Mi historia puede ser la tuya (si decides no rendirte)

A veces creemos que las historias de éxito comienzan con claridad absoluta. Con un plan perfecto, con todas las piezas alineadas, con una seguridad interna que elimina cualquier duda. Nos gusta pensar que primero llega la certeza y luego la acción, porque esa narrativa es cómoda y tranquilizadora. La realidad, sin embargo, casi nunca funciona así.

La mayoría de las historias reales comienzan en un lugar mucho menos ordenado. Empiezan con incertidumbre. Con una mezcla incómoda de miedo y curiosidad. Con esa sensación persistente de que algo no encaja del todo y con una pregunta que aparece cuando todo está en silencio y no te deja dormir: ¿y si intento algo distinto?

Esta es mi historia. No porque sea extraordinaria, sino precisamente porque podría ser la tuya. Porque no nace desde el privilegio, ni desde una visión perfecta, ni desde un contexto ideal. Nace desde la duda, desde la necesidad y desde la decisión de avanzar aun sin garantías.

Cuando Internet no era una opción (ni una promesa)

Llevo muchos años en el mundo del marketing y los negocios por Internet. Tantos, que algunos dicen —medio en broma— que hago parte de la prehistoria digital. Mi primer contacto con Internet fue en 1996, cuando todavía era una rareza académica más que una herramienta de negocio. Pero fue a partir de 1998 cuando esta aventura comenzó de verdad.

En ese entonces, Internet no era lo que hoy conocemos. No existían las compras online como algo cotidiano. Hablar de transacciones digitales generaba desconfianza. Para muchos, poner una tarjeta de crédito en un formulario web era una locura. Todo estaba naciendo, y precisamente por eso casi nadie lo tomaba en serio.

Mirado en retrospectiva, ese contexto fue una bendición disfrazada. No porque fuera fácil, sino porque no había reglas claras ni caminos establecidos, lo que obligaba a pensar, a experimentar y a construir desde cero.

De psicólogo clínico a explorador digital

Mi formación es en psicología. Fui psicólogo clínico, tuve consultorio, pacientes, y llegué a dirigir una clínica de salud mental en Colombia. Desde fuera, todo parecía encajar: una profesión respetable, un camino lógico, una estabilidad razonable. Pero siempre hubo algo más.

Una fascinación profunda por la tecnología y por Internet. No como moda, sino como posibilidad. Era una pasión silenciosa, de esas que no siempre se comparten porque no encajan del todo con la identidad que otros esperan de ti.

Colombia atravesaba una época especialmente dura: violencia, narcotráfico, incertidumbre social y económica. Al mismo tiempo, el contrato que tenía con el Estado terminó. No tenía suficientes pacientes privados para sostenerme. De la noche a la mañana, me quedé sin trabajo. Ahí ocurrió el primer quiebre real, ese punto en el que te das cuenta de que lo que parecía estable en realidad no lo era tanto.

La decisión que lo cambió todo

Internet estaba naciendo en Estados Unidos. Yo era bilingüe. Podía viajar. Y en medio de esa mezcla de miedo y curiosidad apareció una pregunta simple, pero poderosa: “¿y si tomo el próximo avión y voy a aprender?”

No fue una decisión épica. No fue heroica. Fue práctica. El 13 de enero de 1998 llegué a Estados Unidos sin un plan maestro, sin un modelo de negocio claro y sin garantías. Lo único que tenía era una intención firme: aprender y actuar. Nada más. Nada menos.

El primer gran secreto: acción inmediata

Desde el inicio entendí algo que con los años se volvió una convicción profunda: aprender sin actuar no sirve de nada. El conocimiento que no se aplica se convierte en una forma sofisticada de postergación. Cometí errores. Muchos. Y los sigo cometiendo. Pero cada error fue una transición directa de la teoría a la práctica.

Ahí aparece otro ingrediente clave que casi nadie resalta cuando habla de emprendimiento: la perseverancia. Porque los problemas llegan. Las dudas aparecen. Las críticas se multiplican. Y no hay motivación que sobreviva intacta si no existe un compromiso profundo con el proceso.

Cuando nadie entiende lo que estás haciendo

En esa época, la reacción de muchos era predecible: “está loco”, “está perdiendo el tiempo”, “¿qué hace 24 horas frente a un computador?”. Curiosamente, la mayor oposición casi siempre viene del entorno más cercano. Familia, amigos, personas que te quieren.

No por maldad. Sino por miedo. La sociedad nos enseñó un solo camino válido: estudiar, graduarse y conseguir un empleo estable. Cualquier desviación de ese guion genera alarma. Yo pensaba distinto, pero pensar distinto tiene un costo emocional que pocas veces se menciona.

El inicio sin modelos ni mapas

Cuando empecé, no había modelos claros de negocio. No existían referentes hispanos. Todo era experimental. Mi primer proyecto fue un directorio manual de recursos colombianos llamado Colombia Index. No tenía dominio propio. Estaba alojado en un servidor gratuito que ofrecía, literalmente, un mega de espacio.

Era solo texto. Muy pocas imágenes. Audio y video eran impensables. Sin embargo, algo interesante ocurrió: el tráfico empezó a crecer. Lentamente, pero de forma constante. Ahí aprendí una lección que aún hoy sigue vigente: no necesitas condiciones perfectas para empezar, necesitas empezar para mejorar las condiciones.

El primer dólar lo cambia todo

Una sección sobre Gabriel García Márquez comenzó a atraer muchas visitas. Amazon acababa de lanzar su programa de afiliados. Me registré, puse enlaces y empecé a vender libros en varios idiomas. Cuando recibí mi primer dólar, literalmente salté de felicidad.

No por el dinero. Sino porque entendí algo crucial: esto era real. No era teoría. No era una promesa vacía. Era una validación concreta de que Internet podía ser un vehículo de ingresos.

Aprender haciendo (y cobrando)

Ese proyecto me abrió nuevas puertas. Me ofrecieron representar a una empresa de hosting para el mercado hispano. Ahí aprendí toda la parte técnica, desde servidores hasta soporte, y sin darme cuenta estaba construyendo algo más grande que yo mismo no alcanzaba a dimensionar.

En paralelo, empecé a escribir mi primer libro sobre marketing por Internet. No como libro, sino como una membresía. No funcionó. Entonces lo convertí en un libro digital. Quinientas páginas. Un año completo de trabajo. Ese fue el verdadero inicio de todo.

Nada fue rápido (pero fue progresivo)

No ganaba miles de dólares. Ganaba lo suficiente para mantener la motivación viva. En esa época, pagar por Internet con tarjeta de crédito era mal visto. Los bancos no entendían el concepto. Me tocó inventar: fax, Western Union, formularios impresos.

Hoy suena ridículo. En ese momento era lo normal. Y esa experiencia me enseñó algo que muchos ignoran: el progreso no siempre se siente espectacular, pero cuando es constante, es poderoso.

El mejor momento para emprender es ahora

Hoy la tecnología es más barata, los modelos existen y los medios de pago están disponibles. Nunca en la historia del mundo hispano ha sido tan buen momento para emprender. Pero hay una condición innegociable: educarte y pasar a la acción. Yo lo llamo EDUCACCIÓN. Porque aprender sin aplicar es estancamiento con apariencia de avance.

El día que dejé el “chequecito”

Durante un tiempo trabajé para sobrevivir mientras construía mi negocio. Ese ingreso fijo era una bendición… y una trampa. El día que la empresa donde trabajaba cerró y me dieron una compensación, la decisión fue tomada por mí. Fue el empujón final que no me había atrevido a dar solo.

Mis ingresos se duplicaron. Y nunca miré atrás.

El lanzamiento que rompió mis paradigmas

En 2005 hice un lanzamiento de un producto que ni siquiera era mío. Compré los derechos, lo traduje y lo lancé. En 24 horas se vendieron más de 20.000 dólares. Ese día entendí algo que me acompañaría para siempre: muchas de las limitaciones no están en el mercado, están en nuestra cabeza.

Los verdaderos mentores

Nunca aprendí todo de una sola persona. Fui tomando lo mejor de cada mentor. El éxito deja huellas. Hay que seguirlas, no idolatrarlas. Modelar no es copiar, es entender cómo piensan quienes ya recorrieron el camino.

La perfección es enemiga del progreso

Muchos no avanzan porque quieren hacerlo perfecto. La carta no está lista. El producto no está terminado. Siempre falta algo. Lo suficientemente bueno es suficiente. Lanza. Mide. Corrige.

Humildad: el activo invisible

He visto gente brillante desaparecer. No por falta de talento, sino por perder la humildad. En marketing, como en la vida, todo se construye sobre relaciones. Si rompes la confianza, el castillo se cae.

El verdadero secreto del marketing

Marketing no es manipular. No es gritar más fuerte. No es engañar. Marketing es establecer y mantener relaciones de mutuo beneficio. Nada más. Nada menos.

Cierre

Mi historia no es especial. Es el resultado de constancia, errores, acción y aprendizaje continuo. Y si algo quiero que te lleves de aquí es esto: si yo pude, tú también puedes. Pero no con excusas. No con teorías. Con acción.


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