¿Recuerdas la última vez que lograste cambiar de verdad un hábito? Lo más probable es que hagas un viaje rápido a tu pasado y no logres precisar ese momento. Tranquilo: le pasa a la inmensa mayoría.
Todos sabemos que el cambio es una de las pocas verdades irrefutables de la vida. Y, sin embargo, lo olvidamos con una facilidad asombrosa, porque hay una línea muy delgada entre saber algo y ser consciente de ello.
Saber es estar informado, tener el dato en la cabeza. Ser consciente implica asumir el control y, sobre todo, tomar acción. Y es justo en ese paso, del saber al hacer, donde casi todos nos quedamos.
Nos cuesta aceptar los cambios y todavía más realizarlos. Somos cómodos: nos gusta lo conocido y nos aferramos a lo que creemos que nos da placer.
El día que la vida me pasó la cuenta de cobro
Te lo digo por experiencia propia. Desde muy joven, porque era lo común en el círculo social en el que me movía, adquirí el hábito del cigarrillo.
Decía que me daba tranquilidad, que me ayudaba a liberar el estrés, y no sé cuántas mentiras más. Eran excusas tontas para justificar mis decisiones, y tiempo después pagué las consecuencias.
Un día, en la víspera de un viaje a Bogotá para dirigir un evento presencial en el que me esperaban al menos 400 personas, además de otras 150 por streaming, sufrí un preinfarto.
Por fortuna, quedó en un susto. O, mejor, en un aviso en tono perentorio: la vida me estaba invitando a cambiar mis hábitos, so pena de morir de repente.
El médico me dijo que era afortunado, que la vida me daba otra oportunidad y que quizás fuera la última. De inmediato pensé en mis dos hijas, que entonces eran unas niñas pequeñas.
Te confieso que un escalofrío terrible me recorrió el cuerpo. Ahí entendí, y ahí decidí, que tenía que hacer un cambio: uno extremo, radical y definitivo.
Saqué el cigarrillo de mi vida, dejé el sedentarismo absoluto, desaprendí malos hábitos de años (hasta me había encariñado con ellos) y adquirí otros, saludables. No fue fácil, pero valió la pena: mejoré mi calidad y mi expectativa de vida.
No era la primera vez que la vida me ponía frente a un cambio grande. A finales de los años 90, con miedo e incertidumbre, dejé mi país, mi familia, mis amigos y mi trabajo para venir a Estados Unidos a aprender sobre esa tecnología novedosa llamada internet.
Ese viaje marcó un antes y un después. Y, como aquel preinfarto, me enseñó que cambiar es posible, pero no ocurre por arte de magia.
Por qué fracasamos al intentar cambiar
El problema, porque siempre hay un problema, es que la mayoría fracasamos en el intento de cambiar algo en nuestra vida. Y lo peor es que muchas veces ni siquiera lo intentamos: nos damos por derrotados antes de empezar.
Nos repetimos que no somos capaces, y no es cierto. Si sabes mirarlo, el fracaso también es un maestro que te muestra por dónde no seguir.
Cambiar no depende de la fuerza de voluntad, sino de recorrer el camino adecuado. Te comparto las diez acciones que hoy forman parte de mi rutina.
Primero el rumbo: objetivo, plan y límites
La primera es definir un objetivo. Casi siempre que fracasamos al intentar un cambio es porque no sabemos con claridad qué queremos, y sin esa luz que ilumina el camino cualquier tropiezo nos saca de la ruta.
Pero el objetivo solo no obra el milagro: necesita un plazo concreto.
La segunda es establecer un plan. Solemos pensar que cambiar es ir del punto A al punto B, pero entre A y B hay un abecedario completo.
Divide tu objetivo final en metas de corto, mediano y largo plazo. Esas pequeñas victorias te permiten llegar al final sin rendirte.
La tercera es poner límites. Cada día trae su afán, y avanzar sin límites te vuelve propenso a la procrastinación, al autoengaño y a las excusas. Los límites, en cambio, elevan tu nivel de compromiso.
Ritmo, exigencia y una mente que ya llegó
La cuarta es mantener el ritmo. Esto no es un esprint de 100 metros, es una ultramaratón, y para llegar a la meta valen más la perseverancia, la consistencia y la paciencia que la velocidad.
Como dice el refrán, «la constancia vence lo que la dicha no alcanza», y el compromiso se renueva cada mañana, no se declara una sola vez.
La quinta es cuidar la autoexigencia. Uno de los errores más comunes es fijarnos expectativas tan altas que nos obligan a ir siempre a tope, algo imposible de sostener en el tiempo.
Es como el piloto de Fórmula 1 que acelera sin precaución y, a las pocas vueltas, funde el motor. Poner el listón demasiado alto te desanima y, tarde o temprano, te hace tirar la toalla.
La sexta es usar la visualización. Brian Tracy lo resume en una frase con la que no puedo estar más de acuerdo: «Si lo crees, lo creas».
Antes de hacer realidad un sueño, primero tienes que vivirlo en tu cabeza. Es lo que yo llamo ir de la isla del infierno a la isla del paraíso: lo imaginas, lo disfrutas y lo creas.
Modela, documenta y elige bien a tu gente
La séptima es imitar casos de éxito. El agua tibia ya fue inventada: identifica personas que lograron lo que tú buscas y modélalas. Descubre por qué ellas lo consiguieron cuando a otras les resultó imposible: sus reglas, sus estrategias, sus hábitos y sus acciones.
La octava es documentar el proceso, una estrategia que la inmensa mayoría pasa por alto.
Te sirve para detectar errores y, una vez validado tu proceso, para replicarlo una y otra vez. Así es como el éxito deja de ser suerte y se convierte en un sistema que construyes a tu medida.
La novena es cuidar tu entorno. Sé que a veces no es fácil, pero es indispensable: no compartas tus planes con quienes van a ser el palo en tu rueda, porque la envidia se disfraza de muchas formas.
Rodéate de personas que compartan tus sueños, te impulsen a ser mejor, te exijan y te den el apoyo que necesitas. Gente con la que compartas principios, valores y propósito.
Sin acción no hay cambio
La décima, la que sostiene a todas las demás, es ¡actúa! Así, en mayúscula y en tono imperativo. De nada te sirven las nueve anteriores si a la hora de la verdad te paralizas.
Descubre y potencia tus desencadenantes de acción, esos pequeños rituales que te mantienen en movimiento. Porque la actitud tranquiliza, pero es la acción la que cambia tu historia.
Un consejo que me ha servido mucho: empieza por lo sencillo, por cambios pequeños que puedas implementar en poco tiempo. Así educas a tu cerebro y construyes el sistema que más adelante te permitirá hacer los cambios estructurales que deseas.
Muchas veces el fracaso nace de elegir un cambio demasiado drástico para el que todavía no estamos preparados. Pasa con los hábitos y pasa con cualquier proyecto grande, como escribir un libro, que avanza mucho más con una rutina que sí funciona que con arrebatos de inspiración.
Algo más: no lo intentes solo. Busca un compañero, tu pareja, un hijo o un amigo cercano, en quien apalancarte. Asúmelo como un reto, hazlo divertido y establece penitencias y recompensas.
Hacer lo correcto, no lo más duro
El esfuerzo y el sacrificio son ingredientes de la receta, pero no son la receta.
Lo que de verdad produce los cambios que buscas es hacer lo correcto, de la forma correcta y con constancia.
Estas diez acciones forman parte de mi rutina desde que la vida me dio una segunda oportunidad. La valoro, la agradezco y la aprovecho cada día.
Tú no necesitas un susto como el mío para empezar. Basta con elegir hoy un cambio pequeño y darle el primer paso.
Si quieres ir más lejos y aplicar esta misma lógica a tu negocio, te recomiendo mi libro gratuito 8 Reglas de los Emprendedores Exitosos. Ahí reúno los principios que me ayudaron a pensar como empresario y a sostener los hábitos que hacen crecer un proyecto.




