El verdadero problema de la IA no es técnico: es de criterio

Hay una conversación alrededor de la inteligencia artificial que, aunque suena sofisticada, en el fondo es bastante cómoda. Se centra en herramientas, en funciones nuevas, en comparativas, en qué hace mejor cada sistema y en cómo “aprovecharlo” para producir más rápido o con menos esfuerzo. Es una conversación activa, visible y fácil de sostener, porque siempre hay algo nuevo que aprender, algo que probar o algo que compartir.

Pero es una conversación que esquiva el punto incómodo.

El problema real que estoy viendo no es que la gente no sepa usar inteligencia artificial. El problema es que la está usando sin un criterio claro, y eso no se arregla con más tutoriales, más prompts ni más horas explorando plataformas nuevas. Se arregla —cuando se arregla— revisando desde dónde se están tomando las decisiones.

Porque, aunque no se diga así, lo que la IA está poniendo sobre la mesa no es una brecha técnica. Es una brecha de juicio.

Y esa brecha se nota cada vez más.

La falsa sensación de avance

Una de las cosas más engañosas de la inteligencia artificial es que produce movimiento inmediato. Escribes algo, obtienes una respuesta. Pides ideas, aparecen. Solicitas estructuras, te devuelve opciones ordenadas. Todo ocurre rápido, sin fricción y con una sensación constante de “estar avanzando”.

El problema es que ese avance no siempre es real.

Lo que estoy viendo con mucha frecuencia es a personas que sienten que ahora “están mejor” porque hacen más cosas: más publicaciones, más emails, más ideas en el aire, más documentos abiertos. Desde afuera, parece progreso. Desde adentro, muchas veces es solo acumulación.

Acumulación de opciones no cerradas.

Acumulación de caminos posibles.

Acumulación de decisiones postergadas.

Y esa acumulación tiene un costo mental que no se ve en el calendario, pero se siente todos los días. Porque decidir no es solo elegir una opción. Decidir es cerrar. Y cerrar implica renunciar. Cuando no hay criterio, la IA no te ayuda a cerrar; te ayuda a abrir más.

Por eso digo que el problema no es técnico. Cualquiera puede aprender a usar una herramienta. Lo que no cualquiera hace es desarrollar el criterio para decidir cuándo usarla, para qué y, sobre todo, cuándo no usarla.

Herramientas que hacen lo mismo, decisiones que no

Si miras con un poco de distancia el ecosistema actual de inteligencia artificial, ocurre algo curioso: hay una enorme variedad de herramientas, pero una convergencia clara de funciones. Casi todas generan texto, ordenan ideas, resumen, comparan, sugieren, estructuran.

La diferencia entre ellas, para la mayoría de los negocios, no es tan determinante como parece.

Y sin embargo, hay personas que obtienen claridad, foco y alivio mental usando IA… y otras que terminan más confundidas, más saturadas y más cansadas que antes. Usando las mismas herramientas.

La diferencia no está en la tecnología. Está en el lugar del proceso donde se inserta.

Hay quien usa la IA al final, para ejecutar más rápido decisiones que ya estaban claras.

Hay quien la usa al principio, para pensar mejor antes de comprometerse.

Y hay quien la usa en el medio, sin saber muy bien para qué, solo porque “está ahí”.

Ese último caso es el más común… y el más problemático.

Porque cuando no hay un criterio previo, la herramienta empieza a marcar el ritmo. No porque sea mala, sino porque alguien tiene que ocupar ese vacío. Y si tú no defines desde dónde estás decidiendo, el flujo de sugerencias termina tomando ese lugar.

Usar IA no es una estrategia

Uno de los errores más sutiles —y más extendidos— es tratar el “uso de IA” como si fuera, en sí mismo, una estrategia. Como si incorporar una herramienta ya fuera una decisión estratégica, cuando en realidad es solo una elección operativa.

La estrategia no está en usar inteligencia artificial. Está en decidir qué problema del negocio estás tratando de resolver en este momento.

Si ese problema es falta de claridad, la IA puede ayudar.

Si ese problema es exceso de opciones, la IA puede ayudar… si se usa para filtrar.

Si ese problema es foco disperso, la IA puede ayudar… si se usa para eliminar.

Pero si no tienes claro cuál es el problema real, la IA no lo va a descubrir por ti. Solo va a trabajar sobre la superficie, amplificando lo que ya estaba pasando.

Y aquí aparece una confusión común: pensar que el criterio se construye después, a medida que se prueba. En contextos más lentos, eso era parcialmente cierto. Hoy, probar sin criterio es caro. No necesariamente en dinero, pero sí en desgaste.

Cada experimento mal planteado no solo consume tiempo. Consume confianza interna. Te deja con la sensación de estar probando cosas “porque sí”, y esa sensación, sostenida en el tiempo, erosiona la relación que tienes con tu propio negocio.

El criterio no es opinión, es estructura mental

Conviene aclarar algo importante: cuando hablo de criterio no me refiero a tener opiniones fuertes o a defender una postura por carácter. Criterio no es personalidad. Es estructura.

Es la capacidad de evaluar una opción en función del contexto, del momento del negocio, de los recursos disponibles y de las consecuencias reales, no de la novedad o del entusiasmo inicial.

El emprendedor con criterio no es el que dice “no” a todo. Es el que sabe por qué dice que sí a algo, y por qué ese “sí” implica muchos “no” alrededor.

La inteligencia artificial puede ayudar muchísimo en este punto, pero solo si se la usa con la intención correcta. No como generadora de ideas, sino como herramienta de contraste. Como espacio para poner una idea frente a preguntas que, de otro modo, evitarías.

¿Qué pasa si esto no funciona?

¿Qué costo tiene mantener esta opción abierta?

¿Qué alternativa estoy ignorando por apego?

¿Qué decisión estoy postergando con trabajo?

Cuando la IA se usa así, deja de ser un asistente creativo y se convierte en algo más incómodo, pero más valioso: un filtro.

El ruido no viene de afuera

Hay otra creencia cómoda que conviene desmontar: la idea de que el ruido viene del entorno. De las redes, de las tendencias, de la sobreinformación.

El entorno es ruidoso, sí. Pero el ruido que más desgasta no es el externo. Es el ruido interno de las decisiones mal cerradas.

La IA no crea ese ruido. Lo revela. Porque al bajar el costo de producir respuestas, deja en evidencia cuántas preguntas no están bien formuladas. Cuántas decisiones se están pateando hacia adelante disfrazadas de trabajo.

Por eso algunas personas sienten alivio usando inteligencia artificial, y otras sienten ansiedad. No es la herramienta. Es el estado mental previo con el que entran.

Si entras buscando pensar mejor, suele ayudarte.

Si entras buscando evitar pensar, suele complicarte.

Y aquí aparece una verdad poco popular: no todo momento del negocio es buen momento para usar IA de forma intensiva. A veces lo que falta no es apoyo tecnológico, sino una pausa estratégica. Un espacio sin output para ordenar criterio antes de volver a producir.

La ventaja invisible

En este punto, la conversación suele derivar hacia “mejores prácticas”, “frameworks” o “métodos”. Y aunque todo eso puede tener su lugar, creo que hay una ventaja más silenciosa, menos sexy y mucho más determinante: la capacidad de decidir con menos fricción mental.

Los emprendedores que están sacando verdadera ventaja hoy no son necesariamente los más innovadores ni los más técnicos. Son los que logran operar con menos ruido interno. Los que tienen menos decisiones abiertas. Los que usan la IA para cerrar, no para abrir indefinidamente.

Eso se nota en cómo trabajan.

En cómo priorizan.

En cómo descartan ideas sin dramatismo.

En cómo sostienen una dirección sin estar renegociándola todo el tiempo.

No porque tengan todas las respuestas, sino porque tienen un criterio suficientemente claro como para avanzar sin desgastarse.

Una pregunta que ordena todo

Si quieres usar la inteligencia artificial con más criterio, no empieces preguntándote “qué puede hacer esta herramienta”. Empieza por algo mucho más simple y más incómodo:

¿Qué decisión estoy evitando ahora mismo?

No qué tarea.

No qué contenido.

No qué experimento.

Qué decisión.

Puede ser pequeña o grande, pero casi siempre hay una. Y mientras esa decisión esté abierta, cualquier uso de IA tenderá a girar alrededor de ella sin resolverla.

Cuando usas la IA para enfrentar esa decisión —para pensarla, tensionarla, mirarla desde ángulos que no estás viendo— algo cambia. El trabajo deja de sentirse como una huida hacia adelante y empieza a sentirse como construcción.

Ese es el punto donde la inteligencia artificial deja de ser un juguete productivo y empieza a ser una herramienta estratégica.

No porque haga más.

Sino porque te ayuda a decidir mejor.

Y hoy, eso vale más que cualquier otra cosa que pueda generar.


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