay nuevas cimas
No hay una sola cima. Hay muchas. Y cada una te prepara para la siguiente. Algunas se conquistan con estrategia, otras con humildad. Y las más importantes, con la valentía de soltar lo que ya no sirve, aunque haya funcionado en el pasado.
Hoy sigo escalando. Con calma. Con propósito. Con gratitud.
Y si algo quiero que te lleves de este artículo es esto: nunca es tarde para reinventarte. Nunca es tarde para empezar de nuevo. Nunca es tarde para subir una nueva cima.
Vamos. Escalemos juntos la próxima.




