Emprender no empieza con una idea de negocio. Empieza con una incomodidad interna. Con esa sensación persistente de que hay algo más. De que el camino “normal” no termina de encajar contigo. De que repetir lo que todos hacen no alcanza para silenciar una pregunta que vuelve una y otra vez.
Esa incomodidad no es ruido. Es señal.
Déjame contarte en qué momento de mi vida profesional nació en mí esa necesidad de emprender y, sobre todo, de dónde salió el coraje para hacerlo cuando no había garantías, ni aplausos, ni certezas. Solo intuición, curiosidad… y miedo.
Qué significa realmente ser emprendedor
Pasa algo curioso con palabras como marketing o emprendimiento: cada persona cree tener su propia definición. Si vamos al origen, entrepreneur describe a quien organiza, inicia y opera una empresa asumiendo riesgos. Pero aquí hay un matiz que suele perderse: no se trata de cualquier riesgo.
El emprendedor no es un irresponsable que actúa a la loca. Es alguien que asume riesgos calculados. Riesgos financieros, sí. Pero también riesgos de tiempo, emocionales y —uno de los más subestimados— el riesgo de exponerse a la crítica. Emprender es aceptar que te van a mirar, te van a opinar y, muchas veces, te van a cuestionar.
Eso, más que la idea, es lo que define al emprendedor.
El coraje no es ausencia de miedo
Cuando hablo del coraje de emprender no me refiero a valentía ciega. Me refiero a actuar aun con miedo, pero con criterio. Emprender exige agallas para empezar, creatividad para explorar territorios nuevos y disciplina para investigar antes de actuar.
El coraje no es saltar al vacío sin paracaídas. Es saltar sabiendo que hiciste lo necesario para no estrellarte. Esa diferencia lo cambia todo.
¿El emprendedor nace o se hace?
Esta pregunta aparece siempre. Y mi respuesta es honesta: ambas cosas son ciertas. Hay personas que nacen con un espíritu inquieto, inconforme, creativo. Otras lo desarrollan por el entorno, por los ejemplos, por la necesidad.
Y hay un tercer factor que no se dice suficiente: las crisis fabrican emprendedores. He visto a muchas personas descubrir su verdadera capacidad el día que las despidieron. Lo que parecía una tragedia se convirtió en una puerta. No por magia, sino por decisión.
Mi historia con el emprendimiento
Yo siempre fui curioso. De niño me gustaba desarmar cosas, entender cómo funcionaban y volverlas a armar. No buscaba romper; buscaba comprender. Mi abuelo materno fue emprendedor. Creó varias empresas y levantó un negocio importante en Colombia. Recuerdo que, cuando yo le hacía un favor, me pedía que le pasara una factura. Y él la pagaba con gusto.
Sin saberlo, me estaba enseñando algo esencial: el valor del servicio, del intercambio y del trabajo bien hecho. Emprender no es pedir favores; es crear valor.
Emprender también es fallar
No todo ha sido color de rosa. He intentado muchos negocios. Muchos fracasaron. Recuerdo un mundial de fútbol en el que Colombia estaba jugando bien. Empecé a imprimir camisetas y caricaturas de la Selección. Producción pequeña. Riesgo controlado.
Si Colombia quedaba eliminada rápido, el negocio se acababa. Y punto.
Eso es emprender: probar, medir, ajustar… o parar.
Saber cuándo insistir y cuándo soltar
Una de las habilidades más importantes del emprendedor no es la terquedad. Es el discernimiento. Saber decir “esto no funciona”, “aquí sí vale la pena insistir” o “esto no escala, enfoquémonos en otra cosa”.
Emprender no es enamorarse de una idea. Es comprometerse con un resultado.
Ir en contravía tiene un precio
Cuando decides emprender, vas en contravía de lo que la mayoría hace. Y eso genera resistencia. Las críticas más duras suelen venir de quienes más te quieren. No por maldad, sino por miedo.
Por eso es clave aprender a filtrar consejos. Si quiero crecer un negocio, no le pido consejo a alguien que nunca ha tenido uno.
Mi llegada a Estados Unidos
Cuando me vine a Estados Unidos en 1998, muchos pensaron que estaba loco. Vine sin certezas y con un solo objetivo: aprender. Quería entender cómo funcionaban Internet, el marketing y la tecnología. Me criticaban por pasar horas frente al computador. Hoy, esas mismas personas me dicen: “menos mal no nos hiciste caso”.
El talento no es suficiente
Hay quienes creen que el éxito depende solo del talento. No es cierto. Puedes ser el mejor cirujano del mundo y no tener pacientes si nadie te conoce. El violinista Joshua Bell tocó con un Stradivarius de millones de dólares en el metro de Washington. Casi nadie se detuvo.
Talento sin posicionamiento no sirve.
Ni la motivación basta
Tampoco basta con motivación. Jim Rohn lo decía sin rodeos: “Si tienes un idiota y lo motivas, solo obtienes un idiota motivado”. El crecimiento real ocurre cuando se combinan talento, educación, posicionamiento y acción.
Educación continua (de verdad)
El emprendimiento exige educación permanente: cursos, libros, mentores, asesores. Yo reinvierto una parte importante de mis ingresos en educación porque el éxito deja huellas, y seguirlas acelera el camino. Pero aprender sin actuar es otra trampa.
Por eso hablo de EDUCACCIÓN: aprender y hacer. Equivocarte y corregir. Avanzar imperfecto. Cuanto más rápido actúas, más rápido aprendes.
Humildad: el seguro del éxito
He visto gente brillante caer estrepitosamente por perder la humildad. Creyeron que ya lo sabían todo y dejaron de aprender. El éxito sin humildad es frágil. Yo sigo aprendiendo de otros emprendedores, incluso de quienes están empezando. Siempre hay algo que aprender.
Diferenciarte no es opcional
Si haces lo mismo que todos, eres invisible. Necesitas una proposición única de ventas: eso que hace que alguien te elija a ti y no a otro. Federal Express prometió entrega overnight. Domino’s Pizza prometió pizza caliente en 30 minutos o es gratis.
No prometían ser los mejores. Prometían ser claros y confiables.
El espejo invertido
Si tu mercado va a la derecha, tú vas a la izquierda. Si todos venden barato, tú vendes premium. Si nadie ofrece garantía, tú la das. No por contradecir, sino por servir mejor al cliente.
El emprendedor no puede volver atrás
Una vez llevas esto en la sangre, no hay marcha atrás. Puedes perder dinero. Puedes perder un negocio. Pero nadie puede quitarte la experiencia. Eso es lo más valioso.
Cierre reflexivo
Emprender no es fácil. Nunca lo fue. Nunca lo será. Pero para quienes llevamos esto en el corazón, no hay otro camino. El coraje de emprender no es no tener miedo; es avanzar a pesar de él.
Sigue las huellas del éxito. Aprende. Actúa. Ajusta. Y, sobre todo, no renuncies a tu visión.




