No vivo obsesionado con el futuro, y mucho menos de los sucesos vividos en este 2020, pero sí es claro que me gusta mirar hacia delante. Al pasado le agradezco el aprendizaje, las lecciones valiosas que me proporcionó y cómo contribuyó a hacer de mí una mejor persona. Me enfoco en trabajar en el presente, en aprovechar cada día para que mi presencia en este planeta valga la pena.

Hablar de este año que está a punto de terminar no es fácil porque se corre el riesgo, muy alto, de herir susceptibilidades. Fueron 12 meses muy duros para todos, pero especialmente dolorosos para quienes perdieron seres queridos en estas atípicas circunstancias. Y tantas otros que perdieron su trabajo, su medio de sustento, o que tuvieron que cerrar sus negocios y empresas.

Lo que puedo decirles es que comparto su dolor y que están presentes en mis oraciones. Ojalá, Dios y la vida les permitan encontrar consuelo y retomar la alegría de vivir, de seguir adelante y disfrutar lo que reciben y, sobre todo, a quienes siguen a su alrededor. Es difícil aceptar que a veces la vida nos lleva por caminos inesperados, pero es algo que está fuera de nuestro control.

Por mi parte, tal y como lo expresé en la Carta al Niño Dios, no tengo reproche alguno para 2020. Fue un año de grandes dificultades, como las que enfrentamos todos, pero también de grandes satisfacciones. En lo laboral y en lo personal. Mi familia, que es mi todo, está completa y, a pesar de tantos riesgos, estamos saludables y, lo mejor, unidos. Esta, sin duda, es mi gran fortuna.

Y es, también, el mensaje que quiero transmitirte en este saludo de Año Nuevo. Haber llegado al final de este 2020 es una bendición. Después de tantas dificultades, de tantas vidas perdidas, de tanto dolor, es una bendición estar vivos este 31 de diciembre y disponernos más que a celebrar, como solíamos hacer en el pasado, a agradecer es porque nuestra misión aún no terminó.

Si algo aprendí de este 2020, y creo que fue una lección que otros comparten, es que solo nos tenemos los unos a los otros. Todo lo demás, absolutamente todo, es circunstancial. Hoy tenemos dinero y mañana quebramos y lo perdemos. Hoy gozamos de salud y mañana se deteriora. Hoy somos reconocidos y mañana el mercado cambia y nos pasa a un segundo plano. Así es la vida.

Sin embargo, repito, si logramos llegar hasta acá, es porque nuestra tarea en este mundo está inconclusa. Y debemos terminarla. Quiere decir que el conocimiento que atesoramos, tantas experiencias maravillosas que hemos vivido, los dones y talentos con los que la vida nos premió y la pasión y la vocación de servicio que nos movilizan son útiles para alguien, alguien los necesita.

No sé tú qué opines, pero para mí esa es una inmensa bendición, una motivación para seguir adelante, para ver con ilusión este 2021. Que ojalá nos dé una revancha, que ojalá nos permita volver a reír como antes, que ojalá nos dé la posibilidad de reunirnos y abrazarnos, que ojalá nos dé muchas razones para mandar este incierto 2020 a un rincón del baúl de los recuerdos.

No me cansaré de repetirlo, porque es algo que le agradezco a la vida, lo mejor de este año para mí fue que, a pesar de la distancia, a pesar de que las circunstancias nos obligaron a confinarnos y a mantenernos alejados, me sentí muy cercano a ti, a mis clientes. Sí, las maravillas de la tecnología nos dieron la posibilidad de estar conectados y, sobre todo, de compartir y apoyarnos.


Mercadeo Global - Álvaro Mendoza

En esta ocasión, quizás no hay mucho que celebrar, pero en cambio sí mucho por agradecer.


Comienza un nuevo ciclo, otros 365 días en los que, a través de nuestro conocimiento y experiencias, dones y talentos, pasión y vocación de servicio, podemos aportar un granito de arena para ayudar a construir un mundo mejor. Si seguimos en este mundo, nuestra misión aún no terminó.


El gran drama de este 2020, más allá de las personas que nos dejaron, fue comprobar cuán solo estábamos. Inmersos en una frenética rutina que raya con lo absurdo, desbocados en esa locura de asumir la vida como una competencia, estábamos terriblemente solos, a pesar de estar rodeados. Nos habíamos enconchado, nos habíamos convertido en el centro de nuestro universo.

Y cuando la realidad nos dio una bofetada, cuando abrimos los ojos, descubrimos que estábamos solos. Como si nos hubiéramos acostado en nuestra cama y despertáramos perdidos en medio del desierto. Y nos aterró, nos entró el pánico, y no hubo más remedio que reaccionar. En mi caso, sé que nada de lo que haga tiene sentido si no redunda en bienestar para mis hijas, mi gran tesoro.

Tenerlas junto a mí todo el tiempo, compartir mi trabajo con ellas, verlas crecer y poder ayudarlas en sus tareas, compartir sus alegrías y sus preocupaciones, es algo que no podría pagar con todo el oro del mundo. Imagino que te preguntarás, “Álvaro, ¿antes no lo hacías?”. Si, por supuesto que lo hacía, pero era diferente, era algo más de mi rutina diaria: ahora, en cambio, es mi prioridad.

Así mismo, contigo, con mis clientes, experimenté una conexión especial. Que traspasó los límites del emprendimiento, del ámbito de los negocios, y se adentró en la vida personal. Abrimos nuestros corazones, entendimos y aceptamos nuestra fragilidad y, sobre todo, nuestra necesidad del otro. Apreciamos especialmente el valor del otro más allá de si eres mi cliente o soy tu mentor.

Y resultó increíblemente enriquecedor. Un maravilloso intercambio de beneficios, de experiencias, de emociones, de ilusiones. Como lo expresé en esta nota (¡te la recomiendo!), nos dimos cuenta de que lo mejor no es qué hacemos, sino por quién lo hacemos. En medio de tantas dificultades y de tanto dolor, ayudar a otros, servir a otros, compartir con otros es algo que no tiene precio.

En la noche de este 31 de diciembre me reuniré con mis hijas y mi familia y será una velada especial, pero distinta. No para festejar como en el pasado, sino para agradecer. Agradecer la vida, agradecer la salud (la mía, la de mi familia, la de mis amigos y clientes), agradecer el trabajo, agradecer el techo, agradecer el plato de comida en la mesa. Agradecer porque estamos vivos.

Y, también, porque comienza un nuevo ciclo, porque disponemos de 365 días para aportar un granito de arena para hacer de este mundo algo mejor. Que, a través del conocimiento, de las vivencias, de los dones y talentos que poseemos, de la pasión y de la vocación de servicio, seamos luz para guiar el camino de otros, que tengamos lucidez para aportar soluciones efectivas.

No vivo obsesionado con el futuro, pero te mentiría si te digo que no esperaba este 2021 con ansiedad. Y no tanto por lo que ocurrió este año, sino por cuanto podemos realizar en el que está por llegar. Tengo muchísimos planes, mil y una ideas que quiere compartir contigo, proyectos que deseo poner a tu disposición para ayudarte a transformar tu vida y darle bienestar a tu familia.

Es 31 de diciembre y, como decimos en Colombia, podemos contar el cuento. No es poco, no en este insólito 2020 que nos dejó algunas cicatrices. Sin embargo, procuro enfocarme en aprovechar el hoy, el presente, para cultivar la semilla de un mañana mejor para todos. Si la vida nos dio la posibilidad de seguir en este mundo es porque nuestra misión no terminó. ¡Y vamos a cumplirla!

Un brindis y una oración por la vida: ¡Feliz Año!

Álvaro Mendoza


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